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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Sistema nervioso y percepción de emociones
Biomedia
(Londres). Aunque
hace mucho tiempo que aceptamos la idea de que el cerebro (y no el corazón) es
el órgano de nuestras emociones, la realidad es que el progreso en la
comprensión de las bases neurales de nuestra vida emocional está en su
infancia. Descubrir qué pasa en el sistema nervioso cuando experimentamos
alegría, tristeza, furia o amor no es tarea fácil, lo cual se debe en parte a
lo subjetivo de esta clase de sensaciones. Sin embargo, el uso de técnicas de
visualización que nos permiten observar el funcionamiento del cerebro de manera
directa comienza a darnos la esperanza de que algún día tendremos una respuesta
satisfactoria para aquella pregunta. De hecho, un artículo publicado por Antonio
Damasio y sus colaboradores en el ejemplar de octubre de la
revista Nature
Neuroscience nos
muestra el potencial de dichas técnicas de visualización para resolver el
enigma de nuestras emociones. En
términos generales, el estudio de las bases neurales de las emociones puede
abordarse desde al menos dos puntos de vista complementarios. Por un lado,
averiguar qué partes del cerebro desencadenan nuestras reacciones emocionales. Por
el otro, dilucidar qué regiones del sistema nervioso se activan mientras
estamos sintiéndolas. El primer punto de vista tiene una historia muy larga y
se ha basado principalmente en el estudio de animales (e incluso de humanos)
con diversas lesiones cerebrales y el efecto que éstas tienen sobre la
manifestación de las emociones. Quizá sean dos las principales observaciones obtenidas
por esta tradición experimental. En primer lugar, el descubrimiento de que la
amígdala*, una estructura localizada en la
parte inferior y lateral del cerebro, es importante para la expresión del
miedo; monos sin amígdala dejan de mostrar el terror que normalmente sienten al
ver una serpiente, mientras que gatos en los que la amígdala se estimula
eléctricamente se comportan como si estuviesen acorralados, mostrándose
agresivos y tratando de defenderse contra un enemigo invisible. En segundo
lugar, el descubrimiento de que la destrucción del lóbulo frontal, la región de
nuestro cerebro más cercana a la frente, se acompaña de un aplanamiento
generalizado de la vida afectiva. Individuos con lesiones en esta parte del
sistema nervioso muestran una reducción muy marcada en su capacidad de mostrar
sus emociones. Por su
parte, el estudio de las regiones del cerebro que se activan mientras
experimentamos alguna emoción no ha obtenido resultados tan claros hasta ahora
y es aquí donde las técnicas de visualización tienen una gran utilidad. El
estudio de Damasio y sus colaboradores se basa en el uso de una de estas
técnicas conocida como tomografía por emisión de positrones (TEP), la cual se
basa en medir el aumento en el consumo de oxígeno que se observa tras la
activación de cualquier región cerebral. Así, lo que estos investigadores
hicieron fue pedir a una serie de voluntarios que recordaran eventos personales
con una carga emocional muy profunda (ya fuese alegría, tristeza, miedo o
rabia) para después observar qué regiones cerebrales aumentaban su consumo de
oxígeno mientras los individuos volvían a experimentar sus emociones
originales. Lo que observaron fue que cada emoción activaba una gran cantidad
de estructuras cerebrales, lo cual nos indica inmediatamente que no existe un
área cerebral de la felicidad o de la tristeza. Más bien, si comparásemos al
cerebro con un tablero luminoso, experimentar cualquier emoción se traduciría
en la iluminación de un patrón de luces específico para cada una. Aunque algunas
de las luces (es decir, de las regiones cerebrales) se encienden igualmente al
experimentar diversas emociones, existen otras que no lo hacen y muy
posiblemente son esas diferencias las que dictan que nuestra percepción de cada
emoción sea diferente. Al mismo tiempo, Damasio y sus colegas encontraron que
algunas de las estructuras nerviosas activadas en sus experimentos
correspondían a regiones como el hipotálamo, el cual se encarga de regular el
equilibrio interno u homeostasis del organismo. Esta observación nos habla de
un diálogo continuo entre aspectos en apariencia tan elevados de la función
cerebral como las emociones y funciones mucho más elementales de nuestro
organismo. El
trabajo de Damasio y su grupo nos dice que es posible obtener un mapa cerebral
de nuestras emociones. Es de esperar que, conforme mejore la resolución de las
técnicas de visualización, contaremos con una localización más precisa de
nuestras emociones. Sin embargo, la pregunta que estos estudios no responden (y
que para muchos pensadores no tiene respuesta) tiene que ver con la naturaleza
subjetiva de nuestras emociones. Todos sabemos lo que se siente al estar feliz
o triste pero no podemos saber si lo que yo siento como felicidad es
exactamente igual a lo que cualquier otra persona siente como tal. Quizá este
sea un ejemplo más claro de este dilema: usted y yo podemos ver el color azul
pero no tenemos la seguridad de que su azul sea exactamente igual al mío. Es
precisamente debido a esta limitación por lo que no podemos explicar a nadie lo
que se siente estar feliz o en lo que consiste el color azul. Esta naturaleza
subjetiva de nuestras percepciones es lo que se conoce como qualia y su
estudio constituye, por ahora, la frontera entre la biología y la filosofía. Juan
Carlos López García es doctor en filosofía por la Universidad de Columbia y
editor de Macmillan Publishing Company, Londres. * Glosario de Biomedia Más
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