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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Plantas transgénicas: razones de una polémica
Biomedia (Barcelona). Hace
poco mas de cinco años que el primer alimento obtenido de una planta
transgénica, el tomate Flavr Savr de
la empresa Calgene,
llegó a los mercados americanos. Su buena acogida hacía pensar que los
distintos productos transgénicos que se estaban preparando tendrían también un
éxito comercial importante. Sin embargo, pronto se vio que esto no sería así.
La llegada a Europa de las primeras semillas transgénicas desencadenó un
movimiento de rechazo que se ha ido afirmando durante estos años y que está
afectando fuertemente al desarrollo de esta tecnología, sobre todo a este lado
del Atlántico. Este rechazo, promovido por grupos
probablemente minoritarios aunque notablemente activos, se fundamenta
esencialmente en dos tipos de argumentos: unos de carácter general, que en
realidad se refieren más a la organización económica de nuestras sociedades
modernas que a las características de la técnica en sí, y otros más específicos
que cuestionan la utilidad y la oportunidad de estos nuevos productos por
considerar que conllevan riesgos para la salud o el medio ambiente. En primer lugar, el movimiento
general antiglobalización y en contra de los grandes grupos financieros
transnacionales ha encontrado en las plantas transgénicas un excelente caballo
de batalla. Las recientes fusiones de las industrias agroalimentarias y la
venta combinada de semillas resistentes a herbicidas y del correspondiente
producto químico, así como las estrategias comerciales para asegurar la compra
anual de semillas por parte de los agricultores, han sido presentadas por los
activistas como el máximo exponente de la voracidad del mercado y como un
ejemplo de los peligros que nos depara el futuro mercado global. Sin embargo, las empresas de semillas
existen desde los años cuarenta y su papel en la modernización de la
agricultura ha sido muy importante. La mayoría de los agricultores de los
países industrializados hace muchos años que optan por comprar semillas de
calidad, mejoradas y producidas por estas empresas, en lugar de plantar las
semillas obtenidas por ellos mismos, y esto les ha permitido aumentar la
producción y mejorar su calidad de vida.
Por otro lado, las fusiones de grupos industriales son una constante de
la economía occidental actual y afectan a sectores económicos con un volumen de
negocio muy superior, como la industria farmacéutica o las que controlan la
comunicación. ¿Por qué entonces se ataca las plantas transgénicas mientras que
otras tecnologías como internet o la telefonía móvil se visten de una aureola
de libertad que parece incuestionable? Probablemente porque en el rechazo a los
productos transgénicos coinciden también otro tipo de razones, tanto de orden
psicológico y social, como de oportunidad, que no se dan en los otros casos. En primer lugar, cualquier
sociedad siente una cierta aprensión a cambiar sus hábitos alimentarios. Este
mecanismo de defensa, probablemente ancestral, se ha disparado en este
caso frente a unos productos que se
perciben como diferentes de los productos tradicionales. Su llegada a los
mercados europeos coincidiendo con el descubrimiento de varios escándalos de la
industria alimentaria (vacas locas, dioxinas...) ha facilitado esta percepción
negativa por parte de los consumidores. Las plantas transgénicas se han
presentado como organismos manipulados, inventados por el hombre, radicalmente
distintas a las plantas no transgénicas, a las que se considera naturales. Un
análisis sosegado nos muestra la inexactitud de estas afirmaciones. Si
consideramos natural un organismo capaz de desenvolverse por sí solo, sin la
ayuda del hombre, en la naturaleza, ninguna de las plantas que cultivamos en
nuestros campos es natural. El maíz, el trigo, el arroz que cultivamos son
estrictamente dependientes de la mano del agricultor para poder crecer y
reproducirse, y no existen especies naturales capaces de dar los frutos que
encontramos en nuestros mercados. Desde la invención de la agricultura en el
neolítico, y de manera ininterrumpida hasta nuestros días, el ser humano ha
modificado profundamente los genomas de las plantas y de los animales para que
dieran más y mejores productos para el consumo humano. Quizás poca gente conoce
las enormes diferencias que existen entre el maíz cultivado y su pariente
silvestre, el teosinte, pero sin duda no son menores a las que separan a un
jabalí de un cerdo doméstico. La ingeniería genética no es pues más que la
última de las técnicas que el hombre ha desarrollado para mejorar plantas y
animales. Una nueva técnica para hacer lo que el hombre ha hecho siempre,
modificar genéticamente las especies vegetales y animales para hacerlas más
útiles a sus propósitos, aunque esta técnica nos permite ahora hacerlo de una
manera más limpia y dirigida. Una técnica extraordinariamente
potente que si bien no solucionará por sí sola los problemas que tiene
planteados la agricultura mundial, sí podría ser esencial para conseguir los
retos que debemos afrontar en el futuro. La ingeniería genética podría
permitirnos mejorar el rendimiento de las cosechas y la calidad de los
productos, disminuir el impacto ambiental de la agricultura o utilizar las
plantas para producir moléculas de interés terapéutico que hoy se producen,
también por ingeniería genética, en bacterias. En nuestras manos está el que
esta tecnología se use correctamente y no quede sólo como un instrumento más de
negocio en manos de unos pocos grupos industriales. Pero para ello será necesario un debate en profundidad que
identifique los beneficios y los peligros reales de su aplicación y que esté
libre, en la medida de lo posible, de la presión los grupos industriales y de la
manipulación de grupos de presión a la caza y captura de eslóganes rentables.
De la misma manera que sería absurdo cuestionar la utilidad de los medicamentos
por el hecho de que el poder de las compañías farmacéuticas dirija el
desarrollo de fármacos contra la obesidad o la impotencia en lugar de estudiar
enfermedades como la malaria, que afecta esencialmente a países con poco poder
adquisitivo, sería muy irresponsable impedir el desarrollo de esta nueva
herramienta de mejora genética sin tener en cuenta las enormes posibilidades
que nos ofrece para mejorar la agricultura del futuro. Josep Maria Casacuberta es
investigador del Centro de Investigación y
Desarrollo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Más información sobre transgénicos en la red: |
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