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Comunicación científica y malentendidos

Jeff Thomas Análisis
25/10/00

Biomedia (Londres). ¿Cuál es la mayor de las frustraciones de un científico? Tal vez el aislamiento total, una incapacidad para comunicar ideas a los demás. Dado que la ciencia es una actividad comunitaria, los nuevos hallazgos han de ser comunicados; es así como pueden ser verificados. El nuevo conocimiento que sobrevive a la evaluación crítica de los colegas científicos es el que finalmente va a ser absorbido por la corriente principal de pensamiento.

Siguiendo esta lógica, los científicos deberían ser expertos comunicadores, bien adaptados a las expresiones de duda y a la crítica mordaz de su público. Y, aún más, la comunicación es algo que los científicos practican comúnmente y definen en sus propios términos. Lo que ellos consideran comunicación profesional es el contacto con colegas, a través de publicaciones científicas o comunicaciones en congresos. En la instrucción científica se descuida la capacidad de llegar a un público no profesional (hablar de ciencia en televisión o escribir artículos de divulgación), que requiere otras habilidades comunicativas.

Explicar la ciencia al público

En Europa se impulsa a los científicos a que abandonen sus reticencias tradicionales y colaboren para ‘acercar la ciencia a la sociedad’. El Reino Unido, por ejemplo, ha sido testigo de una amplia variedad de conferencias, festivales, ferias, celebraciones: todas diseñadas para atraer al público no especializado hacia los prodigios intelectuales y los beneficios prácticos de la ciencia. Un número sin precedentes de artículos (muy a menudo salidos de la pluma de un pequeño número de científicos ‘asentados’ en la prensa) ayuda a mantener temas científicos en el centro del debate público.

Sin embargo, la mayor parte de lo que se muestra es la cara positiva de la ciencia: nuevos descubrimientos en ciencias médicas, especulaciones acerca de la estructura del universo, explicaciones de los instintos biológicos que sustentan el comportamiento humano... Este tipo de conocimientos se ha denominado ciencia sin consecuencias, aunque sería más propio llamarlos ciencia de promesas, dado que muestran el aspecto que ofrece una esperanza creciente para el futuro, para un mundo más saludable, más próspero y más comprensible.

Ciencia inquieta

A pesar de esta decidida promoción de la ciencia, algo no encaja con las percepciones públicas. ¿De qué otra manera se podría explicar la necesidad de un programa de radio de la BBC que preguntaba cómo se puede restaurar la fe en la ciencia (y que, desde luego, no podía ofrecer una solución clara)? En este debate se reflejaban los recientes hechos de ‘la ciencia inquieta’ que últimamente han dominado los titulares: clonación, pruebas genéticas, desarrollo de organismos modificados genéticamente (OMG), riesgos asociados a xenotrasplantes, implicaciones de la separación de siameses...

En el Reino Unido, en concreto, ha habido una preocupación más bien pesimista a la hora de evaluar el posible riesgo para la salud humana que supone la encefalopatía espongiforme bovina (BSE), la lesión neurodegenerativa de las vacas locas. La reciente epidemia de la BSE, restringida durante mucho tiempo al ganado del Reino Unido, es ahora sujeto de investigaciones intensas y bien dotadas de fondos, dirigidas especialmente a conocer la conexión con la forma humana de esta misma enfermedad. Aunque ahora la probable ruta de infección a los humanos se asocia al consumo de carne de bovino infectado con BSE, la imagen que persiste en la mente del público es la de los rechazos del Gobierno, tipo "los informes científicos disponibles sugieren que no existe evidencia científica convincente de que la BSE pueda cruzar la barrera específica e infectar a humanos".

Que el consenso científico diera un giro espectacular desde la negación hasta la admisión del riesgo (y que todavía deje muchas preguntas sin respuesta), fue una desagradable sorpresa para los que estaban poco acostumbrados al funcionamiento de la ciencia. Esta decepción pública se puede resumir en un comentario periodístico (escrito en el momento en que a través del telescopio Hubble emergían imágenes espectaculares del espacio oscuro), que, equivocadamente, preguntaba: "Está muy bien que nos proporcionen fotografías del principio del tiempo, pero si la ciencia no nos puede ayudar a explicar por qué y cuándo no es segura una hamburguesa, es razonable preguntar qué uso hacen de ella".

Hacer llegar la educación científica

Esta interpretación errónea de los procesos que la ciencia sigue proviene seguramente de las experiencias tempranas de su comunicación, de la enseñanza de la ciencia en la escuela. Porque el aprendizaje de la ciencia refleja, sobre todo, el mundo de la certeza científica; se aprenden los hechos y los conceptos de la ‘enciclopedia de la ciencia’, que contienen los impenetrables y pesados libros de texto que son todavía una carga en la vida de los escolares. Si la ciencia tiene que ver con la estricta aplicación del método científico, es decir, con la incertidumbre que entre por un extremo de la ‘máquina científica’ y los 'hechos puros y duros' que asomen por el otro extremo, tras un par de vueltas a la 'manivela' (vía hipótesis e investigación), poco nos debería asombrar que al público le cueste bregar con la ciencia. Porque el mundo de la ciencia inquieta (como revelan todo el tiempo los titulares de los periódicos), resulta una muestra especialmente rica de lo problemático e incierto, y expone los límites de nuestro conocimiento de una manera mucho más brusca que cualquier lección en la escuela.

La ciencia aprendida también confía en el carácter que la hace fuerte y vulnerable al mismo tiempo: su supuesta objetividad. Un estatus y un éxito a los que han contribuido la impasibilidad y actitud distante respecto del mundo de los sentimientos. Pero, el mundo de los sentimientos (el dominio afectivo) y del conocimiento (el reino de la cognición) devienen inextricablemente intrincados en la ciencia ‘inquieta’, hasta el punto que los argumentos se restringen a uno solo de los dominios y se observan con gran desconfianza. Dado que la mayor parte de los currículums escolares se concentran solamente en los hechos de la ciencia, los estudiantes tienen poca experiencia sobre la colisión entre el mundo de los sentimientos y el de la ciencia. También se descuida el arte de la argumentación constructiva para sobrellevar opiniones científicas conflictivas que reflejen el hecho que la ciencia se hace siguiendo la ‘mejor intuición’, y cómo articular y defender un punto de vista particular. Y quizá se podría llegar a una práctica más ambiciosa aún: cómo se siente uno jugando a ‘meterse en la piel de otro’, ensayando un punto de vista opuesto al propio. Todas estas capacidades son ineludibles para dar un mayor sentido al problemático mundo de la ‘ciencia inquieta’.

Comunicación para el futuro

Los ciudadanos del mañana entrarán en el mundo de la comunicación científica de muy distinta manera que aquellos siguieron pasadas tradiciones. La extraña noción de amplia confianza del público en ‘científicos expertos' parece ahora pertenecer a una era desaparecida y añorada. En palabras del crítico de ciencia Michael Gibbons, la transferencia de opinión ya no se dirige directamente de la ciencia a la sociedad. Ahora la sociedad quiere ‘opinar a su vez sobre ciencia’. Esta comunicación en dos sentidos comprende, pues, un diálogo entre científicos y público. Para los científicos, la escucha paciente del público y la influencia del punto de vista de los no expertos van a requerir una nueva sensibilidad y otras habilidades de comunicación.

¿Cómo puede ser factible un mundo futuro de la ciencia en el que la comunicación de ida y vuelta entre científicos y público sea la norma? Parece que en el Reino Unido y en la Unión Europea se ha abierto una vía al dar una ayuda modesta a los profesionales que llevan la ciencia al público (a través de las ferias de ciencia, festivales o conferencias mencionados antes). Pero estas actividades suelen ser monólogos de científicos, los diálogos genuinos son mucho más raros. Todavía están en ciernes, y por probar, iniciativas mucho más audaces como son los tribunales ciudadanos y las conferencias de consenso, en los que se anima al público no experto a contribuir al desarrollo de políticas científicas; si bien en países escandinavos (sobre todo Dinamarca) han sido empleados con resultados favorables.

Pero no es fácil animar a los científicos a que trabajen de manera más entusiasta y con espíritu de diálogo con los medios, quizá porque pertenecen a una profesión acostumbrada a tener ‘la última palabra’. El distinguido periodista británico Tom Wilkie, comentando el tono de la cobertura mediática de la controversia generada en torno a la clonación de la oveja Dolly, expuso su punto de vista: los científicos involucrados se resistían a discutir la idea con los medios, con otros ciudadanos que tuvieran opiniones distintas. Parte del problema reside en que los científicos parecen comprender muy poco cómo funcionan los medios. Y, este es justo uno de los resultados más intrigantes de un informe sobre periodismo científico para el Consejo Económico y de Investigación del Reino Unido (UK’s Economic and Research Council), dirigido por Ian Hargreaves; en respuesta a la pregunta ‘¿comprende la comunidad científica el funcionamiento de los medios de comunicación?’ El 75% de los periodistas respondieron una de las dos opciones ‘nada, en absoluto’ o ‘no tienen la clave’.

El mensaje, seguramente, es que en el nuevo orden social debe cambiar la interpretación tradicional de los científicos acerca de la comunicación de su trabajo, porque parece que la pericia ya no suscita el respeto incuestionable de antaño. A pesar de ello, resulta difícil imaginar un escenario en que los científicos abracen con entusiasmo las prácticas laborales y la filosofía que subyace en el ajeno mundo del periodismo científico, o bien que quieran compartir felizmente plataformas de discusión con sus críticos más duros, sometidos a la mirada del público. Ciertamente, algunos científicos ya lo hacen, pero se necesitan más almas valientes como éstas, aunque a veces se sientan vulnerables, criticados o incomprendidos.

Jeff Thomas es director del Centro para la Educación de Ciencia

Más información en Biomedia:
La necesidad de periodistas científicos. Teresa Falgueras (22/03/00)

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