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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Las nuevas vacunas del siglo XXI: inocuas y eficaces
Biomedia
(Barcelona). Dentro del Ciclo de conferencias "Las fronteras del
conocimiento: retos para un nuevo siglo" celebrado en ocasión de la
exposición Gente y genes, y
organizado por el Instituto de Cultura de
Barcelona con la colaboración de Novartis,
el doctor Antoni Villaverde, del Instituto de Biología
Fundamental de la Universidad Autónoma de Barcelona, pronunció una
conferencia sobre el papel de la ingeniería genética en el diseño de nuevas
vacunas: "Las nuevas vacunas del siglo XXI: inocuas y eficaces". Las
técnicas de manipulación de DNA tienen gran utilidad en la obtención de nuevas
vacunas más eficaces y menos peligrosas contra las enfermedades infecciosas,
causadas por bacterias y virus. Las primeras provocan dolencias como la
tuberculosis, el tifus o la sífilis, mientras que la poliomielitis, la viruela,
el sarampión, la hepatitis o el sida son infecciones atribuidas a virus.
Algunas figuraban como causas esenciales de mortalidad a principios del siglo
XX y han quedado ahora atrás gracias a la mejora de la higiene y de la calidad
de vida, así como al desarrollo de los antibióticos y de las vacunas. Los
virus pueden introducirse en un organismo por diferentes vías (oral,
respiratoria, oftalmológica, genitourinaria o por lesiones dérmicas), siempre a
través de las mucosas y su proceso de infección consiste en penetrar en una
célula donde se multiplican para formar miles de copias que salen de la célula
destruyéndola y preparados para colonizar el organismo infectado. Así, los
tejidos resultan afectados y se producen los síntomas característicos de cada
infección. Mientras
que en el caso de las infecciones bacterianas, la forma terapéutica es la
administración de antibióticos, los intentos de hallar fármacos antivíricos no
han dado buenos resultados hasta ahora, y las vacunas constituyen la principal
arma para combatir este tipo de infecciones. La primera vacuna fue puesta a
punto por un médico inglés a principios del siglo XIX. Edward Jenner desarrolló
la vacuna de la viruela, una enfermedad que, en la época, alcanzaba a menudo un
índice de mortalidad del 40%. Se había observado ya que ciertas enfermedades
producían una inmunidad duradera: una vez pasada la dolencia, la persona se
volvía resistente o insensible al virus, cuya naturaleza no se conocía. Jenner
vio la solución en provocar un proceso suave de la viruela para generar la
inmunidad. Para ello, utilizó las pústulas que había observado en las vacas,
donde se desarrollaba una forma de viruela, y las puso en contacto con la piel
del individuo a proteger haciendo un pequeño corte. Así, Jenner recorría los
pueblos acompañado de una vaca e inoculaba a los niños con el líquido extraído
de las pústulas. De ahí los términos de vacuna y vacunación. ¿Y cómo se consigue esta
protección? Su fundamento está en los mecanismos del sistema inmune, que se compone
de dos sistemas esenciales: los anticuerpos (pequeñas moléculas presentes en la
sangre y en las mucosas que reconocen partículas víricas y bacterias para
unirse a ellas y neutralizarlas) y los glóbulos blancos o linfocitos (algunos
de ellos reconocen células infectadas por virus y las destruyen, impidiendo de
este modo la multiplicación vírica). Así, cuando el organismo entra en contacto
con un virus, se desencadena una respuesta inmune contra él. Para determinados
virus, esta respuesta continúa durante toda la vida del individuo, éste se
vuelve inmune a próximas infecciones; es el caso de la viruela, el sarampión o
la varicela. La
poliomielitis, una de las enfermedades víricas humanas más importantes, es un
ejemplo a destacar; se desarrolló rápidamente al crecer la población de los
núcleos urbanos a partir de 1950. Afecta sobre todo a niños y adolescentes,
provocando una grave parálisis muscular. Actualmente, existen dos tipos de
vacunas contra la poliomielitis, que constituyen los dos modelos de vacunas
clásicas empleadas hoy en día contra las infecciones víricas: una vacuna
inactivada que consiste en inocular a los individuos a proteger el mismo virus
inactivado o incapaz de infectar las células; en la segunda clase de vacunas,
se inocula una variante del virus mutante, con una virulencia o agresividad
menor que el virus de la enfermedad en cuestión, es una cepa atemperada del
virus. Esta vacuna se administra por vía oral y no precisa de segundas dosis.
Ambas vacunas permitirán que la polio sea pronto erradicada. Sin embargo, las vacunas clásicas
presentan algunos inconvenientes como son el riesgo existente alrededor de las
fábricas de vacunas, la administración de segundas dosis que requiere personal
especializado y un censo adecuado, la posibilidad de contraer la enfermedad al
ser vacunado (1/3000000) o las estrictas y costosas medidas necesarias para
transportar las cepas vivas atemperadas. Las técnicas de DNA recombinante
pueden ayudar a solventar estos problemas. Así, las vacunas de tercera generación
consisten en administrar una proteína del virus en vez de inocularlo entero.
Las técnicas de ingeniería genética permiten identificar el gen del virus que
codifica para esta proteína, aislarlo e introducirlo en un microorganismo no
patógeno que pasará a ser la “fábrica” de la vacuna. Se puede obtener así la
vacuna sin la intervención del virus, evitando los riesgos derivados. Según
el Dr. Villaverde, con la aplicación de las técnicas de DNA recombinante, se
busca mantener o mejorar la eficacia de las vacunas clásicas, pero también
reducir los riesgos administrando dosis vacunales sin patógenos. No obstante,
muy pocas de estas vacunas han funcionado hasta la fecha: sólo en el caso de la
hepatitis B se ha conseguido sintetizar una proteína del virus (antígeno de
superficie) que se administra en varias veces, generando una respuesta inmune
protectora frente a próximas infecciones. Las vacunas clásicas continúan siendo
por tanto las armas antivíricas, pero hay muchas esperanzas puestas en el
desarrollo de nuevas vacunas de tercera generación. Miriam Peláez
es bióloga.
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