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Objetivo: 3% del PIB

Vladimir de Semir 10/05/02

Biomedia (Barcelona). Cumbre de Barcelona, marzo del año 2002. Bajo la presidencia de España se reúnen los responsables de Europa. En la letra menuda de los acuerdos resultantes, un objetivo de gran envergadura: la convergencia para el 2010 de los países europeos hacia el 3% del producto interior bruto (PIB) en investigación y desarrollo (e innovación, como se dice ahora). Con datos de 1999, la media de los 15 Estados integrantes en la Unión Europea es de un 1,92%. España es el tercer país, comenzando por la cola (excluyendo Luxemburgo), con un 0,9%. Por lo tanto, no cabe duda de que el compromiso adquirido por el Consejo de Europa en Barcelona es de gran enjundia, aunque casi haya pasado desapercibido.

Europa está preocupada. Sin una ciencia competente no habrá una Europa realmente fuerte, aunque se haya alcanzado la unidad monetaria. Los expertos lo saben y los respectivos gobiernos aparentemente se lo creen, ya que desde la Cumbre de Lisboa del 2000 se decidió lanzar un programa de análisis de la situación científica para que, a partir de la Presidencia española, se puedan empezar a impulsar programas que mejoren nuestra capacidad y competencia científicas. Por ello se trabaja en muchos frentes: desde un diagnóstico de la ciencia que somos capaces de generar, hasta el establecimiento de cuáles son los niveles de cultura científica que son necesarios para que exista un adecuado caldo de cultivo social que permita la promoción del talento europeo en este ámbito. Por esta razón, la Comisión Europea ha realizado también un eurobarómetro especial sobre ciencia y sociedad.1

Una de las señales de alarma que se han encendido ha sido la clara disminución de vocaciones científicas entre la juventud europea. Según la macroencuesta, la crisis se debe mayoritariamente (con resultados de entre el 50 y el 60%) al poco atractivo de los estudios de ciencias, a la dificultad de estas materias, a las pocas perspectivas profesionales y, en general, a un alejamiento conceptual de la juventud respecto de la ciencia. Sin duda, todos estos datos son una nueva confirmación del cambio de valores que se está produciendo en la sociedad que estamos construyendo. Aunque en cada país la situación es algo diferente, no hay duda que a la juventud le es mucho más atractiva la opción de realizar estudios rápidos y poco comprometidos, que permitan entrar sin muchas dilaciones en el mercado del trabajo, que dedicarse a una larga carrera de investigador, de futuro incierto y de camino lleno de esfuerzo y de permanente precariedad.

Muchos son los factores que intervienen y muchos los culpables bien definidos de esta situación. Algunos gobiernos saben –entre ellos, el nuestro– que han de entonar un mea culpa y que deben revisar los itinerarios que llevan a la profesionalización de la figura del investigador. Pero también la industria y el mundo empresarial –sobre todo en nuestro país– han de corregir su tradicional pasividad ante este problema y deben subirse con valentía a este carro del impulso de la investigación y de la innovación, aunque la tantas veces anunciada ley de mecenazgo y fundaciones no llega nunca. No en vano casi un 80% de los europeos consultados considera que para aumentar el nivel de nuestra ciencia, que también es sinónimo de nuestra competencia económica, no lo olvidemos, es indispensable una estrecha colaboración entre investigación pública y privada, así como una coordinación y cooperación entre los diversos centros científicos diseminados por Europa. Algo que ya practican desde hace muchos años nuestros principales competidores, los norteamericanos, que han sabido crear las condiciones para que iniciativa pública y privada vayan sólidamente de la mano y que han sido suficientemente hábiles para incrementar la capacidad fecundadora de ideas que constituye la diversidad cultural, atrayéndola de todo el mundo.

Otra señal de alarma que preocupa, y mucho, es la poca evolución positiva que hemos experimentado en el Viejo Continente en los niveles de conocimiento científico entre la población desde el último eurobarómetro de estas características, que se realizó en 1992. Incluso en algunos aspectos podemos considerar que hemos experimentado un cierto retroceso: dos tercios de los europeos consultados consideran que están mal informados sobre ciencias y tecnologías. Y está claro que en una sociedad con bajo nivel cultural científico va a ser muy difícil impulsar políticas que permitan corregir nuestro evidente euroescepticismo con relación a las ciencias. Por esta razón, la Dirección General de Investigación de la Comisión Europea ha constituido una comisión de expertos2 para detectar cuáles son los problemas esenciales de la difusión social de las ciencias y qué programas se pueden recomendar a los respectivos gobiernos para mejorar la percepción pública de las ciencias. No es difícil imaginar que la poca atención que las televisiones públicas dedican a las ciencias o la falta de suficientes vías de comunicación de universidades y centros de investigación con la ciudadanía van a ser, entre otros muchos, algunos de los puntos negros del diagnóstico en curso.

Y está bastante claro que será indispensable que las diferentes van a tener que empezar a poner en práctica políticas adecuadas para romper definitivamente con la errónea y acomodaticia coexistencia de «las dos culturas», que hemos arrastrado durante todo el siglo XX, con el fin de que todos comprendamos que hoy ya no se puede ser ciudadano o ciudadana del mundo sin saber y practicar que la ciencia forma parte de una única cultura. Sobre todo cuando estamos dejando atrás la sociedad heredada de la revolución industrial y entramos en la era del conocimiento, en la que las ideas van a ser la materia prima y el vapor de la transformación social y económica.

Para alcanzar ese umbral del 3% son muchos los factores a tener en cuenta y muchas las decisiones políticas que necesarias para no llegar al 2010 con un rotundo fracaso. Es cierto que España en los últimos años ha efectuado un esfuerzo notable para empezar a corregir su situación respecto a la I+D+I. En el período comprendido entre 1995 y 1999 su crecimiento en este capítulo la sitúa en el cuarto lugar, esta vez empezando por la cabeza (Finlandia: 13,02%; Irlanda: 10,92%; Portugal: 10,01%, y España: 6,32%). Aspecto que también queda reflejado si consideramos el número de investigadores/as por cada mil personas en actividad productiva. Entre 1995 y 1998, el crecimiento de personas dedicadas a la investigación en España ha sido del 6,79%, siendo el quinto país miembro del Unión Europea que ha efectuado un incremento más notable tras Irlanda (16,51%), Finlandia (12,68%), Austria (7,86%) y Portugal (7,61%), mientras que la media de la Unión Europea ha sido del 2,89%.3

No hay duda de que algo se está moviendo en buena dirección en nuestro país, aunque va a ser indispensable una mayor apuesta política para llevar a buen término el gran objetivo del 3% del PIB para el año 2010.


La revista Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura ofrece (en un número doble que acaba de publicarse, titulado Un análisis de la política científica en España) una reflexión global sobre la herencia recibida y el momento actual de la investigación científica en nuestro país, así como de las condiciones necesarias para que el país sea realmente competitivo en el siglo XXI. En este número especial, que cuenta con la colaboración del Ministerio de Ciencia y Tecnología, participan muchos de los protagonistas de la ciencia en España de los últimos 25 años. En una primera parte se revisa la construcción del sistema y, a continuación, se reflexiona sobre las relaciones de la investigación pública y de la iniciativa privada; un tercer bloque está dedicado monográficamente a la universidad; las debilidades del sistema y las asignaturas pendientes protagonizan la cuarta parte, y en la quinta y última toman la palabra los responsables actuales y explican sus propuestas.


Desde un punto de vista político y de coyuntura histórica es posiblemente un momento muy adecuado para efectuar una amplia reflexión acerca de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos en España, en la decisiva apuesta por una mayor y mejor investigación científica. Posiblemente antes del 2010 haya que volver a fondo sobre el tema para analizar si seremos capaces de alcanzar el gran objetivo del 3%. Hoy disponemos de buenas intenciones e indicios de que estamos intentando corregir tiempos pasados, pero esto no parece todavía ser suficiente para asegurar nuestra participación en el grupo de cabeza de la Unión Europea y conseguir triplicar nuestra proporción dedicada a la investigación. Posiblemente habría que empezar por corregir algunas cuestiones. Como el  a todas luces claro error estratégico-político de dividir el mundo de la universidad española en dos ministerios: docencia en Educación y Cultura e investigación en Ciencia y Tecnología. Aunque, sin duda, hay muchos otros aspectos que va a ser necesario afrontar con decisión en los próximos años, pero está claro que no debemos perder el tren de la investigación, del desarrollo y de la innovación. Tal como avanzan hoy las ciencias es muy probable que éste sea el último tren posible para poder conseguir ser un país solvente en la era del conocimiento.

 

[Este artículo ha sido publicado como editorial de Quark núm 22-23; oct. 2001-marzo 2002]

 

 

Notas

1 Los datos y resultados del eurobarómetro sobre ciencia y sociedad son de diciembre del año 2001 y pueden ser consultados en su integridad en el web del Observatorio de la Comunicación Científica (UPF),
http://www.upf.es/occ.
2 Steve Miller (Gran Bretaña), Rosalía Vargas (Portugal), Walter Stavelotz (Bélgica), Vasilis Kouladis (Grecia), Paul Caro (Francia) y Vladimir de Semir (España).
3 Todos los datos proceden de la publicación de la Comisión Europea Indicators for benchmarking of national research policies. Key figures 2001.

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