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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Un papel para la divulgación científica en la enseñanza de ciencias
Biomedia (Valencia). Una vertiente de la enseñanza
de ciencias de la vida y de la salud es la divulgación de la ciencia, y puede
tener como destinatarios simultáneos muchos y diversos elementos del proceso
educativo, como son alumnos y profesores de muy distintos niveles. La
problemática en torno a la divulgación científica es un tema que hace años me
preocupa, como profesor universitario de bioquímica; además, mi visión sobre
esta cuestión se ha visto muy influida por los años que llevo dedicado a la
gestión académica, primero como vicerrector de investigación y ahora como
vicerrector de cultura en la Universidad de
Valencia. Opino que la difusión del conocimiento científico debería tomar
una importancia creciente entre las actividades de nuestras universidades.
Dejadme reflexionar brevemente y en voz alta sobre algunos aspectos que me
parecen relevantes en relación con este tema. Y, en particular, sobre el reto
que la divulgación de la ciencia plantea al profesorado universitario. La
divulgación de la ciencia es una tarea compleja. En primer lugar, es necesario
reconocer que la ciencia constituye un conjunto abstracto de conceptos la mayor
parte de los cuales se encuentran muy alejados del sentido común. Empleando las
palabras del biólogo Lewis Wolpert, la “naturaleza no natural” de la ciencia
complica su difusión fuera de los círculos de los iniciados. Éste me parece un
punto central de la problemática de una difusión general y amplia del
conocimiento científico, que complica seriamente la tarea de “hacer comprender”
que implica la divulgación científica. El conjunto de saberes organizados que
constituyen la ciencia ha estado construido por una comunidad de expertos
restringida que genera discursos cerrados, sólo comprensibles por los
especialistas. Por esta razón, la generación de discursos que puedan romper
fronteras y que llegan a ser del todo inteligibles para otros científicos de
especialidades diferentes, para los ciudadanos con una formación cultural
sólida o, aún más difícil, para la sociedad en general, requiere unas
herramientas y unas estrategias específicas en comunicación científica. Por
otra parte, no podemos ni debemos olvidar que la investigación científica y
tecnológica financiada con fondos públicos, con el dinero de todos los
ciudadanos, ha de circular libremente. He aquí uno de los retos más notables de
las sociedades contemporáneas: la lucha contra la privatización del
conocimiento. Muy en especial en aquellos casos en que la investigación está
sometida a leyes mercantilistas o, lo que puede ser peor, a secretismo militar.
En estos momentos, al principio del siglo XXI, tenemos un ejemplo remarcable de
estas tensiones, dentro del ámbito de las ciencias de la vida y de la salud,
con la problemática en torno a la gestión de la información generada por la
cartografía de todos los genes humanos, una tarea que se está realizando tanto
por instituciones públicas como por empresas privadas. En los
países anglosajones hay, hace tiempo, una preocupación, incluso
institucionalizada e incorporada a los ámbitos académicos más estrictos, por lo
que se denomina public understanding of
science. Esta “comprensión pública” se considera fundamental para que
estratos sociales progresivamente más amplios puedan acceder a los fundamentos
de los avances científicos y, eventualmente, puedan expresar opiniones sensatas
basadas en hechos contrastados y no en especulaciones. “Comprender para
decidir” debería ser un lema ineludible en las sociedades democráticas.
Lamentablemente, el comportamiento de ciertos políticos y de grupos de presión
frente a problemas sociales tan complejos como puede ser la comercialización de
alimentos transgénicos, nos muestra palpablemente que la insensatez todavía
domina muchas esferas influyentes de la sociedad y la opinión pública. Hoy, más
que en otro momento histórico, ni aun en los inicios de la revolución
industrial ni cuando se hundió la visión beatífica sobre la ciencia en agosto
de 1945, se hace tan necesaria la tarea de una comunicación científica clara y
honesta. Por eso, la formación específica en este campo se debería convertir,
de una vez por todas, en materia académica de nuestras universidades, pero no
solamente en los estudios de comunicación, como ya pasa en algunas facultadse,
sino formando parte “normal” del currículum científico. Por
último, querría terminar en un tono autocrítico y constatar la necesidad de
combatir con firmeza la visión que tienen muchos colegas científicos de que
divulgar la ciencia es un tipo de prostitución indeseable. Tal vez algún día no
muy lejano, los profesores de universidad reconoceremos entre nuestras
obligaciones, no solamente la investigación y la docencia, sino también la
difusión del conocimiento científico. Es necesario superar la disposición de
los científicos de comunicarse solamente en el terreno estricto de una
especialidad y fomentar, estimular institucionalmente, la comunicación con
científicos de otras especialidades y con el resto de ciudadanos, dos niveles
de divulgación delante de los cuales los científicos se encuentran,
respectivamente, poco y nada interesados. Obviamente, ya a ninguno de nosotros
nos preocupa si es conveniente además un flujo “inverso” de información, de los
ciudadanos hacia la comunidad científica y cómo se podría materializar. En
cualquier caso, todo esto no será posible en las circunstancias actuales, a
excepción de los casos expresos de voluntarismo. La valoración casi
imperceptible de la actividad docente y su calidad en las evaluaciones y
concursos, el exceso de dedicación semanal a impartir clases, complica mucho
que, además, un profesor pueda tener tiempo para hacer una buena divulgación
científica. Sin
duda, la divulgación científica jugará un papel creciente en el flujo de
conocimiento, de las novedades, de la actualización de los centros de
investigación hasta los centros de enseñanza secundarios, por ejemplo. La
divulgación hecha por los investigadores como parte de su obligación de rendir
cuentas y explicar lo que hacen podría ser una fuente de información muy útil
para los enseñantes. Correspondería a las instituciones universitarias y de
investigación generar los canales adecuados para catalizar este proceso. Para
terminar, dejadme citar algunos ejemplos de experiencias en este sentido que me
parecen oportunos: el caso de la revista Mètode,
de la Universidad de Valencia, una revista de
difusión de la investigación universitaria, o el de las publicaciones
periódicas de algunas sociedades filiales del Instituto
de Estudios Catalanes, como son la Revista
de Física o Trabajos
de la Sociedad Catalana de Biología. Todas ellas realizan aportaciones
significativas de alta divulgación al alcance de los profesionales de la
enseñanza de la ciencia a niveles preuniversitarios. Juli Peretó es profesor del Departamento de
Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad
de Valencia y miembro numerario de la Sección de Ciencias Biológicas del Instituto de Estudios Catalanes. * Parte de este texto pertenece a la ponencia para la mesa redonda:
“Enseñanza de la ciencia desde la escuela a la universidad” dentro del XVI
Congreso de Médicos y Biólogos en Lengua Catalana. |
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