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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Se descubren las bases moleculares de nuestros comportamientos más fundamentales
Biomedia (Barcelona). Según publica la revista Nature Genetics (2000; 26
[1]:18-19), un equipo de la
Universidad Rockefeller, en colaboración con el Departamento de Neurocirugía de la
Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, ha aislado un gen con el que
se podrían empezar a desvelar las incógnitas sobre las feromonas humanas, y por
tanto sobre las bases moleculares de la comunicación social humana: ¿qué
estados o conductas se ven afectados por la acción de las feromonas?, ¿cuál es
la magnitud de su influencia en nuestro comportamiento?, ¿cuál es el órgano
encargado de detectarlas?, ¿cuál es su mecanismo de acción? Preguntas de gran
interés social, comercial y, por supuesto, científico. Una feromona* es un compuesto químico sintetizado y
secretado por un animal, que éste difunde por la atmósfera y que al ser
recibido por otro animal de la misma especie, a veces a quilómetros de
distancia, provoca respuestas específicas que pueden ser fisiológicas o de
comportamiento. Se han encontrado evidencias
de feromonas tanto en invertebrados como en vertebrados. Las hormigas, por
ejemplo, usan las feromonas para indicar el camino que hay que seguir para
llegar hasta la comida, pero también para provocar ataques contra los enemigos,
para señalar la necesidad de huir o para identificar sus larvas en la oscuridad
del hormiguero. Pero también hay muchos ejemplos de efectos debidos a feromonas
en mamíferos: muchos las usan para marcar con regularidad los límites de sus
territorios; otros, como los ñus del Serengueti tan frecuentes en los
documentales de naturaleza, para sincronizar el nacimiento de las crías de toda
la manada y así minimizar las pérdidas por el ataque de los carnívoros. Y así
un largo etcétera. Desde hace tiempo se
sospecha que en la especie humana también existe la capacidad de intercambiar
información a través de feromonas, y la primera evidencia experimental de ello
la obtuvieron Martha K. McKlintock y Kathleen Stern en 1998. En su artículo
publicado en Nature (2000; 392:177-179) describieron
cómo, recogiendo olores femeninos sobre almohadillas de algodón y luego
pasándolos por el labio superior de otras mujeres a lo largo de dos ciclos
menstruales, encontraron alteraciones sistemáticas de los ciclos de estas
mujeres. Olores recogidos durante la
fase folicular del ciclo menstrual aceleraban la aparición de la hormona
luteinizante (la que precede a la ovulación), acortando por tanto el ciclo
menstrual, mientras que los olores recogidos en fases posteriores del ciclo
(durante la ovulación) retrasaban la aparición de la hormona y, por tanto,
alargaban el ciclo menstrual. El mecanismo de acción en
mamíferos de estas pequeñas moléculas se cree que está basado en la unión de
las feromonas a unas proteínas receptoras presentes en la superficie de unas
determinadas neuronas sensoriales localizadas en la cavidad nasal. En la
mayoría de los mamíferos estas neuronas no se encuentran en el órgano olfatorio
principal, que es donde se detectan los olores, sino en un órgano distinto
llamado órgano vomeronasal (OVN). Además, estas neuronas sensitivas a feromonas
no envían directamente la información al córtex cerebral, y a consecuencia de
ello, no provocan respuestas conscientes sino comportamientos básicos y
fundamentales, como la excitación sexual, por una vía subconsciente. En los roedores, estas
proteínas receptoras están representados por dos grandes familias multigénicas:
los genes V1r y los genes V2r. En la especie humana, hasta la fecha la única
evidencia de feromonas se había limitado a la detección, descrita
anteriormente, de la feromona responsable de la sincronización de la ovulación,
y no se tenía ninguna evidencia molecular de los mecanismos que se hallaban
detrás de este comportamiento. Pero ahora Peter Mombaerts, jefe del Laboratorio
de Neurogenética de la Universidad Rockefeller, y su equipo han aislado el
primer gen humano que parece ser un buen candidato a desarrollar esta función.
El gen, llamado V1RL1, es muy parecido a los genes V1r de ratón y codifica una
proteína de 313 aminoácidos que tiene una gran homología con los receptores de
los roedores. Además, han identificado siete genes más muy similares a V1r,
pero que no son funcionales. En 1995, Axel y Dulac (Cell 1995; 83:195-206) ya habían
aislado dos genes parecidos a los genes receptores de los ratones, pero también
tenían demasiadas mutaciones en su secuencia codificante para poder expresar
una proteína funcional. Todos estos genes son considerados pseudogenes*: secuencias
génicas que por alguna razón han ido acumulando errores hasta el punto de que
ya no son funcionales. Estos pseudogenes deben ser los vestigios de un uso
mucho más importante de feromonas por parte de nuestros ancestros mamíferos. En su artículo, los autores
describen que han detectado actividad del gen V1RL1 sobre todo en la mucosa
olfatoria, pero falta saber todavía en qué neuronas de esta mucosa se expresa
el gen. Y ésta no es una cuestión tan trivial como pudiera parecer, ya que
existe cierta controversia alrededor de nuestro órgano vomeronasal. Hay
investigadores que piensan que el OVN humano es un órgano sensorial sensible
que puede causar cambios fisiológicos, y de hecho, tanto en Europa como en
Estados Unidos existe en el mercado una gama de perfumes cuyo contenido en
feromonas actúa en teoría sobre el OVN. Sin embargo, la mayor parte de la
comunidad científica cree que en la especie humana el órgano vomeronasal
aparece tan sólo transitoriamente durante los estadios embrionarios, sufre una
regresión después del nacimiento y al llegar a la madurez se convierte, al
igual que los pseudogenes, en tan sólo un testimonio no funcional de nuestros
orígenes. Pero esto no quiere decir que estemos incapacitados para la
comunicación química que ofrecen las feromonas, ya que quizá nuestro caso es
parecido al de los cerdos o los conejos, que pueden detectar feromonas a través
del sistema olfatorio principal. En cualquier caso, el
descubrimiento de este gen candidato a receptor representa un buen punto de
apoyo para las investigaciones posteriores que intenten arrojar luz sobre las
bases genéticas de nuestro comportamiento social más básico. Gemma López Jornet es licenciada en bioquímica. * Glosario de Biomedia |
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