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AIDS 2002 – BARCELONA |
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| Joan Tallada | 05/07/02 |
Biomedia (Barcelona). Muchos recordamos la imagen
de Montse, aquella niña pequeña del sur español morena y risueña, que en uno de
los primeros años noventa tuvo que soportar el boicot de los padres de sus
compañeros de escuela durante varios días, en los que prácticamente asistía
sola a clase. ¿Su delito? Vivir con el HIV, o como se decía entonces y todavía
ahora, tener sida. Sólo la intervención de las autoridades educativas evitó un
enfrentamiento social. Desde entonces, muchos otros niños con HIV han sido
escolarizados, pero al precio del silencio: el secreto de la seropositividad de
estos niños es la condición inexcusable para su escolarización. Por extensión,
la invisibilidad de cualquier persona de cualquier edad que viva con HIV es la
norma en nuestras sociedades, rota por escasísimas excepciones. Cuando un cantidad determinada de personas que comparten una
condición debe vivir en sociedad ocultando expresamente dicha condición excepto
a sí mismas, los profesionales que les atienden y en ciertos casos, su entorno
personal y familiar más cercano, estamos ante un grave caso de discriminación.
Dicha discriminación deriva del estigma: ser una persona que vive con el HIV
despierta rechazo y miedo. Paradójicamente, esa invisibilidad es lo que obstaculiza
enormemente la acción antidiscriminatoria y, por ende, preventiva. El HIV está
presente en nuestra realidad cotidiana, pero no lo podemos o lo queremos ver,
por lo que conservamos la percepción de que su impacto es limitado a ciertos
grupos «marginados». Esa percepción colectiva refuerza la asociación del ser
portador de la infección con lo «anormal», lo que a su vez supone un fuerte
factor de inhibición de las personas con HIV y de su entorno para vivir sin
ocultar su condición. Esto es caldo de cultivo de la ignorancia, lo que
conlleva miedo e incertidumbre. El miedo y la incertidumbre, por su parte,
desmotivan a las personas que tendrían razones para hacerse la prueba:
prefieren no saberlo. Es, pues, un pez que se muerde la cola y da vueltas. Multitud de estudios han demostrado que cuanto mayor sea el
grado de discriminación y estigma de las personas con HIV en una población
dada, más obstáculos enfrenta el trabajo en prevención y éste alcanza menos
impacto. Sólo la tendencia hacia la normalización, como sea que definamos este concepto,
de la presencia visible de las personas con HIV permitirá un doble efecto
positivo: la integración a todos sus efectos y con el respeto a todos sus
derechos de las personas que viven con HIV/sida y el posicionamiento de la
infección y de su prevención en la agenda pública en el lugar que su
importancia le merece, sin estridencias y sin ocultamientos. ¿Qué pasos podrían darse en este sentido en España? Ha
habido mejoras indudables: la universalización de la atención sanitaria
gratuita es la más destacable. Pero sigue habiendo déficits considerables en
tres ámbitos: las políticas de prevención y de reducción de daños y riesgos;
las políticas de protección social de las personas con HIV, y las políticas de
apoyo a la visibilidad y contra la discriminación. La reducción de daños y riesgos en el uso de drogas tiene un
fundamento claro: a un daño existente de abordaje complejo –el abuso de
sustancias– no añadas otro, la transmisión de enfermedades. Este sencillo
razonamiento, que protege al usuario pero también a la sociedad, es el que
abrió la puerta a los programas de intercambio de jeringuillas. Unos programas
que han demostrado su utilidad para reducir la transmisión del HIV y del virus
de la hepatitis C en los espacios abiertos. El problema es que su implantación
en los centros penitenciarios, a pesar de que las experiencias pilotos en nueve
prisiones han resultado exitosas y de la presión de las ONG, es sólo
testimonial. A los grupos comunitarios nos causa particular estupor la
incapacidad de la Generalitat de Catalunya por implantar esta medida en el
ámbito de su competencia, a pesar de haberse manifestado favorable a ella:
¿quién manda en la Administración? Adelantamos, pues, que la reivindicación de
la implementación de los programas de intercambio de jeringuillas (PIJ) en
prisiones, donde drogas inyectadas y HIV van de la mano, será un tema caliente
de la XIV Conferencia Internacional del Sida. El uso de drogas alejó a muchas personas con HIV del mundo
laboral durante mucho tiempo. Ahora una parte de esas personas debe afrontar un
doble reto: vivir con el HIV, y frecuentemente también con la hepatitis C, y
buscarse la vida. Vivir con infecciones que implican tratamientos complejos, a
veces con restricciones dietéticas y numerosos y diversos efectos indeseables,
y ello con visitas regulares a los centros sanitarios no es fácil, pero peor si
se tiene que trabajar. Una persona con HIV puede tener especiales dificultades
tanto para obtener un empleo como para conservarlo (hay que dar muchas
excusas), lo cual ha sido entendido por otros países europeos cuya política de
bienestar social es realmente existente. En España, carecemos de tal política:
no existen programas públicos de formación e inserción laboral de las personas
con HIV. Sólo tenemos prestaciones sociales por minusvalía, cuya función queda
distorsionada (una persona con HIV no tiene por qué ser minusválida, ni mucho
menos), pero que al ser lo único disponible lo defendemos con vehemencia. Y eso
que su dotación económica es francamente ridícula. ¿No sería más deseable que
las personas con HIV recibieran un subsidio de protección social basado en su
situación de vulnerabilidad que les permitiera trabajar siempre que no
superaran ciertas cantidades? El coste presupuestario sería mucho menor, porque
contribuirían a la productividad y, además, financiarían tributariamente sus
propias prestaciones, y el beneficio social sería alto: podrían adquirir
experiencia y conocimientos y estarían más integrados en el mercado de trabajo. Hasta hace no tanto, el imaginario colectivo asociaba sida a
cuerpo demacrado, y del cuerpo, la cara. Los tratamientos antirretrovirales han
conseguido, en Occidente, mejorar la esperanza y la calidad de vida de las
personas con HIV, se ha reiterado. Cierto. La paradoja surge cuando dichos
tratamientos provocan efectos como la lipoatrofia facial, una pérdida de la
grasa subcutánea en la cara, que devuelve el rostro del estigma que se había
dejado atrás. El impacto psicológico y social es de tal calibre que exige
soluciones. Los implantes por métodos quirúrgicos, lo que conocemos como
reparación facial, no son la panacea, pero qué duda cabe que han sido un factor
de recuperación y reintegración clave. Pero esos métodos no son cubiertos por
nuestra Seguridad Social, se los tiene que pagar uno mismo: dependiendo de la
calidad del servicio y del producto, y de las necesidades del paciente, el
precio puede oscilar entre los 500 y los 3000 euros, casi nada para quien tiene
que malvivir con una pensión no contributiva que ronda los 250 mensuales. Un
déficit parecido sufrimos en relación a la salud reproductiva: el lavado de
semen para evitar la transmisión del HIV del hombre a la mujer cuesta unos 3600
euros. ¿Resultado? Parejas serodiscordantes que se arriesgan a pelo, porque el
deseo de paternidad puede más que la posibilidad de transmisión. Aparte de
argumentos éticos ineludibles, ya que el ser padre y madre es un derecho que no
debe excluir a las personas con HIV, ¿no sería más rentable económicamente
pagar el centrifugado que el tratamiento antirretroviral del porcentaje de
mujeres que quedarían infectadas? La exclusión social es fruto, cuanto menos en parte, de los
obstáculos para el desarrollo personal que erige nuestro sistema social. Es
función de las políticas públicas establecer los mecanismos que remuevan dichos
obstáculos, como dice la Constitución. Para ello, las acciones de apoyo a la
visibilidad y contra la discriminación son fundamentales. Joan
Tallada es miembro fundador en 1997 del Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del
VIH, que edita la revista Lo+Positivo, el boletín Doctor Fax y el servicio
electrónico La Noticia del Día, y que actualmente preside. Pertenece a
distintos comités internacionales sobre el SIDA y, en la actualidad, es el
coordinador de la “Red2000”, organización que canaliza la participación de las
ONG españolas en la XIV Conferencia Internacional del SIDA, como entidad
coorganizadora. Este artículo será
publicado en el próximo número de la revista «Quark,
ciencia, medicina, comunicación y cultura» dedicado al HIV/sida, en el
marco de la XIV Conferencia Mundial del sida AIDS-Barcelona 2002.