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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Neurobiología de la experiencia musical: la música y la mente humana
Biomedia (Barcelona). La música es un fenómeno
complejo, difícil de definir desde una perspectiva neurobiológica. Desde el
punto de vista perceptivo se producen en ella variaciones combinadas de
prácticamente todos los parámetros acústicos, dándose al tiempo lo simultáneo y
lo sucesivo, acordes dentro de conjuntos de acordes y de conjuntos de timbres
insertos en marcos armónicos cambiantes y dinámicos. Desde el punto de vista
ejecutivo, la música requiere el desarrollo y la integración de programas
motores complejos y elevados niveles de competencia en tareas visuoespaciales,
secuenciales y propioceptivas en relación con tareas motrices concretas.
Finalmente, existe una cualidad musical especialmente relevante para
determinados sectores de músicos profesionales, como los directores o los
compositores. Se trata de la memoria tonal, o memoria para configuraciones
secuenciales de tonos, y de la imaginería auditiva o audiación, entendida como
la representación auditiva musical en ausencia de sonido físico. Darwin expresó su total incomprensión acerca de la función biológica de la
música en el ser humano. Sin embargo, se trata de un fenómeno ciertamente
transcultural, al igual que la existencia del lenguaje o de las emociones, y
cuya magnitud conduce inexorablemente a la conclusión de que en nuestro cerebro
existe un impulso básico que nos anima a escuchar o a producir música y, por
tanto, ha de existir un sustrato neurobiológico que sustente tal función y que
justifique la habilidad musical implícita del cerebro humano. Efectivamente,
para ser algo carente de significación concreta, el esfuerzo empleado en crear
o reproducir música es realmente ingente. Sin hablar de la inversión económica
que supone y de las incontables obras que existen, transcritas o no. La
habilidad musical, sin embargo, y al contrario que la ligüística, no es
universal, sino que es desarrollada únicamente por algunas personas. Aún
permanecen sin esclarecer las causas genéticas o ambientales que determinan la
existencia o el desarrollo de tal habilidad, pero es evidente que la
interpretación y la composición musical entrañan un número considerable de
habilidades perceptivas sensoriovisuales, sensorioauditivas y sensoriomotoras. Para poder abordar desde una perspectiva científica la experiencia musical,
con el entramado de procesos que intervienen, tanto en la esfera cognitiva como
en la emocional, hemos de iniciar un breve recorrido por los laberintos de
nuestro cerebro. No es tarea fácil, ya que se trata de la estructura más
compleja de todas las que conocemos, cuya construcción no se atiene a principios
o a propósitos conocidos. El cerebro contiene unos cien mil millones de neuronas (el mismo orden de
magnitud que las estrellas de la vía Láctea), que Don Santiago Ramón y Cajal
definió como «las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe
si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental». La neurona, en efecto,
es la unidad funcional de nuestro cerebro, si bien no está sola en la misión de
construir las señales informativas de nuestro cerebro. Otras estirpes celulares
participan también en la generación y modulación de la actividad cerebral,
permitiendo, por ejemplo, que la información viaje a una enorme velocidad a lo
largo de las vías nerviosas. La neurona se caracteriza por poseer una compleja
maquinaria celular, básicamente al servicio de la comunicación con otras
neuronas. Esta maquinaria está orquestada desde el núcleo a través de la
activación (o expresión) y del silenciamiento de genes concretos con un ritmo
temporal y sujetos a los acontecimientos que se producen en el microentorno
celular. Para establecer la comunicación con otras neuronas, cada una de ellas
lanza prolongaciones (axones) que, a modo de largos cables, alcanzan el cuerpo
o las prolongaciones de otras neuronas, siendo el punto de contacto denominado sinapsis. Pero, ¿cuál es el lenguaje que
utilizan las neuronas? Se trata de un lenguaje eléctrico y químico, de forma
que si introducimos un fino electrodo dentro del cuerpo neuronal podemos
detectar la presencia de actividad eléctrica en ella. Cuando esta corriente
eléctrica, el impulso nervioso, que
se propaga a través de las prolongaciones neuronales, alcanza las sinapsis, se
liberan al medio minúsculas cantidades de unas moléculas químicas que
denominamos, en base a su función neurotransmisores.
Estas moléculas transmiten una información que es interpretada por la neurona
diana, y así, cuando ésta recibe la molécula química, se producen en su
interior toda una serie de cambios celulares, que afectan incluso a la
maquinaria genética. Las neuronas se encuentran organizadas a su vez en redes
neuronales que comparten mecanismos similares de procesamiento de la
información, de forma que elementos concretos de procesamiento concreto pueden,
de hecho, localizarse en regiones cerebrales discretas. Cada red posee además su propia memoria funcional (memoria auditiva,
memoria visual, memoria ligüística o memoria musical). Sin embargo, es
igualmente cierto que una sección dada de tejido nervioso participa en muchas
redes neurales, de tal forma que las conductas o los conceptos derivan de
sistemas neurales parcialmente superpuestos. Estas señales se producen como
consecuencia de la experiencia, de los estímulos que rodean al individuo que,
de esta forma, afectarán al funcionamiento de áreas cerebrales concretas,
provocando finalmente una respuesta conductual del individuo. Esta respuesta no
será siempre inmediata o refleja, sino que, en la mayor parte de los casos, el
cerebro comparará con experiencias previas para decidir qué respuesta
conductual es la más adecuada. Así, la conducta que da lugar a consecuencias indeseables
se extingue, mientras que aquella que produce consecuencias gratificantes se
refuerza y repite. Es más, esta mente consciente, aún la más racional y planificadora, opera
bajo la influencia permanente de la realidad afectiva. Las emociones condicionan
en alto grado el desarrollo de la motivación y ésta es el elemento impulsor más
poderoso de la conducta. Es evidente el importante componente afectivo del
procesamiento musical; la música es un poderoso instrumento para evocar
emociones y lo hace a través de las áreas cerebrales encargadas de esta función
biológica, sugiriendo la existencia de una conexión directa de las áreas
sensoriales corticales activadas con estas áreas subcorticales. Sin embargo, el
análisis perceptivo de la experiencia sonora depende de áreas diferentes a las
activadas por el componente emocional de ésta. La música es capaz de evocar emociones de forma poderosa. Ello resulta
intrigante, pues la música, al contrario de otros estímulos capaces de evocar
emociones, como los olores, sabores o las expresiones faciales, no posee, al
menos de forma obvia, un valor intrínseco biológico o de supervivencia. Se han
caracterizado algunas de las respuestas fisiológicas que se producen en respuesta
a la música, pero los correlatos neurales de las respuestas emocionales a la
música, su relación con la percepción musical o con otras formas de emoción no
han sido definidas. Una forma de poder objetivar estas repuestas es medir las
emociones negativas generadas por las disonancias o la desafinación, que
parecen ser relativamente consistentes y estables, sin estar influenciadas por
las preferencias musicales. Sin embargo, la respuesta a la disonancia es un
fenómeno cultural, de forma que los oyentes occidentales, acostumbrados a un
tipo de música generalmente tonal responden de forma más intensa a la
disonancia, incluso en ausencia de un entrenamiento musical. Ello refleja, posiblemente,
la internalización de las reglas tonales, y la reacción frente a la trasgresión
de éstas. Se ha comprobado que la percepción de estímulos musicales placenteros o
displacenteros produce cambios en algunos de los sistemas de neurotransmisión
cerebrales. Así, la audición de estímulos musicales desagradables produce un
incremento en los niveles cerebrales de serotonina, una neurohormona que ha
sido relacionada con fenómenos cono la depresión o la agresividad e incluso se
ha podido correlacionar el grado de displacer con el incremento de sus niveles
(Evers y col., 2000). El impacto de la experiencia musical sobre la esfera emocional es
especialmente importante en determinados colectivo, como el de los
adolescentes, en los que tiene una función integradora, ya que les permite
formar una imagen del mundo exterior y satisfacer sus necesidades emocionales. De todo ello podemos concluir que la música ejerce un poderoso impacto
sobre una estructura en la enorme plasticidad del cerebro que emerge de la
interacción de fuerzas de carácter genético y ambiental. En los últimos años se
ha renovado el interés por estudiar al ser humano desde una perspectiva
integradora, sin olvidar el sustrato neurobiológico sobre el que se asientan
los fenómenos mentales, sin caer en el organicismo radical. En el momento
actual existen innumerables argumentos científicos que sustentan un modelo de
organización de sistemas en el que los aspectos físicoquímicos o celulares
afectan a niveles superiores de organización. Así, los cambios neuroquímicos
que la música es capaz de producir en la química del cerebro tendrán consecuencias
conductuales claras, incluso en la esfera cognitiva. Pero, ¿cómo podemos trasladar la actividad de una neurona o de una red
neuronal a la complejidad de la conducta humana o, en nuestro caso, a la
complejidad de la experiencia musical? Lo que resulta evidente en un primer
golpe de vista, en un nivel que podríamos denominar macroestructural, es que el
cerebro se divide en dos mitades, aparentemente iguales, los hemisferios
cerebrales. La mitad izquierda recibe información y controla los movimientos de
la parte derecha de nuestro cuerpo, de forma que las dos mitades de nuestro cerebro
y de nuestro cuerpo están «cruzadas». Cada uno de los hemisferios parece
cumplir una función biológica diferente. Así, en lo que se refiere a las
habilidades musicales, diversos estudios de neuroimagen, que permiten detectar
las áreas de activación cerebral durante la realización de una tarea particular,
y el estudio de las consecuencias de lesiones cerebrales en áreas concretas han
permitido inferir que el hemisferio izquierdo está implicado en la regulación
precisa de las acciones motoras y en el establecimiento de un orden serial de
secuencias motoras repetitivas. Desde el punto de vista perceptual, el
hemisferio izquierdo participa en el análisis temporal de secuencias auditivas
no verbales y desde hace tiempo es bien conocida su implicación fundamental en
el procesamiento, comprensión y producción del lenguaje. Por el contrario, el
hemisferio derecho controla la prosodia del lenguaje y la entonación en el
canto. Así, las lesiones en el hemisferio derecho no alteran el lenguaje, pero
dan lugar a la producción de un habla monótona, sin inflexiones.
Contrariamente, las lesiones en áreas del hemisferio izquierdo hacen que el
paciente no pueda hablar, pero, sin embargo, se mantiene la capacidad de cantar
canciones con letra. En concreto, en la experiencia musical esta lateralización
es muy evidente, y se dan procesos que implican primariamente a uno u otro
hemisferio. El análisis de pacientes con lesión selectiva en uno u otro
hemisferio cerebral ha permitido determinar la existencia de un procesamiento
secuencial de la información musical, de tal forma que el hemisferio derecho
realiza un reconocimiento inicial del contorno melódico y la métrica y, posteriormente,
el hemisferios izquierdo realiza un análisis detallado de las características
tonales y la identificación del intervalo y el ritmo. Ello permite sugerir la
existencia de un sustrato neural fragmentado y específico para las dimensiones
melódica y temporal, a cuya formación y desarrollo contribuirán la musicalidad
y la conducta musical del individuo (Schuppert y col., 2000). El estudio
neurológico de diversos casos de amusia (pérdida de la capacidad musical tras
producirse una lesión cerebral) han permitido proponer que las tareas
ligüísticas y musicales e incluso el procesamiento de la información de
carácter melódico y rítmico dependen de estructuras cerebrales independientes.
Esta disociación funcional tiene a su vez un correlato neurológico, de forma
que podría hablarse de una organización en módulos funcionales. De hecho, la
amusia puede producirse por la lesión de áreas discretas de muy pequeño tamaño,
que con frecuencia se sitúan en un solo hemisferio cerebral. El análisis de
estos casos de lesión concreta ha permitido concluir que el lóbulo temporal
superior, una región específica de la corteza cerebral, juega un papel crucial
en el procesamiento melódico. La complejidad del procesamiento cerebral que lleva a cabo un músico
implica una fenomenología biológica aún por esclarecer. Más aún cuando se ha
podido comprobar que las áreas cerebrales activadas durante la audición musical
son sustancialmente diferentes en personas con entrenamiento musical y en
aquellas que no lo poseen. De entrada, se ha descrito una diferencia general
entre personas «musicales» y «no musicales», sugiriendo que tal habilidad no se
encuentra universalmente y, por tanto, asumiendo de forma implícita que existe
un innatismo musical. Esto, en algunos casos, ha supuesto una cierta discriminación
de aquellas personas que carecen de la habilidad musical innata. Un estudio
británico sugería que más de tres cuartas partes de los educadores en música
consideran que un niño no llegará a ser buen músico a menos que posea ese
talento innato. De hecho, no existen por el momento evidencias científicas que
apoyen la existencia de una base genética clara para la habilidad musical. El
Estudio de gemelos de Minnesota establece un nivel de correlación para la
habilidad musical mucho más bajo en aquellos gemelos criados separados que en
los que han vivido en la misma familia, sugiriendo que la experiencia familiar
contribuye sustancialmente al desarrollo de la habilidad musical. De igual
manera, un estudio realizado con gemelos (Coon y Carey, 1989) concluyó que la
habilidad musical en los adultos jóvenes está más influenciada por los aspectos
educacionales que por los aspectos genéticos. Así pues, la propia plasticidad
cerebral conlleva que no caigamos en la tentación de rechazar a aquellas
personas que no poseen esta habilidad innata para el ejercicio de la música. Lo que podríamos denominar «habilidad musical» no es en
realidad un concepto unitario. Se trata, en realidad, de un conjunto de
habilidades y aptitudes musicales concretas que incluyen elementos perceptivos,
ejecutivos y de memoria, tanto sensoriomotora como de memoria tonal, o
imaginería auditiva. Dentro de las aptitudes concretas podríamos mencionar las
relativas al tono, timbre, ritmo, intensidad o armonía, tanto en sus aspectos
perceptivos como ejecutivos. Tales aptitudes concretas pueden ser específicas o
aparecer de forma conjunta en un mismo individuo. La audición es la función básica y fundamental de la conducta musical. El
sonido es un fenómeno puramente mecánico producido por vibraciones físicas. Sin
embargo, posee unos parámetros fundamentales: tono, timbre e intensidad, cuya
discriminación requiere una complejísima organización neuroanatómica. Las ondas
sonoras son recogidas por un conducto en cuyo extremo se halla una pequeña
membrana interna, el tímpano. Las vibraciones del aire hacen que el tímpano
vibre. Esta vibración del tímpano en respuesta a cambios de presión es
solamente el inicio de una larga cadena de acontecimientos que, en última
instancia, dan lugar a la percepción del sonido. La vibración del tímpano se
transmite, aún en un proceso puramente mecánico, a través de tres pequeños
huesecillos del oído medio hasta otra membrana, la ventana oval, una abertura
ósea situada en la pared de la cóclea. Esto provoca la vibración de la membrana
basilar, que traduce el estímulo mecánico en impulsos eléctricos. Estos
impulsos eléctricos viajan a través de diversos haces de vías nerviosas
(conjuntos de axones) hasta la corteza auditiva, donde es interpretado. Sin
embargo, la discriminación auditiva permite diferenciar elementos concretos del
estímulo sonoro organizado. Los tonos, por ejemplo, se reconocen porque
estimulan regiones anatómicas diferentes en el oído interno y esta organización
se mantiene a lo largo del recorrido del nervio auditivo que, a su vez, sinapta
con áreas específicas de la corteza auditiva, en lo que denominamos una
organización tonotópica. Actualmente, se admite que existe una corteza auditiva
de procesamiento «grosero» del estímulo auditivo, cuya misión es categorizar el
estímulo sonoro y otra más especializada, responsable de la integración de la
sensación auditiva con conceptos e ideas almacenadas en la memoria,
permitiendo, por comparación con experiencias previas, la interpretación de
esta sensación en el marco de cánones estéticos, culturales o personales. Esta percepción categórica auditiva nos permite reconocer múltiples
variaciones de una misma señal, agrupándolas en unidades mayores. Esta
habilidad es lo que nos permite reconocer las sílabas o las notas musicales.
Así, la modalidad sensorial auditiva incluye dos procesos cognitivos
cualitativamente diferentes: lingüísticos y musicales. Existe, de hecho, una
relación estrecha entre música y lenguaje en el nivel perceptual, de forma que
ambos sistemas pueden ser considerados como sistemas formales elaborados,
capaces de transmitir una información concreta, pero también unos valores
culturales, sociales, emocionales e intelectuales. El estudio de diversos casos de lesión cerebral ha demostrado que el hemisferio
derecho produce una discapacidad específica para el reconocimiento de la
información musical. Por el contrario, lesiones en el hemisferio izquierdo
producen alteraciones en tareas de memoria musical (Ayotte y col., 2000). Por
otra parte, en diferentes estudios en los que se han empleado técnicas de
imaginería cerebral, se ha podido demostrar que los músicos establecen una
percepción categórica para los tonos similar a la que se establece para las
consonantes en el lenguaje. Para ello, la información musical se lateraliza de
forma diferente en los profesionales de la música que en aquellas personas cuya
relación con la experiencia musical es meramente recreativa, de forma que la
información musical es interpretada en los primeros por el hemisferio izquierdo,
estableciendo un nivel profundo de análisis, mientras que en los segundos la
información se dirige hacia el hemisferio derecho, en el que únicamente se
capta el contorno melódico, sin penetrar en un nivel analítico profundo. Así,
podemos concluir que el sonido musical organizado se articula en diversos
parámetros, cuya discriminación y análisis son realizados por el sistema
auditivo. La integración y reelaboración de esta información depende de la
habilidad tonal innata y de la experiencia previa de cada individuo. En lo que se refiere al procesamiento cognitivo de la experiencia musical,
existen pocos trabajos que aborden esta cuestión de forma sistemática. Uno de
ellos evalúa las variaciones en la actividad eléctrica cerebral ante el
estímulo musical. En concreto, investiga la influencia de un precontexto
musical sobre el procesamiento de la información en músicos y en personas no
dedicadas profesionalmente a esta actividad. En el estudio se introdujeron en
secuencias de acordes elementos sonoros no esperados. Estos sonidos provocaban
una activación básicamente en el hemisferio derecho, que se correlacionaba
directamente con la experiencia musical o el contexto armónico previo (Koelsch
y col., 2000). Existen, dentro del sistema cerebral de percepción auditiva, otros elementos
interesantes que constituyen lo que denominamos «habilidades tonales» específicas.
Así, somos capaces, por ejemplo, de establecer una audición selectiva. Es decir,
podemos ignorar determinados estímulos sonoros y esto se consigue, desde el
punto de vista biológico, impidiendo la transmisión del impulso nervioso a
través de los haces de axones. Una de las habilidades tonales más apreciadas es
lo que se denomina tono u oído absoluto. Se trata de la capacidad de producir a
voluntad una frecuencia concreta, sin un sonido de referencia. Esta habilidad,
que en algunos ámbitos culturales ha sido considerada como indispensable para
poder realizar estudios musicales, se traduciría, a nivel biológico, en una
representación cerebral estable del tono. Se ha discutido largamente acerca del
innatismo de esta cualidad, sin embargo, no se ha podido establecer con
claridad si aparece de forma congénita o es algo adquirido a través de la
experiencia auditiva temprana. Actualmente sabemos que los músicos que lo
poseen presentan una asimetría en una de las regiones cerebrales más
relacionadas con el lenguaje, el planum
temporale. Muchos aspectos del procesamiento melódico dependen de la
integridad de las cortezas temporal superior y frontal y, más específicamente,
las regiones de corteza auditiva situadas en el giro temporal superior derecho
se encuentran implicadas en el análisis del tono y el timbre. De igual forma,
la memoria de trabajo para los tonos musicales depende de la interacción entre
las cortezas temporal y frontal. Al contrario que el oído absoluto, la
habilidad armónica y el sentido del centro tonal, van aumentando con la edad y
son fenómenos básicamente culturales, de forma que las preferencias por la
consonancia o la disonancia no son en absoluto transculturales. Otro elemento que condiciona de forma muy importante el tipo de habilidad
musical es la memoria tonal, o memoria para configuraciones secuenciales de
tonos. Esta memoria va aumentando con la edad, pero no con el grado de
experiencia musical, si bien esta habilidad se pierde más fácilmente en
individuos con una experiencia musical limitada. Más aún, niveles elevados de
experiencia musical en personas de edad avanzada atenúan el efecto negativo de
la edad sobre la memoria y la velocidad de percepción (Meinz, 2000).
Relacionada con esta cualidad está la imaginería auditiva, entendida como la
representación auditiva musical en ausencia de sonido físico. Ambas son muy
apreciadas entre determinados sectores de músicos profesionales, como los
directores o los compositores. La música requiere el desarrollo y la integración de programas motores
complejos y elevados niveles de competencia en tareas visuoespaciales,
secuenciales y propioceptivas en relación con tareas motrices concretas, que se
refieren, de forma más específica, a aspectos de motricidad fina. Es necesario,
asimismo, para poder ejecutar una pieza instrumental, desarrollar una exquisita
coordinación bimanual de actividades bien similares o bien divergentes. Sin
embargo, estas tareas puramente motoras deben estar sustentadas por un fino
ajuste audiomotor y por una memoria específica para tareas motoras complejas.
Los elementos neurológicos que sustentan tales funciones son la corteza
sensorial y motora, básicamente a nivel del hemisferio izquierdo, donde se
realiza el análisis temporal y la regulación precisa de las secuencias motoras,
y el cerebelo, que ajusta los movimientos de forma precisa otorgándoles las
cualidades de velocidad, fuerza y localización requeridas. Es importante subrayar
aquí que el desarrollo más lento y tardío de los sistemas cerebrales motores
hacen que las limitaciones madurativas sean más importantes en los aspectos
sensoriomotores. El aprendizaje de secuencias motoras exige no solamente un
desarrollo mecanicista, sino un complejo ajuste audiomotor que relacione de
forma muy fina la audición con la respuesta motora. En este aprendizaje, el
elemento reforzador más importante es la combinación del tacto y la
propiocepción. De hecho, se ha podido comprobar que la experiencia musical temprana
influye sobre la organización estructural del cerebro de forma que la edad de
inicio de la enseñanza musical afecta al grado de crecimiento de la corteza
sensorial. Sin embargo, este efecto no solamente tiene consecuencias sobre las
habilidades perceptivas, sino que afecta al desarrollo de las funciones
cognitivas. Así, se ha relacionado la dedicación a la música con el desarrollo
de determinados tipos de memoria o con la ejecución de determinadas tareas
cognitivas. En este sentido la ejecución de tareas sensoriomotoras finas se
puede adaptar a la velocidad de la música, de forma que secuencias tonales
rápidas la aceleran, pero sin embargo, no se modifica en función de un metrónomo (Nittono y col., 2000). Asimismo, la
realización de una prueba de matemáticas se ve incrementada por la audición de
música de Bach o de Mozart (Bridgett y Cuevas, 2000). De todo lo expuesto se concluye que la audición e interpretación musical
desarrollan aptitudes motoras, perceptivas y cognoscitivas y activan procesos
afectivos y de socialización, hasta el punto de que se ha considerado la
actividad musical como un sistema de introducción en el marco cultural.
Pensemos que una de las características más sobresalientes del cerebro humano
es precisamente su capacidad para modificar su propia estructura y función en
respuesta a la experiencia a la que se le somete. Esta capacidad plástica es
común a todo el cerebro, pero presenta una clara especialización regional, con
una precisa topografía sensorial, motora y asociativa, de tal forma que la
estimulación de una áreas influye no solamente en el desarrollo de esa área
concreta, sino sobre el desarrollo general del cerebro. Mara
Dierssen Sotos es organizadora y coordinadora de la «Semana Mundial del Cerebro
de Barcelona», el mayor evento mundial para la promoción de las neurociencias. Es investigadora
del Centro
de Regulación Genómica (CRG) y presidenta del IBANGS (International
Behavioral and Neural Genetics Society). Más información en la red: Bibliografía Ayotte J,
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