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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Peer review, ¿el talón de Aquiles de la publicación científica?
Biomedia (Barcelona). Hablar de peer review* en el campo de las ciencias biomédicas es
hablar de Drummond Rennie, catedrático de medicina de la Universidad de California-San Francisco, y más
conocido por su labor como deputy editor de la revista Journal of the American Medical Association
(la popular JAMA) que por su actividad académica. Como editor científico,
Rennie ha sido el impulsor de los congresos internacionales de peer review,
cuya cuarta edición se celebró en Barcelona del 14 al 16 de septiembre de este
año. Pero, ¿qué es el peer review? Hace 20 o 30 años,
términos tan habituales hoy en día en la publicación científica como peer
review o “factor de impacto” eran desconocidos por la mayoría de los
investigadores. Peer review es un término de difícil traducción, que en
ocasiones puede encontrarse como “revisión por pares” (en el sentido de
‘iguales’, no de conjuntos de dos). Es el sistema de evaluación de la
investigación que llevan a cabo expertos en la materia. Todas las revistas de
más prestigio (es decir, las que tienen un mayor factor de impacto) y aquellas
que, aunque modestas, desean gozar de credibilidad y tener un alcance
internacional cuentan con un panel de revisores (referees) para juzgar
si los artículos presentados merecen ser publicados. También son evaluados por
el sistema de peer review los proyectos de investigación que aspiran a
recibir subvenciones. Aunque el término peer review sea reciente, este tipo
de revisión tiene casi 250 años. Se considera que la primera revista que lo
aplicó fue Philosophical Transactions
of the Royal Society, la publicación oficial de la Royal Society de Londres. En 1752,
dicha entidad estableció un comité de revisores para determinar si los
artículos que recibían merecían ser publicados, ya que el prestigio de la
revista había caído enormemente. En caso necesario, dicho comité podía
solicitar la opinión de otros miembros de aquella institución expertos en
diferentes ramas especializadas de la ciencia. Pero hasta la segunda mitad del siglo
xx, el peer review no se
convirtió en una práctica generalizada de las revistas científicas. Al igual que el factor de impacto, el peer review
tiene defensores y detractores. Sus defensores opinan que la revisión previa de
los artículos antes de su aplicación es una garantía de calidad. Y en general
así es. Pero cada día son más las quejas con relación a esta práctica,
especialmente a la manera como suele realizarse: ignorando los autores quiénes
son los revisores, mientras que éstos están al corriente de la identidad de los
autores. Este desequilibrio puede inclinar la balanza a uno u otro lado debido
a prejuicios; la aceptación de un artículo puede depender más de la opinión que
los revisores tengan de los autores que de la misma calidad del trabajo que se
evalúa. A pesar de que los revisores aceptan un compromiso de confidencialidad,
de vez en cuando salen a la luz casos de filtrado de información y de abusos,
como la retención de un artículo en la fase de revisión hasta la publicación de
otro que describe un trabajo similar. La finalidad de los congresos de peer review es
debatir los problemas de las publicaciones biomédicas y de quienes participan
en la edición científica desde diferentes sectores: autores, correctores,
revisores, traductores, editores (en el sentido inglés de publishers) e
incluso instituciones y compañías farmacéuticas que suelen subvencionar la
investigación biomédica. Aunque en los días previos a la inauguración del
Congreso de Barcelona corrieron rumores sobre su cancelación debido a los
acontecimientos del 11 de septiembre, los organizadores se ocuparon de que la
situación política mundial no afectase a la reunión. No obstante, la asistencia
se vio afectada: de las 410 personas inscritas faltaron unas 140, procedentes
en su mayoría de los Estados Unidos. Aún y así, el predominio anglosajón fue
evidente; quizás no sólo por el precio prohibitivo de la inscripción, sino
porque el mundo de la edición científica sigue dominado por las revistas
anglosajonas.
Participantes que habían estado en anteriores congresos de peer
review opinan que éste no aportó nada nuevo. Lo que sí se puso de
manifiesto es el abismo existente entre las grandes publicaciones que dominan
la edición en las ciencias biomédicas y las revistas modestas, pertenecientes
en algunos casos a sociedades científicas también modestas o publicadas en
países fuera del dominio anglosajón. En la última sesión, dedicada a aspectos
posteriores a la publicación, se presentó un estudio cuyo objetivo era
determinar si el número de separatas que se hacen de un artículo repercute en
el número de citas que recibe. Cuando se está acostumbrado a contar las
separatas por decenas o, como mucho, por algunas centenas (generalmente pagadas
por los propios autores), saber que hay artículos cuyas separatas se cuentan
por cientos de miles (subvencionadas por la industria que financió la
investigación) es sobrecogedor. Y todavía lo es más saber que algunas de las
grandes editoriales científicas no han accedido aún a la petición de los
científicos que están solicitando el acceso libre, a través de internet, a los
contenidos de sus revistas en un plazo no superior a los seis meses de su
publicación.
Sería de desear que el próximo Congreso de peer review no
fuese sólo el de las grandes editoriales ni el de unos pocos gurús de la
publicación biomédica anglosajona, que parecen ignorar que el este y el sur
también existen. * Glosario
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