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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones La impronta y el cormorán chino
Biomedia (Barcelona). El empleo de cormoranes es una forma de pesca fluvial
ancestralmente practicada en China. A bordo de una rústica piragua, el pescador
porta en una percha varios cormoranes adiestrados para zambullirse en el agua y
engullir peces. A una orden del pescador, el plumífero salta ágilmente a la
percha desde donde se lanzó, aquél lo agarra del pescuezo y le hace expulsar la
presa que no se come a pesar de sus merecimientos. Estos animales
extraordinarios vuelan y nadan por encima o debajo del agua con pericia pareja,
de día o de noche, no contaminan ni siquiera con ruido, no necesitan cebo, y
apenas yerran las capturas: es la forma de pesca más simple, limpia y barata
que he visto en mi vida. Naturalmente, para la práctica de esta técnica es
imprescindible disponer de un cormorán adiestrado. ¿Cómo se consigue? Luego de
expoliar un nido de esa especie, el huevo se hace incubar por una gallina común
hasta muy poco antes de que eclosione, se saca de debajo de ésta y se incuba en
seco mientras el pescador lo observa con paciencia oriental. El pollo rompe la
cáscara, mira... y ya se dispone de un pescador en potencia. Al pájaro no hay
que enseñarle a pescar, destreza innata en él, ni por supuesto a volar, sino a
poco más que a no comerse el pez. El hecho fundamental es que el cormorán, al
igual que otras especies de aves, reconocen al humano como a su madre, si está
presente cuando rompe el huevo; desde ese momento y durante un breve período,
el pollo recordará indeleblemente a cualquier observador como a su propia
madre, lo seguirá siempre como a tal y aprenderá sus enseñanzas. A ese proceso
de memorización se le denomina impronta visual, muy conocida en otras especies
como los cucos, parásitos de otros pájaros. Cada especie de cuco es parásita de
generalmente una sola especie de pájaro, cuyos nidos distingue; en ausencia de
los legítimos inquilinos, la hembra de cuco coloca su huevo y se va. Cuando
eclosiona pueden pasar dos cosas: que un pollo de cuco nacido antes arroje del
nido los otros huevos o que, naciendo a la vez que los pollos propios, no sea
reconocido como extraño por los padres adoptivos. Éstos ven y reconocen como
suyo a cualquier pollo que encuentren en el nido, otro caso de impronta visual,
y resulta asombroso ver a la hembra extorsionada alimentar indistintamente a
sus pollos y al de cuco a pesar de que, además de morfológicamente muy
distinto, es a menudo dos o tres veces más grande que los padres. Ni los cormoranes ni los
padres adoptivos del cuco cambian de forma, ni de plumas ni dejan de volar,
aunque sí han cambiado de modo irreversible su comportamiento con respecto al
pescador chino o al cuco desde el momento en que los ven; los primeros
tomándolo por su madre y los segundos por su hijo. Es evidente que el estímulo
visual en un período breve y preciso induce un cambio no tanto del patrón de
comportamiento –relación padre-hijo– cuanto del sujeto al que lo aplican, que
sería otro bien distinto en ausencia de ese estímulo. Salvando
las naturales diferencias, los genes, como los cucos y los cormoranes, también
tienen impronta, aunque desde luego no visual. Las células están constantemente
sometidas a estímulos y responden a una amplísima gama de variaciones (de
presión, salinas, eléctricas o químicas), que detectan, entre otros, mediante
receptores específicos que atraviesan la membrana que las delimita y ante las
que reaccionan modificando su tasa de crecimiento, morfología, estado de
diferenciación e incluso si han de morir (apoptosis*
o muerte celular programada, más bien una forma de suicidio). La parte
extracelular del receptor, que es una proteína, sufre un cambio en su
estructura que se transmite a su región intracelular junto a la cual hay
acoplada una serie de proteínas que van modificándose químicamente, normalmente
mediante la ganancia y posterior pérdida de átomos de fósforo (fosforilación),
hasta llegar a una proteína final que, dependiendo de su estado de fosforilación,
se une a la región de control de un gen específico induciendo o inhibiendo su
expresión genética. A esos grupos de proteínas acopladas (que semejan una
cascada) se las conoce como rutas de señal. Además de convertir las
señales extracelulares en señales químicas, esas rutas de proteínas acopladas
están interconectadas entre sí, de modo que la señal externa puede amplificarse
a través de distintas series o rutas que, conectadas, forman redes complejas de
transmisión. Esas vías de captación-transmisión vendrían a ser los “ojos” con
que las células “ven” la gran gama de estímulos a los que están constantemente
sometidas. Los estímulos que detectan
y procesan las células pueden generar una respuesta transitoria (como la
inducción de un ciclo de división celular seguido de un ciclo estacionario o de
quiescencia) o perenne (como la diferenciación estable para producir un tipo
celular específico). El mantenimiento del estado celular correcto depende, por
tanto, de una compleja red de estímulos y respuestas que exigen una adecuada
coordinación en el espacio y en el tiempo. Algunas de las señales que
reciben las células inducen cambios estables y heredables en el comportamiento
de determinados genes (impronta genética). Tales cambios no alteran su
secuencia –más precisamente, la de su región de control o promotor–, sino que
introducen modificaciones químicas en lugares concretos, inhibiendo por lo
general la expresión del gen modificado. La introducción de radicales metilo
(-CH3) en algunas citosinas de las regiones reguladoras de
determinados genes implicados en el control del ciclo celular están con
frecuencia asociados a la aparición de ciertos tipos de cáncer. En otros casos,
tienen que ver con la represión de grupos de genes durante el desarrollo
embrionario dependiendo de si éstos proceden del óvulo o del espermatozoide, o
con los patrones de desarrollo. En todos los casos detallados, esas
modificaciones producen impronta genética que determinan, con arreglo a un
patrón, la expresión diferencial de determinados genes. Las células de los
organismos superiores se organizan en tejidos y órganos que contienen tipos
celulares específicos (músculo, hueso o tejido nervioso) con funciones también
específicas. Todas las clases o tipos celulares contienen el mismo genoma, es
decir, el mismo número y ordenación de genes, copiados fielmente a partir del
genoma primigenio de la célula-núcleo producto de la fusión del óvulo y el
espermatozoide, que tras las primeras rondas de división celular forman un
conjunto de unos centenares de células indiferenciadas genéticamente
totipotentes, capaces durante la embriogénesis y organogénesis de generar el
conjunto de órganos y tejidos característico de la especie. El correcto
desarrollo embrionario global exige el riguroso cumplimiento de unos patrones
de desarrollo determinados por, entre otros, un conjunto de señales
intercelulares. Una célula en particular se desarrollará hasta el estado de
diferenciación adecuado por, además de las órdenes contenidas en el genoma, una
serie de estímulos provenientes de las células situadas arriba, abajo y a los
lados de ella. En ese contexto, la coordinación en el tiempo y el
espacio de los estímulos intercelulares desempeña un papel crucial en todo el
proceso; fuera de él, el patrón de desarrollo y diferenciación es erróneo o
aberrante. En los últimos tiempos, la
obtención y manejo de las impropiamente llamadas células madre (células
primordiales o primigenias, por ejemplo, sería bastante más correcto) ha
levantado un lógico interés considerando sus posibles aplicaciones en la
sustitución de tejidos dañados por malformación congénita, enfermedad o
accidente. Siguiendo los precisos patrones de proliferación y diferenciación
embrionarios, tienen la capacidad de producir los aproximadamente doscientos tipos
celulares diferentes propios del organismo humano; es, por tanto, en un
contexto pluricelular en el que esas células son inducidas a proliferar y
diferenciarse en tipos celulares específicos por sustancias –que promueven,
entre otros fenómenos, impronta genética– producidas por otras células. No
tener en cuenta esas condiciones y pretender obtener –o decir que estamos cerca
de conseguir– cualquier tejido (algunos no se reprimen y conjeturan con la
producción a corto plazo de órganos) usando nada más que recipientes de
plástico y sueros totales inespecíficos de fetos de mamífero como inductores de
la proliferación de monocapas celulares, o lo que es lo mismo,
condiciones de cultivo completamente ajenas a las propias de un organismo en
desarrollo, me parece algo muy parecido al antiguo propósito de la alquimia de
convertir el plomo en oro. Antonio
Rodríguez Campos es doctor en biología e investigador del Centre de Regulació Genòmica, Barcelona * Glosario de Biomedia Más información en Biomedia: |
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