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Peer review, ¿el talón de Aquiles de la publicación científica?

Mercè Piqueras 05/10/01

Biomedia (Barcelona). Hablar de peer review* en el campo de las ciencias biomédicas es hablar de Drummond Rennie, catedrático de medicina de la Universidad de California-San Francisco, y más conocido por su labor como deputy editor de la revista Journal of the American Medical Association (la popular JAMA) que por su actividad académica. Como editor científico, Rennie ha sido el impulsor de los congresos internacionales de peer review, cuya cuarta edición se celebró en Barcelona del 14 al 16 de septiembre de este año.

Pero, ¿qué es el peer review? Hace 20 o 30 años, términos tan habituales hoy en día en la publicación científica como peer review o “factor de impacto” eran desconocidos por la mayoría de los investigadores. Peer review es un término de difícil traducción, que en ocasiones puede encontrarse como “revisión por pares” (en el sentido de ‘iguales’, no de conjuntos de dos). Es el sistema de evaluación de la investigación que llevan a cabo expertos en la materia. Todas las revistas de más prestigio (es decir, las que tienen un mayor factor de impacto) y aquellas que, aunque modestas, desean gozar de credibilidad y tener un alcance internacional cuentan con un panel de revisores (referees) para juzgar si los artículos presentados merecen ser publicados. También son evaluados por el sistema de peer review los proyectos de investigación que aspiran a recibir subvenciones.

Aunque el término peer review sea reciente, este tipo de revisión tiene casi 250 años. Se considera que la primera revista que lo aplicó fue Philosophical Transactions of the Royal Society, la publicación oficial de la Royal Society de Londres. En 1752, dicha entidad estableció un comité de revisores para determinar si los artículos que recibían merecían ser publicados, ya que el prestigio de la revista había caído enormemente. En caso necesario, dicho comité podía solicitar la opinión de otros miembros de aquella institución expertos en diferentes ramas especializadas de la ciencia. Pero hasta la segunda mitad del siglo xx, el peer review no se convirtió en una práctica generalizada de las revistas científicas.

Al igual que el factor de impacto, el peer review tiene defensores y detractores. Sus defensores opinan que la revisión previa de los artículos antes de su aplicación es una garantía de calidad. Y en general así es. Pero cada día son más las quejas con relación a esta práctica, especialmente a la manera como suele realizarse: ignorando los autores quiénes son los revisores, mientras que éstos están al corriente de la identidad de los autores. Este desequilibrio puede inclinar la balanza a uno u otro lado debido a prejuicios; la aceptación de un artículo puede depender más de la opinión que los revisores tengan de los autores que de la misma calidad del trabajo que se evalúa. A pesar de que los revisores aceptan un compromiso de confidencialidad, de vez en cuando salen a la luz casos de filtrado de información y de abusos, como la retención de un artículo en la fase de revisión hasta la publicación de otro que describe un trabajo similar.

La finalidad de los congresos de peer review es debatir los problemas de las publicaciones biomédicas y de quienes participan en la edición científica desde diferentes sectores: autores, correctores, revisores, traductores, editores (en el sentido inglés de publishers) e incluso instituciones y compañías farmacéuticas que suelen subvencionar la investigación biomédica. Aunque en los días previos a la inauguración del Congreso de Barcelona corrieron rumores sobre su cancelación debido a los acontecimientos del 11 de septiembre, los organizadores se ocuparon de que la situación política mundial no afectase a la reunión. No obstante, la asistencia se vio afectada: de las 410 personas inscritas faltaron unas 140, procedentes en su mayoría de los Estados Unidos. Aún y así, el predominio anglosajón fue evidente; quizás no sólo por el precio prohibitivo de la inscripción, sino porque el mundo de la edición científica sigue dominado por las revistas anglosajonas.

Participantes que habían estado en anteriores congresos de peer review opinan que éste no aportó nada nuevo. Lo que sí se puso de manifiesto es el abismo existente entre las grandes publicaciones que dominan la edición en las ciencias biomédicas y las revistas modestas, pertenecientes en algunos casos a sociedades científicas también modestas o publicadas en países fuera del dominio anglosajón. En la última sesión, dedicada a aspectos posteriores a la publicación, se presentó un estudio cuyo objetivo era determinar si el número de separatas que se hacen de un artículo repercute en el número de citas que recibe. Cuando se está acostumbrado a contar las separatas por decenas o, como mucho, por algunas centenas (generalmente pagadas por los propios autores), saber que hay artículos cuyas separatas se cuentan por cientos de miles (subvencionadas por la industria que financió la investigación) es sobrecogedor. Y todavía lo es más saber que algunas de las grandes editoriales científicas no han accedido aún a la petición de los científicos que están solicitando el acceso libre, a través de internet, a los contenidos de sus revistas en un plazo no superior a los seis meses de su publicación.

Sería de desear que el próximo Congreso de peer review no fuese sólo el de las grandes editoriales ni el de unos pocos gurús de la publicación biomédica anglosajona, que parecen ignorar que el este y el sur también existen.

* Glosario de Biomedia

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Más información en la red:
Página web del IV Congreso sobre peer review celebrado en Barcelona, con acceso a los abstracts y a los artículos presentados: http://www.ama-ssn.org/public/peer/prc_program2001.htm#biomedical

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