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De Mendel al peligro de la trivialización genética

Vladimir de Semir 04/10/00

Biomedia (Sant Jaume de Frontanyà). El siglo XIX acabó con la humanidad inmersa en un desbordante conocimiento del mundo derivado de la perspectiva heredada de Galileo y de Newton. La palabra ciencias era casi sinónimo de una de ellas, la física. El gran reto que planteaba la innata curiosidad humana era desvelar cómo estaba hecho el mundo y la materia y cuáles las leyes que regían su funcionamiento. El ser humano buscaba sus orígenes, pero sobre todo intentaba comprender cómo era el suelo que le sustentaba. Para ello levantaba su vista hacia el macrocosmos en la inmensidad de la noche y al mismo tiempo la adentraba en el sorprendente microcosmos. El telescopio y el microscopio, además del lápiz y el papel, eran las herramientas que permitían superar fronteras inimaginables.

En 1900, el último año del siglo XIX, Freud publicaba La interpretación de los sueños, se formulaba la teoría cuántica, se estudiaban los radicales libres, se descubría el origen de la fiebre amarilla, se observaba la emisión de electrones por los metales calientes, se formulaba la radiactividad como el cambio de un átomo en otro, se descubrían los rayos gamma y también se intentaba entender por qué la masa se incrementaba con la velocidad, se empezaba a distinguir entre los diferentes grupos sanguíneos, se hallaban las ruinas de Knossos (Creta), se inventaba el dirigible, Hilbert planteaba sus famosos retos matemáticos y Hugo de Vries redescubría las leyes de la transmisión hereditaria.

En efecto, cuando se formulaban las bases de las revoluciones cuántica y de la relatividad ya trabajábamos en la herencia intelectual que nos había legado un monje agustino moravo, Gregor Mendel, fundador en 1865 de la ciencia de "dar nacimiento a", que es el significado de la palabra griega genética. En el alba de nuestro siglo ya se formuló que los cromosomas* eran los factores que determinaban la herencia y que contenían las características de cada uno de los progenitores (vegetales o animales). Por lo tanto, las bases de los conocimientos de la física y de la biología de hoy nacían prácticamente en la misma época y han evolucionado a lo largo de todos estos cien años en paralelo. Fue la física la que predominó en este siglo y no parece muy aventurado pronosticar que será la biología la que marcará el siglo XXI, por lo menos sus comienzos.

Justo es que en la hora de los muchos balances del siglo, y cuando encaramos el que comienza en el año 2001, rindamos homenaje, entre otros, a aquel abad naturalista afincado en Brno, hijo de un modesto agricultor y, sobre todo, a aquellos puñados de guisantes que Mendel cruzó en el jardín de su monasterio y que van a cambiar el mundo.

Pero, una vez recordados los orígenes, nos hemos de sumergir en la actualidad... Y como aquel famoso "todo lo hace la máquina" (¿hermanos Marx dixit?) hoy parece que estamos abocados a un "todo lo pueden los genes". El hecho es que ahora nos estamos adentrando en desvelar las leyes que rigen y determinan la sopa de la vida. El ser humano se aventura en parajes científicos hasta ahora vedados: poder determinar la propia evolución biológica y la de los seres vivos que le acompañan en su deambular por la Tierra. No hay semana (casi podríamos decir sin exagerar que no hay día) en que no surja la noticia del descubrimiento de un nuevo gen. La predestinación biológica nos abre las puertas de sus misterios. Desde la propensión a las más terribles enfermedades al color de nuestro pelo, todo parece predeterminado por los todopoderosos genes, su herencia y sus temidas mutaciones. El dinero de la ciencia también parece que tiende al "todo genético", por algo será.

Ello explica que entre los periodistas científicos hablemos del "gen de la semana". Abundan publicaciones en sesudas revistas científicas sobre genes que determinan la homosexualidad, la tendencia a la violencia, la irresistible propensión a la infidelidad..., incluso hay quien se ha atrevido a afirmar que existe "el fundamento neurobiológico de la religiosidad". Casi no nos va a quedar resquicio para el libre albedrío. Llevamos escrito el presente y el futuro en nuestros genes, ni siquiera Dios va a poder jugar a los dados con nosotros. Quizá convenga que seamos algo más modestos...

¡Ojo: no hay duda de que la ciencia está dando un paso de gigante! El mundo del conocimiento del genoma abre expectativas extraordinarias, pero precisamente por ello tendríamos que ser más cautos que nunca. No deberíamos caer en "el mito o en la frivolización del gen", y hemos de reconocer que con cierta frecuencia los periodistas tendemos a esta "espectacularización". ¡Qué bonito y atractivo es publicar un titular del tipo "hemos descubierto el gen que abre la puerta a la inmortalidad humana"! Pero creo que esto le hace un flaco favor al auténtico conocimiento científico y a una correcta divulgación de nuestra capacidad para resolver los apasionantes secretos de la vida. La investigación genética abre puertas de aplicaciones demasiado importantes y plantea problemas éticos de gran magnitud, por ello no debe ser trivializada en los medios de comunicación, que son los que forman la opinión pública.

También en este caso un exceso de información (unido a la posible diseminación de un discurso más cercano a la anécdota que a la realidad científica) puede inducir en realidad una gran desinformación de ciudadanos y ciudadanas.

Vladimir de Semir es director del Observatorio de la Comunicación Científica y Médica de la Universitat Pompeu Fabra.

* Glosario de Biomedia

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