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Las nuevas vacunas del siglo XXI: inocuas y eficaces

Miriam Peláez 22/11/00

Biomedia (Barcelona). Dentro del Ciclo de conferencias "Las fronteras del conocimiento: retos para un nuevo siglo" celebrado en ocasión de la exposición Gente y genes, y organizado por el Instituto de Cultura de Barcelona con la colaboración de Novartis, el doctor Antoni Villaverde, del Instituto de Biología Fundamental de la Universidad Autónoma de Barcelona, pronunció una conferencia sobre el papel de la ingeniería genética en el diseño de nuevas vacunas: "Las nuevas vacunas del siglo XXI: inocuas y eficaces".

Las técnicas de manipulación de DNA tienen gran utilidad en la obtención de nuevas vacunas más eficaces y menos peligrosas contra las enfermedades infecciosas, causadas por bacterias y virus. Las primeras provocan dolencias como la tuberculosis, el tifus o la sífilis, mientras que la poliomielitis, la viruela, el sarampión, la hepatitis o el sida son infecciones atribuidas a virus. Algunas figuraban como causas esenciales de mortalidad a principios del siglo XX y han quedado ahora atrás gracias a la mejora de la higiene y de la calidad de vida, así como al desarrollo de los antibióticos y de las vacunas.

Los virus pueden introducirse en un organismo por diferentes vías (oral, respiratoria, oftalmológica, genitourinaria o por lesiones dérmicas), siempre a través de las mucosas y su proceso de infección consiste en penetrar en una célula donde se multiplican para formar miles de copias que salen de la célula destruyéndola y preparados para colonizar el organismo infectado. Así, los tejidos resultan afectados y se producen los síntomas característicos de cada infección.

Mientras que en el caso de las infecciones bacterianas, la forma terapéutica es la administración de antibióticos, los intentos de hallar fármacos antivíricos no han dado buenos resultados hasta ahora, y las vacunas constituyen la principal arma para combatir este tipo de infecciones. La primera vacuna fue puesta a punto por un médico inglés a principios del siglo XIX. Edward Jenner desarrolló la vacuna de la viruela, una enfermedad que, en la época, alcanzaba a menudo un índice de mortalidad del 40%. Se había observado ya que ciertas enfermedades producían una inmunidad duradera: una vez pasada la dolencia, la persona se volvía resistente o insensible al virus, cuya naturaleza no se conocía. Jenner vio la solución en provocar un proceso suave de la viruela para generar la inmunidad. Para ello, utilizó las pústulas que había observado en las vacas, donde se desarrollaba una forma de viruela, y las puso en contacto con la piel del individuo a proteger haciendo un pequeño corte. Así, Jenner recorría los pueblos acompañado de una vaca e inoculaba a los niños con el líquido extraído de las pústulas. De ahí los términos de vacuna y vacunación.

¿Y cómo se consigue esta protección? Su fundamento está en los mecanismos del sistema inmune, que se compone de dos sistemas esenciales: los anticuerpos (pequeñas moléculas presentes en la sangre y en las mucosas que reconocen partículas víricas y bacterias para unirse a ellas y neutralizarlas) y los glóbulos blancos o linfocitos (algunos de ellos reconocen células infectadas por virus y las destruyen, impidiendo de este modo la multiplicación vírica). Así, cuando el organismo entra en contacto con un virus, se desencadena una respuesta inmune contra él. Para determinados virus, esta respuesta continúa durante toda la vida del individuo, éste se vuelve inmune a próximas infecciones; es el caso de la viruela, el sarampión o la varicela.

La poliomielitis, una de las enfermedades víricas humanas más importantes, es un ejemplo a destacar; se desarrolló rápidamente al crecer la población de los núcleos urbanos a partir de 1950. Afecta sobre todo a niños y adolescentes, provocando una grave parálisis muscular. Actualmente, existen dos tipos de vacunas contra la poliomielitis, que constituyen los dos modelos de vacunas clásicas empleadas hoy en día contra las infecciones víricas: una vacuna inactivada que consiste en inocular a los individuos a proteger el mismo virus inactivado o incapaz de infectar las células; en la segunda clase de vacunas, se inocula una variante del virus mutante, con una virulencia o agresividad menor que el virus de la enfermedad en cuestión, es una cepa atemperada del virus. Esta vacuna se administra por vía oral y no precisa de segundas dosis. Ambas vacunas permitirán que la polio sea pronto erradicada.

Sin embargo, las vacunas clásicas presentan algunos inconvenientes como son el riesgo existente alrededor de las fábricas de vacunas, la administración de segundas dosis que requiere personal especializado y un censo adecuado, la posibilidad de contraer la enfermedad al ser vacunado (1/3000000) o las estrictas y costosas medidas necesarias para transportar las cepas vivas atemperadas. Las técnicas de DNA recombinante pueden ayudar a solventar estos problemas. Así, las vacunas de tercera generación consisten en administrar una proteína del virus en vez de inocularlo entero. Las técnicas de ingeniería genética permiten identificar el gen del virus que codifica para esta proteína, aislarlo e introducirlo en un microorganismo no patógeno que pasará a ser la “fábrica” de la vacuna. Se puede obtener así la vacuna sin la intervención del virus, evitando los riesgos derivados.

Según el Dr. Villaverde, con la aplicación de las técnicas de DNA recombinante, se busca mantener o mejorar la eficacia de las vacunas clásicas, pero también reducir los riesgos administrando dosis vacunales sin patógenos. No obstante, muy pocas de estas vacunas han funcionado hasta la fecha: sólo en el caso de la hepatitis B se ha conseguido sintetizar una proteína del virus (antígeno de superficie) que se administra en varias veces, generando una respuesta inmune protectora frente a próximas infecciones. Las vacunas clásicas continúan siendo por tanto las armas antivíricas, pero hay muchas esperanzas puestas en el desarrollo de nuevas vacunas de tercera generación.

Miriam Peláez es bióloga.

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