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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Entrevista a Enrique Ferrer, del Servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Barcelona
Biomedia
(Barcelona). Enrique Ferrer
es jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Barcelona y
director asistencial del Instituto Clínico de Enfermedades del Sistema
Nervioso. Por su experiencia profesional con enfermos tributarios de la
petición de eutanasia fue invitado a participar en el debate sobre eutanasia
organizado por la Fundación
Privada Vila Casas y recopilado en el
Cuaderno Quiral (número 5)
dedicado a la eutanasia. En el
colectivo médico se ha argumentado que el papel del médico es curar, alargar la
vida del enfermo, y que por eso la eutanasia es completamente opuesta a los
objetivos de la medicina. ¿Cuál es su opinión al respecto? El
médico se encuentra en una disyuntiva: por un lado, el objetivo fundamental es
tratar la enfermedad y evitar la muerte. Pero otro de los objetivos del médico
es aliviar los sufrimientos del paciente. Cuando la prolongación de la vida
comporta una prolongación del sufrimiento, te encuentras ante una controversia
personal, en la que te acometen toda una serie de dudas respecto a tu
conciencia personal, profesional y social, con todas las atribuciones éticas,
religiosas... Por eso creo que hablar de eutanasia sin haber tratado pacientes
teóricamente tributarios de la petición de eutanasia es muy difícil. Entonces es
difícil que haya una actitud corporativista respecto al tema de la eutanasia. Bajo
mi punto de vista es difícil definirse a favor o en contra de la eutanasia de
una manera genérica. Ahora mismo yo no sé si soy una persona pro o contra
eutanasia. Yo sé qué haría en cada caso, y en determinados casos sé que tomaría
una actitud eutanásica. Además creo que en esto hay una actitud muy hipócrita,
porque oyes: "Yo no estoy a favor de la eutanasia", pero en cualquier
hospital se está aplicando eutanasia cada día. Continuamente hay un proceso de
selección de pacientes, de terapias... Sin embargo, también veo que hay que
diferenciar entre el enfermo terminal y el individuo que no está enfermo, pero
que no está de acuerdo con su situación y quiere que tú le administres ese
final de vida. Ambos casos son muy diferentes y me imagino que el grueso de los
médicos plantearía respuestas muy diferentes en una situación y en la otra. Respecto a la
disyuntiva entre la prolongación de la vida y la del sufrimiento, ¿habría quizá
que redefinir o replantearse los objetivos de la medicina? Uno
de los puntos clave a reivindicar y a recordar en el colectivo médico es el
aspecto humanístico y humano de la profesión. A veces lo que se busca en la
medicina son trofeos y récords y se olvida un poco la realidad humana del
paciente. Creo que son temas esenciales que se deben reivindicar cada cierto
tiempo. Es decir, a la hora de tomar decisiones terapéuticas no pensar sólo en
la TAC (tomografía axial computerizada) o en la resonancia magnética, sino en
solucionarle el aspecto humano al paciente, que es lo que realmente importa. Cuando el
alargamiento de la vida del paciente no va acompañado de una buena calidad de
vida, se habla de ensañamiento terapéutico, pero los médicos se quejan
que desde la realidad del día a día de un hospital es difícil tomar este tipo
de decisiones. Es
muy difícil decidir por que intervienen factores de todo tipo. Por ejemplo,
frente a un paciente con una enfermedad incurable, el médico se plantea aplicar
una terapia determinada, porque intentarlo es una forma de progreso médico. Pero
este tratamiento quizá deteriora el patrimonio principal que tiene ese
paciente, que son sus 3, 4 o 5 meses de vida, con su familia, en unas
condiciones aceptables de calidad de vida. Entonces ¿hasta qué punto se le debe
tratar? Está claro que se debe preservar la calidad de vida, pero también está
claro que se tiene que ir progresando en la utilización de terapias, porque, si
no, se va a estancar el progreso de lucha contra esa enfermedad. Nuestra
actitud es una actitud equilibrada en la que, desde luego, intentamos preservar
la calidad de vida. Por otro lado, tenemos el aspecto legal del tema: dejar de
tratar a un enfermo puede traer unas connotaciones legales negativas. Además,
progresivamente estamos entrando en una dinámica de una cierta medicina defensiva,
en la que tienes que tener elementos que te justifiquen delante de la justicia. Entonces quizá
sería de ayuda algo parecido a unas guías de práctica clínica consensuadas que
marquen unos caminos preestablecidos... Sí,
hay un énfasis importante para intentar protocolizar la práctica médica. En
muchos hospitales se actúa frente al paciente siguiendo unos patrones
concretos. El objetivo de esto es intentar que la calidad de asistencia al
paciente sea lo mejor posible, y también la medida ofrece esta otra vertiente
de cobertura legal. Sin duda, una de las características de la medicina del
siglo XXI va a ser la protocolización de la medicina. No obstante, entre los
médicos hay un dicho que dice que la habilidad de un médico consiste en saber
distinguir cuándo seguir el protocolo y cuándo es mejor obviarlo. Parece que se
está produciendo un cambio en la relación médico/paciente. De un enfoque basado
en el principio de beneficencia se está pasando a reconocer el derecho del
paciente a decidir sobre sus propios tratamientos. En este contexto el testamento vital se apunta como
instrumento facilitador para que se cumpla la voluntad del paciente. Estoy
completamente de acuerdo en que se regulen documentos como el testamento vital, con los que se
reafirma el principio de independencia, de autodecisión que tiene por
definición el ser humano, el ser libre. En definitiva, parece lógico
instrumentalizar este tipo de decisiones en una sociedad que pretende preservar
este principio de libertad. Yo creo que éste es un tema de regulación. El
médico está en contacto con el problema, lo ve, lo siente, y como persona
implicada quiere una reglamentación. ¿Qué
características debería tener el testamento
vital para optimizar su función? En
España hay una tradición similar al testamento
vital, y que nos puede servir como modelo, que es la donación de órganos.
En realidad es algo muy parecido a un testamento
vital: la gente expresa previamente lo que quiere hacer en el caso de que
llegue la situación en que pueda ser donante. Nosotros nos encontramos con
estas situaciones muy a menudo y vemos que la gente sabe lo que quiere en este
aspecto. Además en nuestra sociedad, en nuestra cultura, es muy habitual que la
gente piense qué quiere que se haga cuando él muera (qué tipo de entierro, qué
hacer con los bienes materiales...), por lo que ya existe una tradición en este
aspecto. ¿Cuáles son
los pacientes con los que se ha tenido que enfrentar más a menudo con
situaciones de petición de eutanasia? Probablemente
el enfermo con dolor crónico intratable: pacientes en los que las medidas de
analgesia no son suficientes. Determinados tratamientos comportan bastante
riesgo para la vida del enfermo por esta razón, en situaciones normales no se
deben utilizar, pero en los pacientes con dolor crónico creo que se puede
asumir este riesgo extra, teniendo en cuenta que el objetivo esencial es evitar
que el paciente sufra. Creo que no se plantea aquí darle la inyección letal a
un enfermo en un día determinado a una hora determinada, sino utilizar diferentes
grados de tratamiento que, llegados a su punto máximo, exigen asumir una
mortalidad elevada. Hay una cierta hipocresía dentro de la profesión de no
querer asumir esta situación como real. Se ha dicho
que con una cobertura total de la medicina paliativa y una buena red de
atención psíquica, física y social no tendría sentido hablar de eutanasia por
que las demandas prácticamente desaparecerían. Pero también existe la posición
de que ambas cosas no se excluyen sino que son complementarias. ¿Cuál es su opinión
al respecto? No
se puede generalizar porque siempre habrá casos excepcionales, por lo que
probablemente hay una necesidad de analizar caso por caso. Pero creo que en la
mayoría de las situaciones, que se corresponden con un enfermo terminal que lo
está pasando mal, si se aplica una medicina paliativa en toda su extensión, la
eutanasia no debería plantearse, porque los cuidados paliativos asumirían estos
tratamientos más agresivos con la vida del enfermo. Se ha hablado
mucho de la progresiva, quizás excesiva medicalización de la vida y de la
muerte, y se ha argumentado que el médico no tiene porqué ser un agente
esencial en el proceso eutanásico. ¿Cuál cree usted que es el papel del médico?
Creo
que la vida y la muerte están en manos de las ciencias médicas. Le guste o no
le guste, y creo que éste es un tema muy hipócrita, el médico tiene que ver con
la muerte, porque no se pueden separar el uno de la otra. Como médico debes
formarte para afrontar la muerte de los demás de una forma científica, reglada.
Pienso que sería peligroso desmedicalizar este tipo de actuaciones. Sería algo
bastante aberrante que ahora aparecieran unos profesionales de la eutanasia. ¿Cuáles cree
que serían las cautelas a adoptar para prevenir posibles abusos en la práctica
de la eutanasia? El
análisis caso por caso. La reglamentación, en definitiva. - Gemma López es licenciada en bioquímica |
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