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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones La química de la emoción
Biomedia (Barcelona). Investigadores de la Universidad Pompeu Fabra
publican en el último número de la revista Nature Genetics (2000; 25: 195-200) un
artículo que nos acerca al complicado mundo de las emociones. Hace tiempo que
se sabe que nuestras respuestas emocionales se dibujan con compuestos químicos,
pero aún falta mucho para conocer todas las moléculas del sistema nervioso que
participan en esta compleja función, y cuál es su papel. Este trabajo,
realizado en colaboración con el Instituto
de Genética y Biología Molecular de Estrasburgo, ha dado un paso en este
sentido: se ha descifrado el papel de los componentes del sistema opioide (el
mismo por el que actúan las sustancias opiáceas) en el control de las
emociones. "El
sistema opioide endógeno es uno de los múltiples sistemas que integran el
sistema nervioso central, y principalmente tiene una función de
neuromodulación, esto es, modular, controlar el estado de actividad de otros
sistemas de neurotransmisión" explica Rafael Maldonado, coautor del
estudio. Este sistema se compone de cuatro tipos de neurotransmisores (los mensajeros químicos que indican a las
neuronas qué deben hacer) y de tres tipos de receptores: µ (mu), d (delta) y k
(kappa), las proteínas que, de manera selectiva, fijan estos neurotransmisores
a las células para que puedan actuar. Entre la gran variedad de funciones que
desempeña, probablemente la más conocida popularmente sea la de frenar los
estímulos dolorosos (de hecho, los analgésicos más potentes de que se dispone
en la actualidad son compuestos opiáceos), pero también interviene en otros
mecanismos neurofisiológicos importantes como la adicción a drogas, ya que está
relacionado con los efectos "reforzantes" o placenteros que éstas
proporcionan. También está implicado en algunas respuestas del organismo ante
una situación de estrés, por ejemplo, el que no se perciba el dolor de una
herida en una situación de máximo estrés se debe a la actividad de este
sistema. También se
sabía desde hace tiempo que el sistema opioide participaba en el control de las
emociones, pero se desconocía el papel específico de cada uno de los tres
receptores en esta función, y esto es precisamente lo que han averiguado
Maldonado y sus colaboradores. Estudiar la función de un receptor en modelos
farmacológicos clásicos tiene limitaciones bastante serias, por lo que los
investigadores han trabajado con una herramienta que tiene mayor validez: los
ratones knock out. ¿Y qué son los
ratones knock out? "Son animales
a los que, mediante técnicas de ingeniería genética, se les ha suprimido un
gen, por lo que carecen de la proteína para la que codifica ese gen, explica
Maldonado, y por lo tanto son muy útiles para afinar en el conocimiento de la
función in vivo de una proteína, ya
que podemos ver qué sucede en un organismo que no dispone de ella".
"Nosotros hemos utilizado ratones que carecían del receptor m, otros
que carecían del receptor d y otros que carecían del receptor
k, y hemos estudiado qué tipo de respuestas
emocionales, en concreto qué respuesta a la ansiedad y a la depresión, presentaban
cada uno de ellos", continúa el investigador. "Lo que hemos observado
es que un animal que no dispone de receptor m está
en un estado de ansiólisis, es decir, hay una disminución de su estado de
ansiedad, y además es un animal más difícil de deprimir. Un animal sin receptor
d está en un estado de ansiedad mucho mayor y se
deprime más rápidamente. Por el contrario, un ratón que carece de receptores k tiene
el mismo comportamiento que un ratón completamente normal. Además, con
procedimientos farmacológicos hemos podido comprobar que la ausencia de
ansiedad de los ratones deficientes en m es
debida precisamente a que hay una predominancia de actividad del receptor d y que,
a su vez, la gran ansiedad de los ratones carentes de d es
debida a una mayor predominancia de actividad m."
Estos resultados revelan que, en un ratón normal, el control sobre la ansiedad
se establece mediante un equilibrio entre la actividad de los dos receptores (m y d), y
que el receptor k no participa de este control
emocional. La actividad m tendría un efecto de aumento de
la ansiedad y probablemente favorecer la depresión, y en cambio la actividad d
tendría un efecto antidepresivo y de disminuir la ansiedad. Aunque pueda
resultar paradójico que dos receptores de un mismo sistema presenten funciones
totalmente opuestas, en realidad tiene mucho sentido que así sea, si tenemos en
cuenta que la función principal del sistema es la regulación de la actividad de
otro sistema. La combinación de los dos efectos opuestos ejercerá un control mucho
más complejo y exhaustivo que si sólo hubiera un freno o una estimulación. "El
interés práctico de este resultado es que, teóricamente, sería posible obtener
sustancias que activaran selectivamente el receptor delta para obtener efectos
ansiolíticos y antidepresivos, y de hecho hay varias industrias farmacéuticas
interesadas en el desarrollo de este tipo de fármacos. Pero esto por ahora es
pura especulación", aclara Maldonado. Según este investigador, el uso de
fármacos que actúen sobre sistemas de neuromodulación, como lo es el sistema
opioide, es una vía sumamente útil y con mucho futuro dentro de los fármacos
para el sistema nervioso, "porque al actuar en sistemas que en realidad
modulan la actividad de otros sistemas de neurotransmisión se obtienen respuestas
más específicas que si actuamos directamente sobre los sistemas sometidos a
control, y se evitan así efectos indeseables". ¿Cómo se mide algo como la "respuesta
emocional" en ratones? "Hay una
serie de modelos reconocidos, validados para evaluar el estado de ansiedad, y
también los hay para evaluar la facilidad con la que se induce un estado
depresivo en ratones", explica Maldonado. "Por ejemplo, el modelo de
ansiedad que hemos utilizado juega con el componente 'exploración' (los ratones
son extremadamente curiosos) y con el componente 'miedo'. Sometes al ratón a un
ambiente nuevo que tiene algunos compartimientos muy desagradables para él, por
ejemplo con mucha luz (a los ratones les gusta la oscuridad). Un animal en
condiciones normales va a sopesar la apetencia por explorar un sitio nuevo y el
miedo que le provoca la gran cantidad de luz, y, aunque básicamente permanecerá
en los compartimientos que le son agradables, también explorará el
compartimiento iluminado. Si a ese animal le administras un ansiolítico,
visitará mucho más ese compartimiento y si, por el contrario, le das un fármaco
ansiogénico (que favorezca la aparición de ansiedad) apenas se moverá de donde
se encuentre más refugiado. Con este tipo de modelos podemos evaluar el estado
de ansiedad en el que se encuentra un ratón.” - Gemma López es licenciada en bioquímica Más información en números anteriores de Biomedia: |
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