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Plantas transgénicas: razones de una polémica

Josep M. Casacuberta 08/11/00

Biomedia (Barcelona). Hace poco mas de cinco años que el primer alimento obtenido de una planta transgénica, el tomate Flavr Savr de la empresa Calgene, llegó a los mercados americanos. Su buena acogida hacía pensar que los distintos productos transgénicos que se estaban preparando tendrían también un éxito comercial importante. Sin embargo, pronto se vio que esto no sería así. La llegada a Europa de las primeras semillas transgénicas desencadenó un movimiento de rechazo que se ha ido afirmando durante estos años y que está afectando fuertemente al desarrollo de esta tecnología, sobre todo a este lado del Atlántico.

Este rechazo, promovido por grupos probablemente minoritarios aunque notablemente activos, se fundamenta esencialmente en dos tipos de argumentos: unos de carácter general, que en realidad se refieren más a la organización económica de nuestras sociedades modernas que a las características de la técnica en sí, y otros más específicos que cuestionan la utilidad y la oportunidad de estos nuevos productos por considerar que conllevan riesgos para la salud o el medio ambiente.

En primer lugar, el movimiento general antiglobalización y en contra de los grandes grupos financieros transnacionales ha encontrado en las plantas transgénicas un excelente caballo de batalla. Las recientes fusiones de las industrias agroalimentarias y la venta combinada de semillas resistentes a herbicidas y del correspondiente producto químico, así como las estrategias comerciales para asegurar la compra anual de semillas por parte de los agricultores, han sido presentadas por los activistas como el máximo exponente de la voracidad del mercado y como un ejemplo de los peligros que nos depara el futuro mercado global.  Sin embargo, las empresas de semillas existen desde los años cuarenta y su papel en la modernización de la agricultura ha sido muy importante. La mayoría de los agricultores de los países industrializados hace muchos años que optan por comprar semillas de calidad, mejoradas y producidas por estas empresas, en lugar de plantar las semillas obtenidas por ellos mismos, y esto les ha permitido aumentar la producción y mejorar su calidad de vida.  Por otro lado, las fusiones de grupos industriales son una constante de la economía occidental actual y afectan a sectores económicos con un volumen de negocio muy superior, como la industria farmacéutica o las que controlan la comunicación. ¿Por qué entonces se ataca las plantas transgénicas mientras que otras tecnologías como internet o la telefonía móvil se visten de una aureola de libertad que parece incuestionable? Probablemente porque en el rechazo a los productos transgénicos coinciden también otro tipo de razones, tanto de orden psicológico y social, como de oportunidad, que no se dan en los otros casos.

En primer lugar, cualquier sociedad siente una cierta aprensión a cambiar sus hábitos alimentarios. Este mecanismo de defensa, probablemente ancestral, se ha disparado en este caso  frente a unos productos que se perciben como diferentes de los productos tradicionales. Su llegada a los mercados europeos coincidiendo con el descubrimiento de varios escándalos de la industria alimentaria (vacas locas, dioxinas...) ha facilitado esta percepción negativa por parte de los consumidores. Las plantas transgénicas se han presentado como organismos manipulados, inventados por el hombre, radicalmente distintas a las plantas no transgénicas, a las que se considera naturales. Un análisis sosegado nos muestra la inexactitud de estas afirmaciones. Si consideramos natural un organismo capaz de desenvolverse por sí solo, sin la ayuda del hombre, en la naturaleza, ninguna de las plantas que cultivamos en nuestros campos es natural. El maíz, el trigo, el arroz que cultivamos son estrictamente dependientes de la mano del agricultor para poder crecer y reproducirse, y no existen especies naturales capaces de dar los frutos que encontramos en nuestros mercados. Desde la invención de la agricultura en el neolítico, y de manera ininterrumpida hasta nuestros días, el ser humano ha modificado profundamente los genomas de las plantas y de los animales para que dieran más y mejores productos para el consumo humano. Quizás poca gente conoce las enormes diferencias que existen entre el maíz cultivado y su pariente silvestre, el teosinte, pero sin duda no son menores a las que separan a un jabalí de un cerdo doméstico. La ingeniería genética no es pues más que la última de las técnicas que el hombre ha desarrollado para mejorar plantas y animales. Una nueva técnica para hacer lo que el hombre ha hecho siempre, modificar genéticamente las especies vegetales y animales para hacerlas más útiles a sus propósitos, aunque esta técnica nos permite ahora hacerlo de una manera más limpia y dirigida.

Una técnica extraordinariamente potente que si bien no solucionará por sí sola los problemas que tiene planteados la agricultura mundial, sí podría ser esencial para conseguir los retos que debemos afrontar en el futuro. La ingeniería genética podría permitirnos mejorar el rendimiento de las cosechas y la calidad de los productos, disminuir el impacto ambiental de la agricultura o utilizar las plantas para producir moléculas de interés terapéutico que hoy se producen, también por ingeniería genética, en bacterias. En nuestras manos está el que esta tecnología se use correctamente y no quede sólo como un instrumento más de negocio en manos de unos pocos grupos industriales.  Pero para ello será necesario un debate en profundidad que identifique los beneficios y los peligros reales de su aplicación y que esté libre, en la medida de lo posible, de la presión los grupos industriales y de la manipulación de grupos de presión a la caza y captura de eslóganes rentables. De la misma manera que sería absurdo cuestionar la utilidad de los medicamentos por el hecho de que el poder de las compañías farmacéuticas dirija el desarrollo de fármacos contra la obesidad o la impotencia en lugar de estudiar enfermedades como la malaria, que afecta esencialmente a países con poco poder adquisitivo, sería muy irresponsable impedir el desarrollo de esta nueva herramienta de mejora genética sin tener en cuenta las enormes posibilidades que nos ofrece para mejorar la agricultura del futuro.

Josep Maria Casacuberta es investigador del Centro de Investigación y Desarrollo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Más información sobre transgénicos en la red:
Agriculture & Biotechnology Strategies (Canada) Inc.: http://agbios.com/_Links.asp
Compañías de biotecnología: http://bio.worldweb.net/indorgs/co-info.toc.html

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