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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones De Mendel al peligro de la trivialización genética
Biomedia (Sant Jaume
de Frontanyà). El siglo XIX acabó con la humanidad inmersa en un
desbordante conocimiento del mundo derivado de la perspectiva heredada de
Galileo y de Newton. La palabra ciencias era casi sinónimo de una de ellas, la
física. El gran reto que planteaba la innata curiosidad humana era desvelar
cómo estaba hecho el mundo y la materia y cuáles las leyes que regían su
funcionamiento. El ser humano buscaba sus orígenes, pero sobre todo intentaba
comprender cómo era el suelo que le sustentaba. Para ello levantaba su vista
hacia el macrocosmos en la inmensidad de la noche y al mismo tiempo la
adentraba en el sorprendente microcosmos. El telescopio y el microscopio,
además del lápiz y el papel, eran las herramientas que permitían superar
fronteras inimaginables. En 1900, el último año del siglo XIX, Freud publicaba La interpretación de los sueños, se
formulaba la teoría cuántica, se estudiaban los radicales libres, se descubría
el origen de la fiebre amarilla, se observaba la emisión de electrones por los
metales calientes, se formulaba la radiactividad como el cambio de un átomo en
otro, se descubrían los rayos gamma y también se intentaba entender por qué la
masa se incrementaba con la velocidad, se empezaba a distinguir entre los
diferentes grupos sanguíneos, se hallaban las ruinas de Knossos (Creta), se
inventaba el dirigible, Hilbert planteaba sus famosos retos matemáticos y Hugo
de Vries redescubría las leyes de la transmisión hereditaria. En efecto, cuando se formulaban las bases de las
revoluciones cuántica y de la relatividad ya trabajábamos en la herencia
intelectual que nos había legado un monje agustino moravo, Gregor Mendel,
fundador en 1865 de la ciencia de "dar nacimiento a", que es el
significado de la palabra griega genética. En el alba de nuestro siglo ya se
formuló que los cromosomas* eran los
factores que determinaban la herencia y que contenían las características de
cada uno de los progenitores (vegetales o animales). Por lo tanto, las bases de
los conocimientos de la física y de la biología de hoy nacían prácticamente en
la misma época y han evolucionado a lo largo de todos estos cien años en
paralelo. Fue la física la que predominó en este siglo y no parece muy
aventurado pronosticar que será la biología la que marcará el siglo XXI, por lo
menos sus comienzos. Justo es que en la hora de los muchos balances del siglo, y
cuando encaramos el que comienza en el año 2001, rindamos homenaje, entre
otros, a aquel abad naturalista afincado en Brno, hijo de un modesto agricultor
y, sobre todo, a aquellos puñados de guisantes que Mendel cruzó en el jardín de
su monasterio y que van a cambiar el mundo. Pero, una vez recordados los orígenes, nos hemos de sumergir
en la actualidad... Y como aquel famoso "todo lo hace la máquina"
(¿hermanos Marx dixit?) hoy parece
que estamos abocados a un "todo lo pueden los genes". El hecho es que
ahora nos estamos adentrando en desvelar las leyes que rigen y determinan la
sopa de la vida. El ser humano se aventura en parajes científicos hasta ahora
vedados: poder determinar la propia evolución biológica y la de los seres vivos
que le acompañan en su deambular por la Tierra. No hay semana (casi podríamos
decir sin exagerar que no hay día) en que no surja la noticia del
descubrimiento de un nuevo gen. La predestinación biológica nos abre las
puertas de sus misterios. Desde la propensión a las más terribles enfermedades
al color de nuestro pelo, todo parece predeterminado por los todopoderosos
genes, su herencia y sus temidas mutaciones. El dinero de la ciencia también
parece que tiende al "todo genético", por algo será. Ello explica que entre los periodistas científicos hablemos
del "gen de la semana". Abundan publicaciones en sesudas revistas
científicas sobre genes que determinan la homosexualidad, la tendencia a la
violencia, la irresistible propensión a la infidelidad..., incluso hay quien se
ha atrevido a afirmar que existe "el fundamento neurobiológico de la
religiosidad". Casi no nos va a quedar resquicio para el libre albedrío.
Llevamos escrito el presente y el futuro en nuestros genes, ni siquiera Dios va
a poder jugar a los dados con nosotros. Quizá convenga que seamos algo más
modestos... ¡Ojo: no hay duda de que la ciencia está dando un paso de
gigante! El mundo del conocimiento del genoma abre expectativas
extraordinarias, pero precisamente por ello tendríamos que ser más cautos que
nunca. No deberíamos caer en "el mito o en la frivolización del gen",
y hemos de reconocer que con cierta frecuencia los periodistas tendemos a esta
"espectacularización". ¡Qué bonito y atractivo es publicar un titular
del tipo "hemos descubierto el gen que abre la puerta a la inmortalidad
humana"! Pero creo que esto le hace un flaco favor al auténtico
conocimiento científico y a una correcta divulgación de nuestra capacidad para
resolver los apasionantes secretos de la vida. La investigación genética abre
puertas de aplicaciones demasiado importantes y plantea problemas éticos de
gran magnitud, por ello no debe ser trivializada en los medios de comunicación,
que son los que forman la opinión pública. También en este caso un exceso de información (unido a la
posible diseminación de un discurso más cercano a la anécdota que a la realidad
científica) puede inducir en realidad una gran desinformación de ciudadanos y
ciudadanas. Vladimir de Semir es
director del Observatorio de la Comunicación Científica y Médica de la
Universitat Pompeu Fabra. * Glosario
de Biomedia |
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