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Entrevista a Enrique Ferrer, del Servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Barcelona

Gemma López 14/06/00

Biomedia (Barcelona). Enrique Ferrer es jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Barcelona y director asistencial del Instituto Clínico de Enfermedades del Sistema Nervioso. Por su experiencia profesional con enfermos tributarios de la petición de eutanasia fue invitado a participar en el debate sobre eutanasia organizado por la Fundación Privada Vila Casas y recopilado en el Cuaderno Quiral (número 5) dedicado a la eutanasia.

 

En el colectivo médico se ha argumentado que el papel del médico es curar, alargar la vida del enfermo, y que por eso la eutanasia es completamente opuesta a los objetivos de la medicina. ¿Cuál es su opinión al respecto?

El médico se encuentra en una disyuntiva: por un lado, el objetivo fundamental es tratar la enfermedad y evitar la muerte. Pero otro de los objetivos del médico es aliviar los sufrimientos del paciente. Cuando la prolongación de la vida comporta una prolongación del sufrimiento, te encuentras ante una controversia personal, en la que te acometen toda una serie de dudas respecto a tu conciencia personal, profesional y social, con todas las atribuciones éticas, religiosas... Por eso creo que hablar de eutanasia sin haber tratado pacientes teóricamente tributarios de la petición de eutanasia es muy difícil.

Entonces es difícil que haya una actitud corporativista respecto al tema de la eutanasia.

Bajo mi punto de vista es difícil definirse a favor o en contra de la eutanasia de una manera genérica. Ahora mismo yo no sé si soy una persona pro o contra eutanasia. Yo sé qué haría en cada caso, y en determinados casos sé que tomaría una actitud eutanásica. Además creo que en esto hay una actitud muy hipócrita, porque oyes: "Yo no estoy a favor de la eutanasia", pero en cualquier hospital se está aplicando eutanasia cada día. Continuamente hay un proceso de selección de pacientes, de terapias... Sin embargo, también veo que hay que diferenciar entre el enfermo terminal y el individuo que no está enfermo, pero que no está de acuerdo con su situación y quiere que tú le administres ese final de vida. Ambos casos son muy diferentes y me imagino que el grueso de los médicos plantearía respuestas muy diferentes en una situación y en la otra.

Respecto a la disyuntiva entre la prolongación de la vida y la del sufrimiento, ¿habría quizá que redefinir o replantearse los objetivos de la medicina?

Uno de los puntos clave a reivindicar y a recordar en el colectivo médico es el aspecto humanístico y humano de la profesión. A veces lo que se busca en la medicina son trofeos y récords y se olvida un poco la realidad humana del paciente. Creo que son temas esenciales que se deben reivindicar cada cierto tiempo. Es decir, a la hora de tomar decisiones terapéuticas no pensar sólo en la TAC (tomografía axial computerizada) o en la resonancia magnética, sino en solucionarle el aspecto humano al paciente, que es lo que realmente importa.

Cuando el alargamiento de la vida del paciente no va acompañado de una buena calidad de vida, se habla de ensañamiento terapéutico, pero los médicos se quejan que desde la realidad del día a día de un hospital es difícil tomar este tipo de decisiones.

Es muy difícil decidir por que intervienen factores de todo tipo. Por ejemplo, frente a un paciente con una enfermedad incurable, el médico se plantea aplicar una terapia determinada, porque intentarlo es una forma de progreso médico. Pero este tratamiento quizá deteriora el patrimonio principal que tiene ese paciente, que son sus 3, 4 o 5 meses de vida, con su familia, en unas condiciones aceptables de calidad de vida. Entonces ¿hasta qué punto se le debe tratar? Está claro que se debe preservar la calidad de vida, pero también está claro que se tiene que ir progresando en la utilización de terapias, porque, si no, se va a estancar el progreso de lucha contra esa enfermedad. Nuestra actitud es una actitud equilibrada en la que, desde luego, intentamos preservar la calidad de vida. Por otro lado, tenemos el aspecto legal del tema: dejar de tratar a un enfermo puede traer unas connotaciones legales negativas. Además, progresivamente estamos entrando en una dinámica de una cierta medicina defensiva, en la que tienes que tener elementos que te justifiquen delante de la justicia.

Entonces quizá sería de ayuda algo parecido a unas guías de práctica clínica consensuadas que marquen unos caminos preestablecidos...

Sí, hay un énfasis importante para intentar protocolizar la práctica médica. En muchos hospitales se actúa frente al paciente siguiendo unos patrones concretos. El objetivo de esto es intentar que la calidad de asistencia al paciente sea lo mejor posible, y también la medida ofrece esta otra vertiente de cobertura legal. Sin duda, una de las características de la medicina del siglo XXI va a ser la protocolización de la medicina. No obstante, entre los médicos hay un dicho que dice que la habilidad de un médico consiste en saber distinguir cuándo seguir el protocolo y cuándo es mejor obviarlo.

Parece que se está produciendo un cambio en la relación médico/paciente. De un enfoque basado en el principio de beneficencia se está pasando a reconocer el derecho del paciente a decidir sobre sus propios tratamientos. En este contexto el testamento vital se apunta como instrumento facilitador para que se cumpla la voluntad del paciente.

Estoy completamente de acuerdo en que se regulen documentos como el testamento vital, con los que se reafirma el principio de independencia, de autodecisión que tiene por definición el ser humano, el ser libre. En definitiva, parece lógico instrumentalizar este tipo de decisiones en una sociedad que pretende preservar este principio de libertad. Yo creo que éste es un tema de regulación. El médico está en contacto con el problema, lo ve, lo siente, y como persona implicada quiere una reglamentación.

¿Qué características debería tener el testamento vital para optimizar su función?

En España hay una tradición similar al testamento vital, y que nos puede servir como modelo, que es la donación de órganos. En realidad es algo muy parecido a un testamento vital: la gente expresa previamente lo que quiere hacer en el caso de que llegue la situación en que pueda ser donante. Nosotros nos encontramos con estas situaciones muy a menudo y vemos que la gente sabe lo que quiere en este aspecto. Además en nuestra sociedad, en nuestra cultura, es muy habitual que la gente piense qué quiere que se haga cuando él muera (qué tipo de entierro, qué hacer con los bienes materiales...), por lo que ya existe una tradición en este aspecto.

¿Cuáles son los pacientes con los que se ha tenido que enfrentar más a menudo con situaciones de petición de eutanasia?

Probablemente el enfermo con dolor crónico intratable: pacientes en los que las medidas de analgesia no son suficientes. Determinados tratamientos comportan bastante riesgo para la vida del enfermo por esta razón, en situaciones normales no se deben utilizar, pero en los pacientes con dolor crónico creo que se puede asumir este riesgo extra, teniendo en cuenta que el objetivo esencial es evitar que el paciente sufra. Creo que no se plantea aquí darle la inyección letal a un enfermo en un día determinado a una hora determinada, sino utilizar diferentes grados de tratamiento que, llegados a su punto máximo, exigen asumir una mortalidad elevada. Hay una cierta hipocresía dentro de la profesión de no querer asumir esta situación como real.

Se ha dicho que con una cobertura total de la medicina paliativa y una buena red de atención psíquica, física y social no tendría sentido hablar de eutanasia por que las demandas prácticamente desaparecerían. Pero también existe la posición de que ambas cosas no se excluyen sino que son complementarias. ¿Cuál es su opinión al respecto?

No se puede generalizar porque siempre habrá casos excepcionales, por lo que probablemente hay una necesidad de analizar caso por caso. Pero creo que en la mayoría de las situaciones, que se corresponden con un enfermo terminal que lo está pasando mal, si se aplica una medicina paliativa en toda su extensión, la eutanasia no debería plantearse, porque los cuidados paliativos asumirían estos tratamientos más agresivos con la vida del enfermo.

Se ha hablado mucho de la progresiva, quizás excesiva medicalización de la vida y de la muerte, y se ha argumentado que el médico no tiene porqué ser un agente esencial en el proceso eutanásico. ¿Cuál cree usted que es el papel del médico?

Creo que la vida y la muerte están en manos de las ciencias médicas. Le guste o no le guste, y creo que éste es un tema muy hipócrita, el médico tiene que ver con la muerte, porque no se pueden separar el uno de la otra. Como médico debes formarte para afrontar la muerte de los demás de una forma científica, reglada. Pienso que sería peligroso desmedicalizar este tipo de actuaciones. Sería algo bastante aberrante que ahora aparecieran unos profesionales de la eutanasia.

¿Cuáles cree que serían las cautelas a adoptar para prevenir posibles abusos en la práctica de la eutanasia?

El análisis caso por caso. La reglamentación, en definitiva. - Gemma López es licenciada en bioquímica

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