|
|||
| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Comunicación científica y malentendidos
Biomedia (Londres). ¿Cuál es la mayor de las frustraciones de un científico? Tal vez el aislamiento
total, una incapacidad para comunicar ideas a los demás. Dado que la ciencia es
una actividad comunitaria, los nuevos hallazgos han de ser comunicados; es así
como pueden ser verificados. El nuevo conocimiento que sobrevive a la
evaluación crítica de los colegas científicos es el que finalmente va a ser
absorbido por la corriente principal de pensamiento. Siguiendo esta lógica, los científicos deberían ser expertos
comunicadores, bien adaptados a las expresiones de duda y a la crítica mordaz
de su público. Y, aún más, la comunicación es algo que los científicos
practican comúnmente y definen en sus propios términos. Lo que ellos consideran
comunicación profesional es el contacto con colegas, a través de publicaciones
científicas o comunicaciones en congresos. En la instrucción científica se
descuida la capacidad de llegar a un público no profesional (hablar de ciencia
en televisión o escribir artículos de divulgación), que requiere otras
habilidades comunicativas. En Europa se impulsa a los científicos a que abandonen sus
reticencias tradicionales y colaboren para ‘acercar la ciencia a la sociedad’.
El Reino Unido, por ejemplo, ha sido testigo de una amplia variedad de
conferencias, festivales, ferias, celebraciones: todas diseñadas para atraer al
público no especializado hacia los prodigios intelectuales y los beneficios
prácticos de la ciencia. Un número sin precedentes de artículos (muy a menudo
salidos de la pluma de un pequeño número de científicos ‘asentados’ en la
prensa) ayuda a mantener temas científicos en el centro del debate público. Sin embargo, la mayor parte de lo que se muestra es la cara
positiva de la ciencia: nuevos descubrimientos en ciencias médicas,
especulaciones acerca de la estructura del universo, explicaciones de los
instintos biológicos que sustentan el comportamiento humano... Este tipo de
conocimientos se ha denominado ciencia sin consecuencias, aunque sería
más propio llamarlos ciencia de promesas, dado que muestran el aspecto
que ofrece una esperanza creciente para el futuro, para un mundo más saludable,
más próspero y más comprensible. A pesar de esta decidida promoción de la ciencia, algo no
encaja con las percepciones públicas. ¿De qué otra manera se podría explicar la
necesidad de un programa de radio de la BBC
que preguntaba cómo se puede restaurar la fe en la ciencia (y que, desde luego,
no podía ofrecer una solución clara)? En este debate se reflejaban los
recientes hechos de ‘la ciencia inquieta’ que últimamente han dominado los
titulares: clonación, pruebas genéticas, desarrollo de organismos modificados
genéticamente (OMG), riesgos asociados a xenotrasplantes, implicaciones de la
separación de siameses... En el Reino Unido, en concreto, ha habido una preocupación más
bien pesimista a la hora de evaluar el posible riesgo para la salud humana que
supone la encefalopatía espongiforme bovina (BSE), la lesión neurodegenerativa
de las vacas locas. La reciente epidemia de la BSE, restringida durante mucho
tiempo al ganado del Reino Unido, es ahora sujeto de investigaciones intensas y
bien dotadas de fondos, dirigidas especialmente a conocer la conexión con la
forma humana de esta misma enfermedad. Aunque ahora la probable ruta de
infección a los humanos se asocia al consumo de carne de bovino infectado con
BSE, la imagen que persiste en la mente del público es la de los rechazos del
Gobierno, tipo "los informes científicos disponibles sugieren que no
existe evidencia científica convincente de que la BSE pueda cruzar la barrera
específica e infectar a humanos". Que el consenso científico diera un giro espectacular desde
la negación hasta la admisión del riesgo (y que todavía deje muchas preguntas
sin respuesta), fue una desagradable sorpresa para los que estaban poco
acostumbrados al funcionamiento de la ciencia. Esta decepción pública se puede
resumir en un comentario periodístico (escrito en el momento en que a través
del telescopio Hubble emergían imágenes espectaculares del espacio oscuro),
que, equivocadamente, preguntaba: "Está muy bien que nos proporcionen
fotografías del principio del tiempo, pero si la ciencia no nos puede ayudar a
explicar por qué y cuándo no es segura una hamburguesa, es razonable preguntar
qué uso hacen de ella". Esta interpretación errónea de los procesos que la ciencia
sigue proviene seguramente de las experiencias tempranas de su comunicación, de
la enseñanza de la ciencia en la escuela. Porque el aprendizaje de la ciencia
refleja, sobre todo, el mundo de la certeza científica; se aprenden los hechos
y los conceptos de la ‘enciclopedia de la ciencia’, que contienen los
impenetrables y pesados libros de texto que son todavía una carga en la vida de
los escolares. Si la ciencia tiene que ver con la estricta aplicación del
método científico, es decir, con la incertidumbre que entre por un extremo de
la ‘máquina científica’ y los 'hechos puros y duros' que asomen por el otro
extremo, tras un par de vueltas a la 'manivela' (vía hipótesis e
investigación), poco nos debería asombrar que al público le cueste bregar con
la ciencia. Porque el mundo de la ciencia inquieta (como revelan todo el tiempo
los titulares de los periódicos), resulta una muestra especialmente rica de lo
problemático e incierto, y expone los límites de nuestro conocimiento de una
manera mucho más brusca que cualquier lección en la escuela. La ciencia aprendida también confía en el carácter que la
hace fuerte y vulnerable al mismo tiempo: su supuesta objetividad. Un estatus y
un éxito a los que han contribuido la impasibilidad y actitud distante respecto
del mundo de los sentimientos. Pero, el mundo de los sentimientos (el dominio
afectivo) y del conocimiento (el reino de la cognición) devienen
inextricablemente intrincados en la ciencia ‘inquieta’, hasta el punto que los
argumentos se restringen a uno solo de los dominios y se observan con gran
desconfianza. Dado que la mayor parte de los currículums escolares se
concentran solamente en los hechos de
la ciencia, los estudiantes tienen poca experiencia sobre la colisión entre el
mundo de los sentimientos y el de la ciencia. También se descuida el arte de la
argumentación constructiva para sobrellevar opiniones científicas conflictivas
que reflejen el hecho que la ciencia se hace siguiendo la ‘mejor intuición’, y
cómo articular y defender un punto de vista particular. Y quizá se podría
llegar a una práctica más ambiciosa aún: cómo se siente uno jugando a ‘meterse
en la piel de otro’, ensayando un punto de vista opuesto al propio. Todas estas
capacidades son ineludibles para dar un mayor sentido al problemático mundo de
la ‘ciencia inquieta’. Los ciudadanos del mañana entrarán en el mundo de la
comunicación científica de muy distinta manera que aquellos siguieron pasadas
tradiciones. La extraña noción de amplia confianza del público en ‘científicos
expertos' parece ahora pertenecer a una era desaparecida y añorada. En palabras
del crítico de ciencia Michael Gibbons, la transferencia de opinión ya no se
dirige directamente de la ciencia a la sociedad. Ahora la sociedad quiere
‘opinar a su vez sobre ciencia’. Esta comunicación en dos sentidos comprende,
pues, un diálogo entre científicos y público. Para los científicos, la escucha
paciente del público y la influencia del punto de vista de los no expertos van
a requerir una nueva sensibilidad y otras habilidades de comunicación. ¿Cómo puede ser factible un mundo futuro de la ciencia en el
que la comunicación de ida y vuelta entre científicos y público sea la norma?
Parece que en el Reino Unido y en la Unión Europea se ha abierto una vía al dar
una ayuda modesta a los profesionales que llevan la ciencia al público (a
través de las ferias de ciencia, festivales o conferencias mencionados antes).
Pero estas actividades suelen ser monólogos de científicos, los diálogos
genuinos son mucho más raros. Todavía están en ciernes, y por probar,
iniciativas mucho más audaces como son los tribunales ciudadanos y las
conferencias de consenso, en los que se anima al público no experto a
contribuir al desarrollo de políticas científicas; si bien en países
escandinavos (sobre todo Dinamarca) han sido empleados con resultados
favorables. Pero no es fácil animar a los científicos a que trabajen de
manera más entusiasta y con espíritu de diálogo con los medios, quizá porque
pertenecen a una profesión acostumbrada a tener ‘la última palabra’. El
distinguido periodista británico Tom Wilkie, comentando el tono de la cobertura
mediática de la controversia generada en torno a la clonación de la oveja
Dolly, expuso su punto de vista: los científicos involucrados se resistían a
discutir la idea con los medios, con otros ciudadanos que tuvieran opiniones
distintas. Parte del problema reside en que los científicos parecen comprender
muy poco cómo funcionan los medios. Y, este es justo uno de los resultados más
intrigantes de un informe sobre periodismo científico para el Consejo Económico
y de Investigación del Reino Unido (UK’s Economic and Research Council),
dirigido por Ian Hargreaves; en respuesta a la pregunta ‘¿comprende la
comunidad científica el funcionamiento de los medios de comunicación?’ El 75%
de los periodistas respondieron una de las dos opciones ‘nada, en absoluto’ o
‘no tienen la clave’. El mensaje, seguramente, es que en el nuevo orden social
debe cambiar la interpretación tradicional de los científicos acerca de la
comunicación de su trabajo, porque parece que la pericia ya no suscita el
respeto incuestionable de antaño. A pesar de ello, resulta difícil imaginar un
escenario en que los científicos abracen con entusiasmo las prácticas laborales
y la filosofía que subyace en el ajeno mundo del periodismo científico, o bien
que quieran compartir felizmente plataformas de discusión con sus críticos más
duros, sometidos a la mirada del público. Ciertamente, algunos científicos ya
lo hacen, pero se necesitan más almas valientes como éstas, aunque a veces se
sientan vulnerables, criticados o incomprendidos. Jeff Thomas es director del Centro para la Educación
de Ciencia Más información en Biomedia: |
|||
|
|
|||