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| Portada | Archivo | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Lista de Correo Las huellas de Al-Andalus
Biomedia (Barcelona). Conocer los mecanismos básicos del cambio genético de
las poblaciones en el tiempo permite reconstruir la historia de las poblaciones
a partir del estudio genético de las poblaciones actuales. Recientemente se han
publicado diversos trabajos sobre las poblaciones del norte de África y sus
relaciones con las ibéricas. Mediante el estudio de una veintena de marcadores
genéticos heredados de ambos progenitores más el análisis del polimorfismo en
el cromosoma Y (que determina la masculinidad y se transmite de padres a hijos
varones), se ha llegado a verificar varias hipótesis relativas a la historia de
las poblaciones del Magreb y de la península Ibérica. En primer lugar, ambas poblaciones parecen haber experimentado el influjo
de la ola de expansión de las poblaciones agrícolas: el flujo migratorio del
neolítico que empezó hace diez mil años en Próximo Oriente y estuvo ligado a la
invención de la agricultura y la ganadería, y al consiguiente aumento de la
natalidad y de la necesidad de ocupar nuevas tierras. La oleada de avance del
neolítico se extendió de manera independiente por ambas orillas del
Mediterráneo, hasta alcanzar su extremo occidental, donde halló poblaciones
establecidas con anterioridad y diferenciadas entre sí. Las técnicas utilizadas por la doctora Elena Bosch y colaboradores han
permitido establecer las relaciones entre las poblaciones del norte y del sur
del estrecho de Gibraltar, llegando a cuantificar el intercambio que se ha dado
entre ambas en la historia. Así, en promedio, se puede afirmar que un 7% de los
linajes masculinos ibéricos son de origen magrebí. Dicho porcentaje es mayor en
Andalucía (14%), pero también es apreciable entre la población vasca (3%). Pero
dichos intercambios no se dieron sólo en una dirección: el 5% de los linajes
masculinos norteafricanos se originaron en Europa, muy probablemente en la
península Ibérica. Estos intercambios son un ejemplo de procesos continuos de
migración que se han dado en la historia de todas las poblaciones, y que de
ningún modo se pueden considerar un fenómeno reciente. En efecto, si nos
retrotraemos diez generaciones (unos 250 años), en ausencia de consanguinidad,
cada uno de nosotros debe sus genes a 1024 antepasados, muchos de los cuales
pueden no haber formado parte de la población con la que nos identificamos, y
que, en cambio, podemos compartir con individuos pertenecientes a otras
poblaciones. - Francesc Calafell es
doctor en biología |
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