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Se descubren las bases moleculares de nuestros comportamientos más fundamentales

Gemma López Jornet 04/10/00

Biomedia (Barcelona). Según publica la revista Nature Genetics (2000; 26 [1]:18-19), un equipo de la Universidad Rockefeller, en colaboración con el Departamento de Neurocirugía de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, ha aislado un gen con el que se podrían empezar a desvelar las incógnitas sobre las feromonas humanas, y por tanto sobre las bases moleculares de la comunicación social humana: ¿qué estados o conductas se ven afectados por la acción de las feromonas?, ¿cuál es la magnitud de su influencia en nuestro comportamiento?, ¿cuál es el órgano encargado de detectarlas?, ¿cuál es su mecanismo de acción? Preguntas de gran interés social, comercial y, por supuesto, científico.

Una feromona* es un compuesto químico sintetizado y secretado por un animal, que éste difunde por la atmósfera y que al ser recibido por otro animal de la misma especie, a veces a quilómetros de distancia, provoca respuestas específicas que pueden ser fisiológicas o de comportamiento.

Se han encontrado evidencias de feromonas tanto en invertebrados como en vertebrados. Las hormigas, por ejemplo, usan las feromonas para indicar el camino que hay que seguir para llegar hasta la comida, pero también para provocar ataques contra los enemigos, para señalar la necesidad de huir o para identificar sus larvas en la oscuridad del hormiguero. Pero también hay muchos ejemplos de efectos debidos a feromonas en mamíferos: muchos las usan para marcar con regularidad los límites de sus territorios; otros, como los ñus del Serengueti tan frecuentes en los documentales de naturaleza, para sincronizar el nacimiento de las crías de toda la manada y así minimizar las pérdidas por el ataque de los carnívoros. Y así un largo etcétera.

Desde hace tiempo se sospecha que en la especie humana también existe la capacidad de intercambiar información a través de feromonas, y la primera evidencia experimental de ello la obtuvieron Martha K. McKlintock y Kathleen Stern en 1998. En su artículo publicado en Nature (2000; 392:177-179) describieron cómo, recogiendo olores femeninos sobre almohadillas de algodón y luego pasándolos por el labio superior de otras mujeres a lo largo de dos ciclos menstruales, encontraron alteraciones sistemáticas de los ciclos de estas mujeres.

Olores recogidos durante la fase folicular del ciclo menstrual aceleraban la aparición de la hormona luteinizante (la que precede a la ovulación), acortando por tanto el ciclo menstrual, mientras que los olores recogidos en fases posteriores del ciclo (durante la ovulación) retrasaban la aparición de la hormona y, por tanto, alargaban el ciclo menstrual.

El mecanismo de acción en mamíferos de estas pequeñas moléculas se cree que está basado en la unión de las feromonas a unas proteínas receptoras presentes en la superficie de unas determinadas neuronas sensoriales localizadas en la cavidad nasal. En la mayoría de los mamíferos estas neuronas no se encuentran en el órgano olfatorio principal, que es donde se detectan los olores, sino en un órgano distinto llamado órgano vomeronasal (OVN). Además, estas neuronas sensitivas a feromonas no envían directamente la información al córtex cerebral, y a consecuencia de ello, no provocan respuestas conscientes sino comportamientos básicos y fundamentales, como la excitación sexual, por una vía subconsciente.

En los roedores, estas proteínas receptoras están representados por dos grandes familias multigénicas: los genes V1r y los genes V2r. En la especie humana, hasta la fecha la única evidencia de feromonas se había limitado a la detección, descrita anteriormente, de la feromona responsable de la sincronización de la ovulación, y no se tenía ninguna evidencia molecular de los mecanismos que se hallaban detrás de este comportamiento. Pero ahora Peter Mombaerts, jefe del Laboratorio de Neurogenética de la Universidad Rockefeller, y su equipo han aislado el primer gen humano que parece ser un buen candidato a desarrollar esta función. El gen, llamado V1RL1, es muy parecido a los genes V1r de ratón y codifica una proteína de 313 aminoácidos que tiene una gran homología con los receptores de los roedores. Además, han identificado siete genes más muy similares a V1r, pero que no son funcionales. En 1995, Axel y Dulac (Cell 1995; 83:195-206) ya habían aislado dos genes parecidos a los genes receptores de los ratones, pero también tenían demasiadas mutaciones en su secuencia codificante para poder expresar una proteína funcional. Todos estos genes son considerados pseudogenes*: secuencias génicas que por alguna razón han ido acumulando errores hasta el punto de que ya no son funcionales. Estos pseudogenes deben ser los vestigios de un uso mucho más importante de feromonas por parte de nuestros ancestros mamíferos.

En su artículo, los autores describen que han detectado actividad del gen V1RL1 sobre todo en la mucosa olfatoria, pero falta saber todavía en qué neuronas de esta mucosa se expresa el gen. Y ésta no es una cuestión tan trivial como pudiera parecer, ya que existe cierta controversia alrededor de nuestro órgano vomeronasal. Hay investigadores que piensan que el OVN humano es un órgano sensorial sensible que puede causar cambios fisiológicos, y de hecho, tanto en Europa como en Estados Unidos existe en el mercado una gama de perfumes cuyo contenido en feromonas actúa en teoría sobre el OVN. Sin embargo, la mayor parte de la comunidad científica cree que en la especie humana el órgano vomeronasal aparece tan sólo transitoriamente durante los estadios embrionarios, sufre una regresión después del nacimiento y al llegar a la madurez se convierte, al igual que los pseudogenes, en tan sólo un testimonio no funcional de nuestros orígenes. Pero esto no quiere decir que estemos incapacitados para la comunicación química que ofrecen las feromonas, ya que quizá nuestro caso es parecido al de los cerdos o los conejos, que pueden detectar feromonas a través del sistema olfatorio principal.

En cualquier caso, el descubrimiento de este gen candidato a receptor representa un buen punto de apoyo para las investigaciones posteriores que intenten arrojar luz sobre las bases genéticas de nuestro comportamiento social más básico.

Gemma López Jornet es licenciada en bioquímica.

* Glosario de Biomedia

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