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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Entrevista con Juan Carlos Izpisúa Belmonte, investigador del Salk Institute for Biological Studies
Biomedia (Barcelona). Juan Carlos Izpisúa
Belmonte (Hellín, Albacete, 1960), bioquímico y farmacéutico, trabaja desde
hace ocho años en el Salk Institute de La
Jolla (San Diego, EUA) en el campo de la biología del desarrollo, especialidad
que le ha dado renombre internacional. Ha sido galardonado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos
con el Premio Bill Clinton al mejor investigador en su campo. ¿Qué estudia la biología
del desarrollo? La biología del desarrollo trata de entender cómo a partir de una
célula, en un período relativamente corto de tiempo, que varía según las
especies (por ejemplo, en el humano es de aproximadamente dos semanas), se
forma un embrión que básicamente tiene ya la forma del organismo adulto.
Tratamos de averiguar cómo en ese período tan breve una célula se divide en
dos, cuatro, ocho, y así sucesivamente, cómo estas células se distribuyen en el
espacio y dan lugar a la forma del organismo adulto. ¿Y a qué nivel estudiáis
ese proceso? Se puede estudiar a distintos niveles: a un nivel morfológico (que es la
etapa de hace 20 años), a un nivel celular (que se puede abordar desde hace
diez años), y ahora últimamente hemos entrado en un nivel molecular. En este
último nivel el objeto de estudio son los genes que están implicados tanto en
la división de esas células primeras, como en darles forma posteriormente en el
espacio y en el tiempo. ¿Hay un programa genético
que determina la jerarquía de los acontecimientos que se suceden durante el
desarrollo? Sí, y esa jerarquía de genes es lo que estamos intentando averiguar. Y
aunque se han hecho unos avances espectaculares en los últimos años, estamos
muy lejos de haber descifrado todos los componentes. Sabemos, por ejemplo, que
en primer lugar son los genes maternos los que dictan los primeros estadios del
desarrollo del embrión, los que determinan cómo se deben comportar esas células
primeras. Más adelante, en un momento concreto del desarrollo son los genes
zigóticos, es decir, los que vienen del padre y de la madre los que se ponen a
funcionar. ¿Qué modelos animales
utilizáis y en qué se diferencian? Principalmente trabajamos con cuatro, y todos ellos son vertebrados:
la rana, el pollo, el pez cebra y el ratón. Cada uno de ellos te aporta algo que el otro
no te puede proporcionar. El pollo es un animal muy fácil de manipular (tienes
el huevo, abres una ventana, lo manipulas debajo del microscopio, lo vuelves a
cerrar, lo pones en la incubadora y de allí saldrá un pollo), pero no se tiene
mucha información genética sobre su desarrollo. En cambio, el pez y el ratón sí
tienen mucha tradición genética detrás. ¿A qué te refieres cuando
hablas de tradición genética? Por ejemplo se lleva trabajando con el ratón desde hace muchos años:
se han generado, y se generan, muchos mutantes. Un mutante, en este caso, es un
organismo en el que un gen no funciona. Por tanto, si ese animal tiene un
proceso alterado, sabes que ese gen es importante para ese proceso. Entonces
puedes cruzar mutantes y obtener información más compleja, por ejemplo
establecer jerarquías de genes. Pero el ratón está dentro del útero: tienes que
abrir a la madre, tienes que abrir el útero... Por eso hay que combinar esos
cuatro organismos. Y la finalidad última es tratar de entender cómo funcionamos
nosotros. ¿Cuáles son las líneas de
investigación en que trabajáis? Nuestras líneas de investigación son varias. Uno de los grandes temas
dentro de la biología del desarrollo es saber el modo en el que se distribuyen
las células a lo largo de los tres ejes corporales: anterior-posterior (desde
la cabeza hasta la cola), dorsal-ventral (desde el pecho a la espalda) y
derecha-izquierda. Para los tres ejes existen unos determinados genes que
indican a las células dónde se deben situar. Nosotros trabajamos en el eje
izquierda-derecha, que es el que establece dónde se sitúan los órganos
corporales. Hemos visto que es un proceso muy delicado, y si se producen fallos
en este sistema se generan anormalidades después que pueden ser muy graves o no
serlo en absoluto. ¿Qué determina la
gravedad de esas anormalidades? Son muy graves si afectan un solo órgano importante como puede ser el
corazón (esas personas o no nacen o mueren relativamente temprano). Y son
inocuas cuando son todos los órganos los que cambian de orientación. Es decir,
no nos importa que todo esté a la derecha o a la izquierda siempre que se
mantengan las conexiones. Y de hecho muchas personas no saben que tienen esa
disposición a la inversa, que se llama situs
inversus, hasta que no les hacen una radiografía. Sí, parece lógico... Pero la importancia de este tema no radica únicamente en los órganos
corporales. También tiene una importancia enorme en el cerebro. El cerebro es
una estructura totalmente simétrica en cuanto a la morfología pero no en cuanto
a la función. Las funciones cerebrales están divididas; por ejemplo, en el
hemisferio derecho se controla el habla y en el izquierdo la concepción
espacial. Ahora bien, nos hemos dado cuenta que los mismos genes que determinan
la posición de los órganos son activos en el cerebro en un sitio u en otro, aun
cuando la morfología es la misma. Y eso, a mi entender, es una revolución
enorme: ¡el saber que hay genes que determinan por ejemplo el comportamiento, o
el habla! Has dicho que trabajáis
en varias líneas, ¿cuáles son las otras? También estudiamos cómo se organiza y se desarrolla un órgano, por
ejemplo la extremidad. Y uno de los temas más interesantes que estamos tocando
en ese campo es la regeneración. Los organismos superiores no son capaces de
regenerar un órgano o un tejido. En cambio, organismos como los axolotes, las
hidras, y otros tipos de organismos inferiores sí tienen esa capacidad
regenerativa. Estamos intentando descifrar el porqué: cuáles son los genes que
impiden que ese proceso ocurra en organismos superiores. Estos estudios tienen
unas implicaciones médicas enormes, porque ser capaz de inducir la maquinaria
genética encargada de regenerar un determinado tejido permitiría obviar muchos
problemas, sobre todo éticos, que otras tecnologías, como la clonación o las stem cells han generado. Por otra parte,
estoy seguro de que dentro de cinco o diez años estos problemas éticos no serán
tan graves, pero por ahora suponen una barrera. ¿Qué habéis podido
averiguar de esos procesos de regeneración hasta ahora? Acabamos de descubrir la existencia de un gen que es activo en
aquellas células que va a dar lugar, unos días después, a la generación de una
extremidad. En los modelos animales con que trabajamos, en el momento en que
ese proceso se pone en marcha, este gen se reprime y deja de ser activo. En
cambio en organismos donde hay regeneración ese gen no se apaga sino que
continúa. La hipótesis que estamos manteniendo es que la regeneración pasa por
mantener activo ese gen. Es un gen de la familia de los WNT. Los WNT son
factores de crecimiento y están implicados en todos los procesos de desarrollo
y de cáncer, es decir, en procesos de proliferación celular. Encontrar un nuevo
miembro de esa familia que puede estar relacionado con la regeneración es
probablemente un salto cualitativo en la investigación del desarrollo. ¿Qué tipo de patologías
se pueden asociar con fallos del programa genético del desarrollo? Las más comunes son alteraciones del sistema cardiovascular.
Aproximadamente una de cada 5000 personas nace con una alteración de ese tipo.
Entender cómo se disponen esas células en el espacio para dar lugar a una
estructura como el corazón tiene una importancia obvia desde el punto de vista
médico. Ahora bien, no debemos exagerar: hoy por hoy saber que un gen no
funciona, o que funciona incorrectamente, nos sirve para diagnosticar si un
proceso va a ir bien o mal, pero desde el punto de vista terapéutico ahora
mismo no tenemos ninguna manera de corregirlo. No se han diseñado vías de
intervención que permitan introducir en nuestro cuerpo la versión funcional de
los genes defectuosos o ausentes. La ciencia avanza paso a paso. Tarde o
temprano dispondremos de esas herramientas para curar. Ya hay grupos que están
diseñando vectores en los cuales puedes introducir el gen que está dañado y de
alguna manera paliar su efecto. ¿Qué grado de
conservación presentan los procesos de desarrollo en la escala evolutiva? Algo que no esperábamos hasta ahora. Uno de los grandes
descubrimientos de los últimos diez años ha sido ver que todos esos procesos
están muy conservados. Pero hay que diferenciar bien entre los distintos
procesos. Por ejemplo, hemos hecho un experimento con un gen que es homólogo en
la mosca y en el humano y que está relacionado con el crecimiento de la
extremidad, es decir, mutaciones en la mosca para ese gen provocan la falta de
alas. Hemos introducido el gen humano en la mosca mutante, en la que no había
alas, y se han generado alas. Esto te dice que ese gen en el contexto genético
de la mosca es capaz de generar alas, pero no genera brazos, que es su función
en el humano. Luego el “concepto” está conservado, pero no lo está la función
exacta. Esto quiere decir que la conservación está presente en las etapas
iniciales del desarrollo de un apéndice, sobretodo en las etapas de patterning
(o de creación de la disposición espacial de las células), y que es en estadios
más tardíos del proceso cuando se encuentran las diferencias. El gen que inicia
el desarrollo de un apéndice es el mismo en toda la escala evolutiva, pero a la
hora de hacer una nariz, una pata o un ala intervienen genes distintos. ¿Podría ser que un
programa ancestral de desarrollo se haya ido ramificando y diferenciando en
distintos procesos? La evolución es vaga y una vez que descubre cómo hacer una cosa la
repite, y si sabe el método para hacer apéndices usando un gen, va a usarlo de
nuevo. Había originalmente un patrón inicial determinado por un cierto número
de genes y con el paso del tiempo este número ha ido aumentando. Simplemente se
han ido superimponiendo en ese programa básico variaciones que han permitido
generar las diversas formas de apéndices que vemos en el mundo animal. Esta estrategia también la usamos nosotros en muchos casos. Por
ejemplo, todos los coches son iguales pero uno tiene un radiocasete, el otro
aire acondicionado, el otro tiene cuatro espejos y el otro sólo dos. Pero todos
necesitan cuatro ruedas y un motor. ¿Qué implicaciones tiene
para los estudios de la biología del desarrollo el tener toda la secuencia
completa del genoma humano? Disponer de la secuencia completa del genoma humano permite ahorrar
una cantidad de tiempo tremenda a la hora de determinar la homología entre un
gen de ratón o de pez cebra y un gen humano. Por ejemplo, si mediante la
generación de mutantes localizamos un gen que en ratón es esencial para la formación
correcta del corazón, rápidamente podemos ir al ordenador más cercano y ver
cuál es el gen homólogo en el humano. Esa búsqueda que ahora es inmediata,
antes de tener la secuencia del genoma humano requería todo un proceso de
experimentación que podía llevar mucho tiempo. Una vez se tiene el gen humano
se puede ir a los pacientes que uno sospecha que pueden tener ese gen mutado y
ver si eso es así o no. Es una manera de acelerar la extrapolación de las
conclusiones que sacamos de los animales a los humanos. Por lo que tiene un
poder de diagnóstico enorme, pero no de intervención experimental porque los
experimentos los tenemos que hacer igualmente antes con animales. Por eso en un
nivel básico sería mucho más importante poder disponer del genoma de los animales
modelos de experimentación. Y eso va a ocurrir en un plazo de tiempo
relativamente breve, de dos años. Gemma López Jornet es
bioquímica. Más información en
Biomedia: Más información en la
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