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Biomedia
(Barcelona). El biólogo molecular Henry I. Miller, perteneciente a la Hoover Institution y miembro de los National Institutes of Health y la Food and Drug Administration estadounidenses,
relativiza el peligro real de un ataque terrorista con armas biológicas en un
artículo publicado en Financial Times. Miller
opone al alarmismo reinante sus conocimientos sobre la biología de seres
patógenos como bacterias y virus*, basándose
también en los datos históricos de contagios accidentales acaecidos en
universidades y laboratorios trabajando con agentes infecciosos durante los
últimos 50 años. Cuando
se habla de armas biológicas se piensa en enfermedades como el carbunco* (en inglés, "anthrax"), la
plaga bubónica o la varicela, y también en una contaminación en cadena casi
instantánea que no perdonaría a nadie, como mínimo, en mil kilómetros a la
redonda. Sin embargo, estas creencias, que son las que han hecho temer tanto la
liberación indiscriminada de microorganismos, no se adecuan con el poder real
de las armas biológicas sino que lo exageran, sin que ello implique que éstas
sean inocuas. “No
hay que magnificar el poder de estas armas”, en palabras de Miller, puesto que
pese a que puedan hacer enfermar e incluso matar a un individuo, su capacidad
de expansión e infección generalizada es restringida. La explicación biológica
radica en que tanto las bacterias como los virus necesitan un huésped que los
alimente para poder sobrevivir, lo que implica que no pueden permitirse
eliminarlo muy rápidamente ni con excesiva frecuencia. Asimismo,
como recoge el Center for Disease Control
estadounidense ubicado en Atlanta, entre 1947 y 1973, de 109 infecciones
accidentales de laboratorio no hubo ni un solo caso secundario. De hecho, en la
literatura médica se registran pocos contagios en el entorno del afectado. En
el caso del carbunco (cuyas esporas* han sido
enviadas por correo causando contagio y mucho pánico) los trabajadores en
contacto con animales son los más expuestos, pero desde principios de siglo
hasta 1978 en Estados Unidos sólo se conocen 18 casos de contagio por
inhalación y ningún caso de contagio entre humanos. Muchos
agentes biológicos actuarían como elementos químicos tóxicos afectando sólo a
aquellos individuos expuestos directamente. Miller cita como ejemplo el ataque
terrorista con gas sarín al metro de Tokio. Sin embargo, añade que una
diferencia importante es que los síntomas causados por un agente biológico
tardan más en aparecer y, al fin y al cabo, las infecciones bacterianas pueden
ser atacadas con antibióticos siempre que el organismo sea identificado y, por
supuesto, se disponga del fármaco. Algunos virus muy contagiosos, como el de la
gripe, no pueden ser tratados con antibióticos, aunque es cierto que pocas
veces son mortales. Miller
sugiere una serie de precauciones para prevenir un ataque con armas biológicas
que, puntualiza, también serían útiles en caso de brotes naturales de epidemias
como las de Legionella pneumophila.
Primero, considera que deberían reforzarse los servicios de inteligencia y
militares para tener controlados a los grupos terroristas y países con
capacidad de lanzar un ataque biológico. Segundo, la policía local y el
servicio sanitario tendrían que ser formados para afrontar incidentes que
puedan implicar contagio, puesto que estos requieren un comportamiento opuesto
al habitual de correr rápidamente al lugar del suceso; en exposiciones
biológicas o químicas es importante evitar convertirse en víctimas adicionales.
Tercero, los servicios sanitarios necesitarían sistemas de emergencia para
afrontar una avalancha de individuos contaminados: rápido reconocimiento del
agente infeccioso, protección del personal sanitario, descontaminación del
paciente, aislamiento de las personas sanas, y medicación y coordinación con
equipos externos. Finalmente, las autoridades deberían tener la infraestructura
adecuada para contener un contagio masivo: laboratorios de diagnóstico rápido,
prendas protectoras, etc. Como
colofón, Miller transcribe una frase de Louis Pasteur: “La suerte favorece sólo
a las mentes preparadas”, y afirma que una posible exposición a armas
biológicas no debe desembocar en la histeria, sino en la vigilancia y la
planificación. *
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