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Las huellas de Al-Andalus

Francesc Calafell 23/02/00

Biomedia (Barcelona). Conocer los mecanismos básicos del cambio genético de las poblaciones en el tiempo permite reconstruir la historia de las poblaciones a partir del estudio genético de las poblaciones actuales. Recientemente se han publicado diversos trabajos sobre las poblaciones del norte de África y sus relaciones con las ibéricas. Mediante el estudio de una veintena de marcadores genéticos heredados de ambos progenitores más el análisis del polimorfismo en el cromosoma Y (que determina la masculinidad y se transmite de padres a hijos varones), se ha llegado a verificar varias hipótesis relativas a la historia de las poblaciones del Magreb y de la península Ibérica.

En primer lugar, ambas poblaciones parecen haber experimentado el influjo de la ola de expansión de las poblaciones agrícolas: el flujo migratorio del neolítico que empezó hace diez mil años en Próximo Oriente y estuvo ligado a la invención de la agricultura y la ganadería, y al consiguiente aumento de la natalidad y de la necesidad de ocupar nuevas tierras. La oleada de avance del neolítico se extendió de manera independiente por ambas orillas del Mediterráneo, hasta alcanzar su extremo occidental, donde halló poblaciones establecidas con anterioridad y diferenciadas entre sí.

Las técnicas utilizadas por la doctora Elena Bosch y colaboradores han permitido establecer las relaciones entre las poblaciones del norte y del sur del estrecho de Gibraltar, llegando a cuantificar el intercambio que se ha dado entre ambas en la historia. Así, en promedio, se puede afirmar que un 7% de los linajes masculinos ibéricos son de origen magrebí. Dicho porcentaje es mayor en Andalucía (14%), pero también es apreciable entre la población vasca (3%). Pero dichos intercambios no se dieron sólo en una dirección: el 5% de los linajes masculinos norteafricanos se originaron en Europa, muy probablemente en la península Ibérica. Estos intercambios son un ejemplo de procesos continuos de migración que se han dado en la historia de todas las poblaciones, y que de ningún modo se pueden considerar un fenómeno reciente. En efecto, si nos retrotraemos diez generaciones (unos 250 años), en ausencia de consanguinidad, cada uno de nosotros debe sus genes a 1024 antepasados, muchos de los cuales pueden no haber formado parte de la población con la que nos identificamos, y que, en cambio, podemos compartir con individuos pertenecientes a otras poblaciones. - Francesc Calafell es doctor en biología

 

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