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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Manifiesto por una aproximación científica a la solución de los problemas alimentarios
A
raíz del nuevo capítulo de la crisis de las "vacas locas" y de la
confirmación de los primeros casos de esta enfermedad detectados, la sociedad
española ha comenzado a compartir la misma sensación de inseguridad y miedo que
ya sufrieron en su día otros ciudadanos europeos ante los problemas
alimentarios acaecidos en los últimos años. En esta situación de
desconocimiento e incertidumbre, la opinión pública recibe en algunas ocasiones
información confusa, parcial, y fuera de toda lógica racional, que sólo
consigue alarmarla aún más. Por ello, los abajo firmantes, docentes
universitarios, profesionales del sector de la producción de alimentos y
expertos en tecnología alimentaria, hemos querido expresar nuestra opinión al
respecto. El
método científico es la única fuente de conocimiento que, mediante la duda
sistemática, se basa en intentar rebatir sus propias hipótesis de trabajo, por
lo cual aquellas que resisten repetidamente la contrastación experimental (y
que, por lo tanto, son capaces de predecir los comportamientos futuros acotando
su margen de error probable) deben considerarse, racionalmente, creíbles y
sólidas. Éste es el método que, en el campo alimentario, ha permitido
establecer sólidos fundamentos para la seguridad alimentaria, mediante el
conocimiento de la composición de los alimentos, los agentes que los alteran y
los mecanismos para su control, los efectos que tienen los alimentos sobre la
fisiología humana y los riesgos asociados a cualquier etapa de su producción. La
ciencia, por lo tanto, está ligada intrínsecamente a una actitud
constructivamente escéptica sobre sus propios resultados, que la lleva a
examinar cualquier detalle que, por no previsto, pudiera falsear la
verificación de las hipótesis de partida. Este mismo escepticismo es el que
hace que el científico se exprese, incluso en relación con los asuntos en los
cuales debe ser considerado experto (existen indicadores objetivos en el mundo
científico para ello), con un pudor y una prudencia que desde el universo
mediático, que requiere "hechos y declaraciones contundentes" y no
los característicos "sí, pero..." de los científicos, se comprenden
mal, y se confunden con frecuencia con el ocultamiento de la verdad o la
sumisión a 'oscuros' intereses de gobiernos y corporaciones. Cuando,
por su propio interés o azuzados por representantes de las autodenominadas
'ciencias alternativas', que han aprendido más deprisa el dominio de los
resortes mediáticos que el rigor científico, los medios de comunicación
amplifican falsas o tenues alarmas en la opinión pública, se están echando por
la borda tres siglos de racionalidad que, muy a pesar de los bienestantes
defensores de una imposible Arcadia feliz, han llevado a la sociedad occidental
a un grado de bienestar material sin parangón en la historia de la humanidad.
Bienestar que, en relación con los alimentos, significa que disponemos de ellos
en cantidades más que suficientes, en una variedad nunca antes imaginada, y con
unas garantías de salubridad y calidad nutricional muy superiores a las que ha
visto cualquier otra generación humana. ¿Qué
razones empujan, pues, a amplios sectores sociales a denostar los alimentos
producidos con los métodos propios de la era industrial, con base científica y
racional? Un
primer factor a tener en cuenta ha sido que el propio sistema agroindustrial ha
cometido graves errores: ha permitido que coexistieran empresas que han
implementado con seriedad las buenas prácticas de fabricación, las rigurosas
disposiciones de higiene alimentaria y un sistemático control de calidad de
producto y de proceso, con otras empresas poco motivadas por la innovación y
mucho por el beneficio a corto plazo, oportunistas y más pendientes de las
sanciones administrativas que de la calidad de sus productos. Es en este
segundo grupo de empresas donde se han originado los grandes escándalos
alimentarios, y la responsabilidad de la administración en su continuidad es
fundamental. La
irresponsabilidad de una pequeña parte de estos actores del sistema
agroindustrial consigue arrastrar y poner en gravísimas dificultades a todo el
sector. En España, la comercialización de lotes adulterados de aceite de colza,
que causó miles de muertos, apartó, por muchos años, este aceite del mercado.
En la actualidad, la alarma mediática por el llamado 'mal de las vacas locas'
(extendido por la inexplicable obcecación de ciertos responsables políticos
británicos que, silenciándolo, creían proteger a este sector, cuando le estaban
pegando el tiro de gracia), está a punto de causar la ruina de muchos de
nuestros ganaderos. Y además, están a punto de causar un tremendo problema
medioambiental con los despojos que, desde muchos años atrás, eran reciclados como
harinas de carne. De nada sirve que esté demostrado que las partes musculares
de los terneros jóvenes (las que normalmente se consumen en España) no sean una
vía de infección; ni que, por otro lado, no haya ninguna evidencia de que las
harinas de carne, obtenidas mediante enérgicos procesos de esterilización y
aplicadas a dosis limitadas, como en la actualidad, en los piensos de
monogástricos (aves y cerdos), produzcan trastorno alguno a estos animales o a
quienes los consuman. Los temores del consumidor siempre pueden más que la
evidencia científica. Como
segundo factor, podemos señalar la falta de decisión del sector industrial en
desmentir una de las grandes falacias de nuestros días: la valorización de los
alimentos 'naturales' sobre los 'industriales'. Actualmente no se puede
deslindar la producción de alimentos de la industria, excepto en pequeñas
empresas artesanales incapaces de dar abasto para las necesidades de la
población. Por lo tanto, son las instalaciones industriales las que traen a la
cesta de la compra nuestros productos alimentarios, 'naturales' o no. Incluso
en los sectores donde predominan las pequeñas empresas, como el del pan, las
materias primas, aditivos y procedimientos empleados son de base claramente
industrial, del mismo modo que la gran industria es perfectamente capaz de
emular los procesos artesanos y suministrar, por ejemplo, pan con el aroma
tradicional del horno de leña. Confundir,
de forma genérica, lo 'artesano' con lo 'saludable' o 'de calidad' puede
acarrear algún disgusto. Un queso artesano elaborado sin pasterizar
correctamente la leche, o un salchichón artesano que prescinda completamente de
los nitritos, conllevan un riesgo microbiológico muy superior a sus
equivalentes industriales, que no van a prescindir de esos factores de
seguridad y se juegan mucho más si un consumidor enferma. En la artesanía
alimentaria, igual que en la industria, la línea divisoria hay que marcarla
entre la mayoría, que trabaja correctamente, y los que, por desconocimiento o
mala voluntad, no lo hacen. Y eso es independiente del hecho de llevar la
etiqueta de 'ecológico', 'biológico', 'artesano', etc., o no llevarla; las
obligaciones que imponen las normativas a los productores de alimentos con esas
denominaciones nos darán indicación de algunas de sus propiedades, pero en
absoluto descalifican la salubridad o la calidad de los productos que no las
ostenten. Ya
hemos visto, y cierto es, que la industria se debe a la opinión de sus consumidores.
Ésta puede estar influida por ideas razonables, como la conveniencia de reducir
aditivos superfluos o residuos de plaguicidas (para los cuales, por lo tanto,
deberán encontrarse técnicas sustitutivas, para poder seguir suministrando
productos apetecibles), pero también por otras ideas interesadas y sin base
alguna que las sustente. Y aquí es donde surge el tercer factor: la presión de
grupos de gran presencia mediática que anteponen sus criterios doctrinarios a
otros contrastados científicamente. El ejemplo paradigmático de la actualidad
es el freno a la investigación y desarrollo de productos transgénicos, causado
en Europa por algunos movimientos ecologistas. Los
consumidores deben ser conscientes de que la introducción de nuevos alimentos o
sus componentes implica pasar rigurosas pruebas toxicológicas que reducen hasta
niveles despreciables los riesgos para la salud. Del riesgo cero, olvídense: no
existe, ni en el caso de que cada cual cultivara su propio huerto (quizás, en
este caso, mucho menos aún). Sin embargo, nuestra industria alimentaria,
cumpliendo con la legislación vigente, está sacando sus productos con un riesgo
casi nulo para el consumidor, como lo prueba el hecho de que cualquier caso
aislado de intoxicación alimentaria genera un gran titular de prensa. A
pesar de que el rigor de los ensayos a los cuales se someten es superior al
aplicado en otros alimentos, no se han hallado evidencias científicas de que
los alimentos procedentes de plantas transgénicas sean perjudiciales para los
consumidores. La única postura racional es, pues, concluir que dichos alimentos
son tan seguros como los tradicionales y que es inverosímil que a usted,
querido lector, le ocurra algún percance alimentario por su causa. A pesar de
ello, por presión mediática (o por temor a ella) grandes grupos alimentarios
están renunciando a usarlos. Seguramente, en ese proceso, estamos renunciando
todos, o quizá simplemente aletargando por unos años, a una línea con un gran
potencial para hacer frente a las necesidades alimentarias del mundo en un
futuro a medio plazo. Hasta
este punto hemos hablado sobre todo de nuestra sociedad occidental, rica y
bienestante. Es muy lamentable que muchas otras sociedades en el mundo no hayan
alcanzado este mismo grado de bienestar. Es necesario denunciar los abusos que
han contribuido a ello y es imprescindible poner los medios para paliar las
situaciones de catástrofe alimentaria y para alimentar dignamente a todo el
mundo. Sin embargo, la población mundial ha crecido de tal modo que esta noble
empresa no se podrá llevar a cabo sin el concurso de la ciencia, como
herramienta para aumentar la cantidad y calidad de los alimentos disponibles, y
de la industria, para garantizar su transformación, conservación y
distribución. Que,
en ocasiones, los hallazgos de los científicos que trabajan en alimentación
sorprendan o parezcan contradictorios, no es motivo para sospechar de ellos. El
conocimiento científico es un cuerpo vivo, en constante evolución, y tiene en
su propio método las herramientas para corregir sus errores; en ello radica,
precisamente, su fortaleza. Sólo los dogmáticos y aprioristas creen no
equivocarse nunca, por lo cual es imposible que avancen. Queremos tener una
perspectiva razonablemente buena sobre el futuro, con una alimentación
suficiente, saludable, segura y para todos. Queremos mantener el progreso que
ha permitido aumentar el promedio de vida, reducir las enfermedades de origen
alimentario y el dolor que conllevan, alimentar a una población en continuo
crecimiento. Para conseguirlo, conviene regresar cuanto antes a la confianza en
la ciencia y sus procedimientos. |
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