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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Gobierno y vacas locas, ¿comunicación de crisis o pifia de comunicación?
Primera reflexión: la pérdida de credibilidad política Nadie puede poner en duda de que el caso de las vacas
locas es una de las crisis más anunciadas de la historia de la humanidad, por
lo menos para las poblaciones, países y sus respectivos gobiernos que tuvieron
suficiente tiempo para conocer, valorar y analizar lo que iba sucediendo en
Europa a partir del estallido del enorme conflicto que comenzó en Gran Bretaña,
en el ya lejano año 1986 (!). Sin embargo, parece como si el problema nos haya
explotado inadvertidamente en la cara, cogido por sorpresa o que posiblemente
algunos debían pensar que todo ese lío no iba con nosotros. Sólo así cabe
entender lo que está pasando en nuestro país. Y no nos referimos al gravísimo
problema científico, social y económico planteado –al que por otro lado no se
le ve un fin y al que confiamos no haya que añadir también el aspecto
sanitario–, sino a la incomprensible falta de preparación que nuestro Gobierno
ha demostrado para afrontar adecuadamente la crisis desde el punto de vista
comunicativo y educativo para la población. Cualquier manual, por primario que
sea, de comunicación de crisis advierte de la necesidad de abordar activa y no
pasivamente un conflicto como el que comentamos, preparar a priori a la
población para lo que va a venir y sobre todo establecer un portavoz único –si
puede ser con credibilidad adquirida previamente– para ser, llegado el caso, el
intermediario adecuado entre Gobierno y sociedad. Aquí hemos asistido a una de las mayores pifias de la
historia de la comunicación con ministros en continua contradicción, sin una
preparación previa de un adecuado discurso dirigido a tranquilizar a la
población y con alguna mente pensante que se ha dado cuenta de que la mejor
solución era, cuando el caos ya era total, que otro ministro fuese el que
sacara las castañas del fuego (¡del incendio!) a todo un desacreditado
Gobierno, naturalmente hasta que cometa otra pifia, luego: “Dios proveerá”. La
incompetencia ha sido rotundamente total en todos los sentidos, pero ha llegado
a niveles clamorosos en lo que a política educativa y comunicativa se refiere. El Gobierno de España sólo ha tenido 10 años (!) para
darse cuenta de que el problema también nos iba afectar algún día, ya que en
1990 se produjo el primer caso de vaca loca en Portugal. Claro que actuando
así, nuestro Gobierno a lo mejor pensaba que seguía correctamente las
directrices de la Comisión
Europea que en 1990 decidió minimizar el caso de las vacas locas y
practicar la desinformación, según un informe dado a conocer por El País el 24 de enero pasado. El desastre –nos referimos a la actuación del Gobierno
de Aznar, no a las consecuencias que el problema tiene para la ganadería, para
la economía y para la sociedad española– es de tal calibre que sólo lo supera
la propia posición de la entonces ministra Loyola de Palacios que también se
dedicó a practicar el juego del avestruz y se opuso en 1996 a un plan de choque
contra las vacas locas porque era “una medida discriminatoria hacia países como
España, donde nunca se han dado casos de este tipo de enfermedad”. ¡Increíble,
pero cierto! Luego vendría todo eso de “las carnes de ganga y los huesos del
caldo” con los que la actual ministra de Sanidad, Celia Villalobos, ha
demostrado grandes dotes de...carnicera (¡con perdón para las sufridas, ahora más
que nunca, carniceras!). Segunda
reflexión: la pérdida de credibilidad científica Pero la grave crisis europea
relacionada con las vacas locas, como en otros casos menores como los de los
pollos contaminados por dioxinas y la crisis también belga de la coca-cola,
entre otros, ponen en evidencia que faltan controles en los circuitos de
fabricación y de distribución de lo que consumimos y también de la falta de
capacidad de gestión a escala internacional, y en muchos casos también
nacional, de las crisis provocadas por la falta de calidad de determinados
alimentos comercializados. Es evidente que hay que profundizar políticamente en
materia de seguridad alimentaria a todos los niveles. Pero este no es el
objetivo de esta segunda parte de nuestra reflexión. Hay otro aspecto que nos ha de
preocupar: la ausencia de una respuesta científica que permita al consumidor
tener una referencia creíble sobre lo que está ocurriendo. Durante la crisis
del chickengate, el entonces
secretario de Estado francés de Salud y Acción social, Bernard Kouchner, no se
mordió la lengua al afirmar contundentemente que "hay que tener el coraje
de reconocer que Europa no asegura la vigilancia científica, ni dispone de una
política de sanidad pública, de prevención, de un análisis prospectivo de los
riesgos y de confrontación de expertos". En la misma entrevista, publicada
por Le
Monde el 10 de junio de 1999, este médico y político francés de estirpe
poco habitual –luego comisionado en Kosovo– propuso la rápida creación de una
Agencia Europea de Seguridad Sanitaria que, con criterios expertos, pudiera
afrontar problemas como los planteados, pero además dictaminar con metodología
científica sobre otros motivos de preocupación que están planteados, como son
los antibióticos que se incorporan a la alimentación animal, la utilización de
hormonas anabolizantes en los bovinos y la difusión de organismos modificados
genéticamente. Es esencial aplicar criterios políticos
de gestión basados en la autoridad de las ciencias que permitan que la
ciudadanía recobre la confianza hoy muy debilitada, y que acaba generalizándose
a muchos otros aspectos de la vida cotidiana, no sólo en el campo del consumo
alimentario. Pero tan importante como esto es que el mundo experto, las voces
científicas, reencuentren su autoridad perdida. Uno de los objetivos básicos del Informe Quiral (análisis de las noticias médicas y
sanitarias en los principales medios de comunicación españoles) que elaboramos
anualmente en el Observatorio de la
Comunicación Científica y Médica de la Universidad Pompeu Fabra, gracias a
la financiación de la Fundación
Vila Casas, es exteriorizar la preocupación por la mixtificación del
conocimiento e incluso desinformación que padecemos en temas tan importantes
como el que tratamos. Estamos lamentablemente acostumbrados a
que, sin diferenciación alguna, los talk
shows televisivos y tertulias radiofónicas mezclen conceptos con base
científica con otros (mayoritarios) que son meras especulaciones
paracientíficas, utilicen voces de dudosa condición experta y viertan al caudal
de la continua formación cultural del público aseveraciones cuyas consecuencias
últimas –insistimos– son una mayor desinformación y no una mejor información de
los ciudadanos. Científicos y ciencias han perdido en
los últimos tiempos buena parte de su autoridad social hundidos en este marasmo
comunicacional indiferenciado en el que estamos sumidos todos. En parte, es muy
posible que sea por culpa suya... Pero esta disminución de la autoridad
científica también es atribuible claramente a la falta de voluntad política,
tanto de los gobiernos nacionales como a la del ejecutivo de la Unión Europea.
Quizá deberíamos tomar ejemplo de la existencia de instituciones como la FDA (Food and Drug Administration) o la EPA (Environmental Protection Agency) de Estados
Unidos que constituyen voces de referencia (aunque no sean del todo
indiscutibles) para afrontar con ciertas garantías problemas como los que
suscitan este comentario. El mundo político debería incentivar la proliferación
de organismos –parece que finalmente hay voluntad para promoverlos, pero ya
veremos cuáles son sus capacidades reales– que merezcan la credibilidad de la
ciudadanía, por su independencia y por su criterio científico, para poder
seguir afrontando los retos que se nos plantean cada vez con mayor virulencia
por muchas razones, desde la rápida introducción de nuevas tecnologías hasta
los muchos intereses de toda índole que confluyen en un modelo de sociedad
basado cada vez más en la espiral del consumo. Parece que la acción política
tenga en realidad miedo de que existan fuentes independientes con autoridad,
aunque a la larga esta actitud acabe convirtiéndose en una pesada piedra en el
propio tejado porque serán los organismos políticos los que pierdan su credibilidad. Pero al mismo tiempo, el mundo
científico debería reflexionar seriamente sobre su pérdida de autoridad, que
puede llegar a tener consecuencias nefastas para su propia evolución. Ya que
una sociedad en la que disminuya la confianza en la autoridad científica será
una sociedad que cada vez estimará menos rentable invertir en ciencia y
difícilmente apoyará acciones en este sentido desde el erario público, hasta el
punto de que el mundo político también puede llegar a creer que hay otras
opciones más rentables. Hay síntomas de que algo está ocurriendo en este
sentido y sería fatal dejar que se avanzara en esta gran equivocación. Curiosamente, científicos y mediadores
de la información –no sólo el mundo político, como ya es tradicional desde hace
un tiempo– caminamos de la mano por el sendero descendente de la pérdida de la
credibilidad y de la autoridad. Quizá deberíamos reflexionar conjuntamente para
reaccionar. Decía también Kouchner: "Nos hace falta mucha más circulación
de la información científica y médica". Políticos, científicos y
periodistas tenemos una gran responsabilidad de que sea así y se haga
correctamente. Empezando, naturalmente, por toda una ministra de Sanidad. Vladimir de Semir es
director del Observatorio de la Comunicación Científica y Médica (Universidad
Pompeu Fabra) y concejal de Ciudad del Conocimiento de Barcelona Este
artículo ha sido publicado en El médico (edición del 16 de febrero de
2001). Más información en Dossier de Biomedia: |
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