| Portada
| Dossier | Búsqueda
| Agenda | Enlaces
| Créditos | Suscripciones
El mismo collar con distintos perros: el Consejo de Educación de Kansas abre las puertas al creacionismo y ataca la teoría de la evolución
Biomedia (Barcelona) «Bienvenidos a Kansas. Por favor, atrasen su reloj 100 años para ponerlo en hora local.» Esta es la divertida, si bien amarga, manera en que algunos ciudadanos del Estado de Kansas, en Estados Unidos, expresan su derecho al pataleo ante las absurdas decisiones de su Consejo de Educación. El motivo es que, tal como han reflejado los medios de comunicación de todo el mundo, este Consejo ha aprobado unos criterios de enseñanza de las ciencias que arrinconan la teoría de la evolución y abren la puerta a los delirios del movimiento creacionista, envueltos en su más reciente disfraz de las teorías del diseño inteligente.
Preocupados por la situación de la educación científica en su Estado, estos ciudadanos han creado una web (http://www.kansasmorons.com , literalmente "idiotasdekansas.com") en la que pueden encontrarse otras amenas expresiones de su indignación. Mi boutade favorita es un adhesivo que reproduce la silueta del Estado (un rectángulo casi perfecto) y que contiene la frase «Yo vivo aquí y no he encontrado evidencia alguna de inteligencia ni de diseño».
Un reloj de 200 años
En su obra Teología natural (1802), el obispo anglicano William Paley hacía una exhaustiva exposición de la visión, generalizada entre los pensadores de la época, de que la naturaleza de Dios podía entenderse a través del estudio de Su creación y que, de hecho, la complejidad del mundo viviente constituía evidencia incontestable de la existencia del Creador. En ese mismo libro, Paley introducía una de las metáforas más citadas de la historia: la imagen del relojero. Si de un instrumento tan exquisitamente diseñado como un reloj se infiere la existencia de un relojero y se adivina su propósito. ¿No estamos obligados a inferir la existencia de Dios a partir de los seres vivos, infinitamente más intrincados que un simple reloj?
Si de entre las muchas contribuciones de Charles Darwin al avance de la ciencia debiera destacarse una, habría que escoger la demostración de la falsedad de este argumento. En su libro El origen de las especies (1859), Darwin expone con fascinante contundencia la teoría de la evolución, cuya idea central es, precisamente, que la apariencia de diseño de los seres vivos surge de forma espontánea gracias a la acción gradual de la selección natural.
De hecho, Darwin demostró que, dado que los organismos mejor adaptados al medio se reproducen con mayor frecuencia y dado que transmiten a su descendencia las características físicas responsables de su mayor éxito reproductivo, la apariencia de diseño es una propiedad inevitable de la vida.
En la defensa de la ley de Dios
La teoría de la evolución, pues, hace innecesaria la intervención permanente de un dios en la configuración del mundo. Para los fundamentalistas religiosos la irrelevancia del Creador constituye una amenaza incomparablemente mayor que la de la revolución copernicana y dedican una gran cantidad de recursos a combatir tal idea. Muchos centros de investigación españoles quisieran para sí los presupuestos de que gozan el Discovery Institute o el Institute for Creation Research, dos de los principales lobbies creacionistas estadounidenses. Estos grupos de presión, que acaban de apuntarse un tanto en Kansas, están formados por fundamentalistas de raíz cristiana interesados en que sus vidas y las de sus conciudadanos estén regidas por la «ley bíblica».
Por desgracia, distan de ser un caso único ya que, en general, todas las ideologías religiosas que aspiran a la supremacía y se basan en la interpretación literal de unos presuntos textos sagrados consideran peligrosa la teoría de la evolución. Por ejemplo, en Turquía y otros países islámicos triunfan los escritos de Harun Yahya, defensor de un creacionismo de corte coránico y de un fascinante anti-materialismo que se traduce en un idealismo copiado de George Berkeley. Gran parte de sus escritos son prácticamente transcripciones de los del Institute for Creation Research, con la ventaja de que, siendo el Corán menos específico que la Biblia respecto al Génesis, Yahya puede ahorrarse argumentar porqué la Tierra tiene sólo 6000 años.
La creciente presencia que han obtenido los cristianos renacidos y otros fundamentalistas en la administración norteamericana, de la mano del Gobierno de George W. Bush, explica en parte éxitos recientes del movimiento creacionista como el de Kansas o el de Alabama, donde el Consejo de Educación del estado obliga a incluir, en la portada de los libros de texto de biología, un adhesivo que informa a los lectores de que la evolución es «sólo una teoría» y no «un hecho» y de que «aún levanta controversias».
Sin embargo, no es sólo el apoyo político lo que explica los últimos triunfos creacionistas. Gran parte de su éxito reside en la enorme habilidad del lobby para revestir el viejo argumento de Paley en palabrería acorde con los tiempos.
Un nuevo disfraz para un viejo argumento
El Discovery Insitute tiende a eliminar los términos «Dios» o «Creador» de sus textos, sustituyéndolo por «Diseño inteligente». Asimismo, realizan un enorme esfuerzo de imagen para distanciarse de cualquier corriente religiosa concreta y usan esa distancia para insistir en la falaz afirmación de que «el diseño inteligente no es una forma de creacionismo, ya que no se basa en textos sagrados si no en datos científicos». Pero su mejor hallazgo es, con diferencia, la modernización de la metáfora del relojero. La actualización se debe a Michael J. Behe, profesor de bioquímica de la Universidad de Lehigh (Pensilvania), que ha popularizado el concepto de complejidad irreducible. La idea de Behe es que existen sistemas cuya función depende de la interacción de tantas partes en formas tan complejas que es imposible que haya sido producido de forma gradual por la selección natural.
Behe argumenta que la «complejidad irreducible» es una propiedad de los objetos diseñados (como por ejemplo las trampas para ratones, cuya función, según Behen, queda irremediablemente perdida si falta una sola pieza) y que existen innumerables sistemas biológicos irreduciblemente complejos que, por tanto, precisan la existencia de un diseñador inteligente. Aun admitiendo que la «complejidad irreducible» fuera moneda corriente en el mundo vivo, es obvio que la evolución gradual por selección natural no tendría problemas en explicarla. Como argumenta el evolucionista H. Allen Orr, de la Universidad de Rochester (Nueva York), un sistema irreduciblemente complejo puede construirse añadiendo partes que, aunque al principio son solamente ventajosas, pueden evolucionar hasta volverse indispensables.
Sin embargo, y dejando la lógica a un lado, el mayor peso de los argumentos de Behe proviene de la apabullante multitud de ejemplos biológicos que propone en su libro La caja negra de Darwin (1996), como la cascada bioquímica que conduce a la coagulación de la sangre o el sistema inmune.
Afortunadamente, desde que las ideas de Behe vieron la luz, todos esos potenciales ejemplos han sido refutados por investigadores, con mayores conocimientos de bioquímica, fisiología, genética o evolución molecular que Behe o, simplemente, con más imaginación. Desde luego, esto no implica que dispongamos de una batería completa de historias evolutivas para todos y cada uno de los sistemas bioquímicos que, según los nuevos creacionistas, son «irreduciblemente complejos», pero como es de esperar, esa carencia (probablemente temporal) de conocimiento es usada por Behe y sus seguidores para dar pábulo a su impostura intelectual. De hecho, las modificaciones introducidas en el currículum de los estudiantes de Kansas gravitan en torno a temas en los cuales el conocimiento de los evolucionistas dista de ser íntegro.
Si los estudiantes de Kansas quieren aprobar sus exámenes, se verán obligados a «aprender» las solemnes tonterías de que la discontinuidad del registro fósil es un serio problema para el darwinismo o que es dudoso que el origen de las primeras formas de vida pueda explicarse por procesos naturales.
El impacto mediático de los argumentos de Behe, que se confiesa católico, ha sido tal que la polémica ha salpicado incluso al Vaticano que, desde una interpretación no literal de la Biblia y resabiado por siglos de experiencia en polémicas científicas, suele mantenerse al margen de esos asuntos.
Afortunadamente, y después de algunas declaraciones confusas por parte de diversos cardenales, el jesuita George Coyne, director del Observatorio del Vaticano, ha zanjado la polémica afirmando que «el diseño inteligente no es ciencia, aunque pretenda serlo...». Se trata, simplemente, de nuevos perros luciendo el viejo collar de William Paley.
*Arcadi Navarro es doctor en Biología e investigador y profesor de biología evolutiva del Departamento de Ciencias Experimentales de la Universidad Pompeu Fabra.
Más información en Biomedia:
«El impacto mediático en la secuencia del genoma humano», Manuel Perucho, (05/07/00)
Dossier de Genética: http://www.biomeds.net/biomedia/dossier_genetica.htm
Más información en la red:
Discovery Institute
Institute for Creation Research
Kansas State Department of Education
Kansasmorons
Arriba
|