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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones La acultura, ¿una tercera cultura?
Biomedia (Barcelona). ¿Puede hoy alguien
estar al margen del conocimiento científico y tecnológico? ¿Puede una persona
considerarse culta sin saber cómo evoluciona la capacidad de descubrimiento que
posee el ser humano? ¿Puede la ciudadanía estar ajena del debate ético que nos
plantea el avance científico y de las correspondientes decisiones sociales y
políticas que se pueden derivar? No hay duda de que en este comienzo del siglo XXI el conocimiento humano experimenta una aceleración nunca
antes conocida. Es bien conocido –existen diversos estudios realizados al
respecto– que toda la información que contiene diariamente un diario como El País, La Vanguardia, ¡Pero hay un peligro! Las diferencias entre los que saben y los que no
saben en un mundo en el que cada vez se valora más el cómo que el qué hacemos
puede provocar rupturas sociales aún mayores que las que hemos vivido desde la
revolución industrial. Constituye, por tanto, una responsabilidad individual y
colectiva el estar atentos al reciclaje continuado de nuestras capacidades
intelectuales y nuestra adaptación a la ya vertiginosa capacidad de innovación
de nuestra sociedad. Ya sean los conocimientos de aquí o los que vengan de
otras partes, pues la mezcla y la capacidad de asimilación de la diversidad
cultural serán factores decisivos que posibilitarán, paradójicamente, la
aparición y fortalecimiento de valores locales que serán precisamente los que
marcarán las diferencias de oportunidad y calidad de vida en un mundo cada vez
más irremediablemente globalizado. Esta construcción de una
nueva sociedad del conocimiento que se superpone a la que heredamos de la
revolución industrial supone un salto cualitativo respecto a la sociedad de la
información. La diferencia radica en que la sociedad de la información (un
concepto surgido eminentemente del campo tecnológico) considera a los
ciudadanos y ciudadanas como sujetos receptores, y por ello en buena parte
agentes pasivos del sistema comunicativo imperante. La ciudadanía de la
sociedad del conocimiento (un concepto fundamentalmente social y económico) ha
de ser muy diferente: debe ser capaz de diferenciar entre la comunicación que
recibe, impulsar su espíritu crítico y sobre todo desarrollar capacidad de
discernimiento para poder estar en condiciones de escoger. Saber elegir es, sin
duda, la clave que define a esta sociedad del conocimiento. Pero el desarrollo
basado en el conocimiento necesita ciertas condiciones indispensables. Entre
ellas, que el conocimiento sea definido y percibido como una forma de riqueza,
que la naturaleza y el papel de los recursos de conocimiento sean comprendidos
y asimilados por el público en general, aceptados como un valor universal e
individual, y que la sociedad en su conjunto incentive las actividades ricas en
conocimiento e impulse sus focos generadores de inteligencia y de saber. Dicho
de otra forma: la sociedad de la información estaría representada por los bits
que circulan por las redes de la comunicación, mientras que la sociedad del
conocimiento implicaría una indispensable simbiosis de los bits con las neuronas
de nuestros cerebros. Hoy, las diferentes
administraciones e instituciones han de ser capaces de pilotar la adaptación a la cultura del conocimiento, pues no
toda la ciudadanía tiene la misma capacidad para afrontar el uso y las
oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías y para la aplicación de los
conocimientos científicos y tecnológicos. No hay que olvidar que en cada
revolución que ha tenido lugar en la historia de la humanidad se estima que
desde que empiezan a detectarse los primeros indicios de cambio hasta que éstos
se instauran plenamente en la sociedad, por lo menos una generación no puede
adaptarse a tales cambios. Para ello es fundamental la educación y la formación
cultural continuada y que sepamos transmitir los valores de la sociedad del conocimiento
que ya poseemos. Científicos y tecnólogos desempeñan un papel decisivo en esta
sociedad y por ello, tienen una responsabilidad especial no sólo en llevar a
buen término su labor, sino en saber explicarla a la sociedad, ya que es
indispensable que todos seamos capaces de asimilar y participar en la rápida
innovación inherente a la sociedad del conocimiento. Esta es una aproximación a
la reflexión teórica, ¿pero en qué situación nos encontramos? El tradicional
divorcio entre humanidades y ciencias que C.P. Snow bautizó en 1959 como las dos culturas sigue siendo una
realidad, e incluso se ha agravado. Un solvente informe nos ha dado –entre
otros muchos en tiempos recientes– la respuesta: «La relación de la sociedad
con la ciencia está en una fase crítica». Con esta frase comienza un amplio
informe del Select Committee on Science and Technology of the House of Lords de
Gran Bretaña dado a conocer en marzo del 2000 sobre «Ciencia y sociedad». Los
lords señalan que existe una crisis de confianza en la ciencia y que muchos
valores son puestos en duda, entre otras razones, porque existe,
fundamentalmente, una reticencia del público sobre la autoridad científica y
porque la mayoría de la información que recibe la ciudadanía una vez superada
la escuela está determinada por la creación de una realidad deformada por los
medios de comunicación, a los que se señala como uno de los principales
responsables de la trivialización de los mensajes culturales que se está
produciendo. «Además de la negativa imagen de la ciencia real –afirma el
informe–, los medios ofrecen un exótico abanico de material que va más allá de
la respetabilidad científica y que tiende a debilitar la mente.» Como podemos
observar, estos argumentos reflejan una profunda crisis de valores que, sin
duda, hay que englobar en la deriva que padece el sistema informativo mundial y
que compromete el nivel cultural de nuestra sociedad. Ello se traduce no sólo en
un problema cultural, sino que tiene implicaciones negativas en muchos otros
ámbitos sociales y económicos. Influye incluso en una fuerte disminución de
vocaciones científicas que amenaza a la sociedad europea y compromete su
competencia futura. Por ello, no nos ha de extrañar que la necesidad de la
promoción de la cultura científica haya entrado ya en la política europea y que
se haya puesto en marcha desde la Comisión Europea un plan de acción «Ciencia y
Sociedad». Hoy se impone la cultura de lo efímero y la cultura de la redundancia. Es lo que
el sociólogo francés Pierre Bourdieu definió como «la circulación circular de
la información», al tiempo que denunciaba la irrupción del fast thinking en nuestras vidas como contaminación del mundo
audiovisual, un mensaje rápido y superficial que –como el fast food en el caso de la elección de lo que comemos– nos impide
pensar, reflexionar y escoger, y por tanto que generemos cultura. De esta
forma, además, se favorece la exclusión social desde un punto de vista
cultural: todos aquellos que utilizan la televisión como fuente primordial de
su aprendizaje cultural (que, como sabemos, son mayoría en nuestra sociedad)
quedan muy limitados para poder desarrollar una cultura propia y crítica. Este problema es el reflejo
de un desequilibrio mucho más profundo que padece nuestra sociedad y que supone
la imposibilidad de afrontar con rigor los muchos problemas de desigualdad en
el mundo que vivimos. Nos referimos al desequilibrio entre el saber y el poder. Hay que ajustar la oferta y la demanda de la diseminación cultural,
con el fin de reequilibrar el mundo del saber para amortiguar la generalización
de una mediocridad social que se deriva de la prepotencia del mundo del poder. «La democracia es
necesaria, pero no suficiente.» Es una frase de un filósofo hoy algo olvidado,
Bertrand Russell. Si no se desarrolla el indispensable espíritu crítico de una
sociedad –y para ello es necesario poner el énfasis en la educación y en la
cultura– nuestra democracia será incompleta. El complemento del pensamiento de
Albert Einstein nos ayuda a hacer más explícita la trampa en la que podemos
estar cayendo: «La restricción del conocimiento adormece el espíritu filosófico
de un pueblo y conduce a la pobreza espiritual». Por tanto, hemos de luchar
activamente para evitar que consiga cuajar la
tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad
de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y
dirigido. Para ello más que nunca es indispensable que las dos culturas
confluyan en la cultura, una única y
sólida basada en el pensamiento crítico, que nos permita ser auténticos
protagonistas responsables de nuestra evolución. [Este artículo forma parte,
como editorial, de la revista Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y
Cultura, número 28-29 (julio 2003)
dedicado a «Cultura científica»] Más información en Biomedia: |
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