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Conocimiento científico y diversidad cultural

Vladimir de Semir 14/05/04

Biomedia (Barcelona). «Nosotros, participantes en la apertura de la Olimpiada Cultural, organizada por iniciativa del Ministerio de Cultura de la República Helénica, rechazamos solemnemente cualquier idea de fatalidad de conflictos entre civilizaciones.» Con este taxativo párrafo comienza la denominada Carta de Olimpia, promovida el 23 de septiembre del 2001 por representantes venidos de todo el orbe reunidos –pocos días después de la tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York– en la mítica ciudad en la que vieron la luz los primeros Juegos Olímpicos de la historia de la humanidad. [Texto completo de este documento]

Dos días antes, el ministro helénico, Evangelos Venizelos, y la rectora de la Universidad de Europa, Hélène Ahrweiler (ex rectora de la Sorbona y presidenta honoraria del Centre Georges Pompidou de París), nos habían reunido en Atenas, una convocatoria cursada mucho antes de que quedaran grabadas en la retina de toda nuestra generación los sucesos de aquel histórico 11 de septiembre con el que realmente comenzó el siglo xxi.

«Somos contemporáneos, pero es posible que vivamos en épocas diferentes... La única solución para respetarnos es conocernos, y para ello el único camino es entender la cultura del otro.» Con estas palabras, el ministro Venizelos inauguró la reunión el 21 de septiembre del 2001. Unos 60 representantes de la cultura, del pensamiento, de la ciencia, de la creación artística y de la política de las más variadas procedencias geográficas y culturas fuimos invitados a debatir durante tres días sobre «Repensar la cultura», primero en Atenas y al final en la mítica Olimpia. Las conclusiones, en forma de declaración, se convirtieron en la Carta de Olimpia, que representantes de diferentes culturas del mundo tuvieron la voluntad compartida de que se convirtiese en la plataforma para poder escuchar y ser escuchados, y contribuir a que el siglo xxi sea el siglo del conocimiento y diálogo entre las culturas del mundo y no el de la incomunicación, de la incomprensión y de la intolerancia que lleve a persistir en el enfrentamiento de los diversos fundamentalismos ideológicos, religiosos y económicos que amenazan al mundo.

Desde el primer minuto del coloquio quedó unánimemente claro que «ahora, más que nunca es necesaria la reflexión y el diálogo entre las culturas». La frase la pronunciaron casi al unísono el ministro griego de Cultura y el español Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la UNESCO. No pudimos menos que sonreír ante tanta coincidencia, pero lo que ellos ni el resto de asistentes no sabían –mientras mostraban su pleno acuerdo con la necesidad y oportunidad de hablar y escuchar para que todos nos conozcamos mejor– es que para mí la frase ya era conocida. La había pronunciado días antes, inmediatamente después del fatídico 11 de septiembre, el alcalde de Barcelona, Joan Clos, con motivo de la presentación pública de la concreción programática de un nuevo y ambicioso reto: el Forum Universal de las Culturas de Barcelona 2004.

Las circunstancias han hecho que ahora más que nunca tengamos que ser ambiciosos y exigentes para que la apuesta de Barcelona sea un modelo a seguir, como en cierto modo lo fue Atenas al recoger la idea de la previa Olimpiada Cultural Barcelona 1992 y que, según las intenciones expresadas, Pequín 2008 también va a proseguir con un marcado contenido cultural, especialmente científico y tecnológico. El siglo xxi ha comenzado con durísimas pruebas (11 de septiembre en Nueva York, guerra de Iraq y 11 de marzo en Madrid, entre otras), producto de los enfrentamientos religiosos, ideológicos, económicos y culturales heredados del siglo más sangriento de la historia de la humanidad, el siglo xx. Pero la fuerza con el que comienza el Forum Universal de las Culturas Barcelona 2004 hace esperar que el brazo armado únicamente por la inteligencia humana pueda ayudar a superar a los que predican y promocionan el choque de civilizaciones y nos reafirmen en que el camino que hace tiempo hemos emprendido en Barcelona sea el acertado: aspirar a ser un puente de culturas desde la posición mediterránea y europea que nos ha dotado de una innata comprensión de que la defensa de la diversidad cultural es uno de los grandes valores que deben marcar el siglo.

A pesar de las dificultades indiscutibles de inventarse un evento mundial completamente nuevo como aspira a ser el Forum Universal de las Culturas 2004 y que Barcelona sea recordada en el futuro como la que inició el camino (igual que hizo para el deporte en un ya lejano pasado la ciudad de Olimpia), Barcelona quiere demostrar una vez más al mundo de lo que es capaz y que ello quede, además, como una herencia para el futuro, de forma que otras ciudades del mundo tomen el relevo y levanten la antorcha del diálogo entre culturas. Hubo otra frase que nos marcó en Olimpia... «Una voz que no es escuchada se convierte en grito»... Aprender a escuchar al otro puede ser, por tanto, el gran lema del Forum que durante 141 días se desarrolla en Barcelona desde el 9 de mayo hasta el 26 de septiembre.

Por ello, la iniciativa del Forum Universal de las Culturas Barcelona 2004 que presentamos en aquellos días del 2001 en Atenas y Olimpia fue considerada como el epítome del objetivo expresado en el documento: impulsar el diálogo entre las diferentes culturas del mundo, un deseo convertido en necesidad por los acontecimientos que han sacudido y están sacudiendo este principio del siglo xxi. Todo esto hoy ya es una realidad en movimiento con una más que notable participación.

La relación del ser humano con las culturas del mundo, incluida naturalmente la cultura de la paz, es el leitmotiv de este encuentro en el que se espera que participen entre cinco y siete millones de personas venidas de todas las partes del mundo. Un aspecto significativo es que por primera vez un acontecimiento de esta envergadura y alcance mundial incluye las ciencias dentro el concepto global de culturas. ¿Será éste un paso decisivo y una de las grandes herencias del Forum Barcelona 2004? ¿Conseguiremos por fin superar la dicotomía entre humanidades y ciencias que C.P. Snow bautizó en 1959 como las «dos culturas»? Congresos, debates, exposiciones, conciertos, fiesta y todas las modalidades de participación y diálogo, basados en la diversidad cultural (incluida, naturalmente, la gastronomía) se dan cita en una ciudad que, de nuevo, aspira a demostrar su capacidad de innovación y su predisposición a estar abierta al mundo y a la generación de ideas.

Es en este contexto en el que se celebra en Barcelona el octavo Congreso mundial de la red internacional Public Communication of Science & Technology, que se reúne cada dos años y que en su última convocatoria del año 2002 en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) congregó a más de 400 especialistas en la difusión cultural científica de 42 países de los cinco continentes. Barcelona intenta como mínimo emular la excelente organización de Ciudad del Cabo y, si puede ser, incrementar aún más la influencia que la red PCST Network ha ido adquiriendo en el mundo desde que se fundó en Poitiers (Francia) en 1989. El lema de la convocatoria para Barcelona PCST-2004 es «Conocimiento científico y diversidad cultural» que constituye una excelente oportunidad para analizar cómo uno de los conocimientos más universales que existen, la ciencia, es difundido y aplicado en este mundo tan fecundamente diverso en el que vivimos. Para ello se han fijado tres grandes áreas de diálogo: «Conocimiento indígena y ciencia actual», «Comunicación científica: perspectivas históricas y nuevas tendencias» y «Comunicación de la ciencia e inclusión social». Mitos, creencias, tradiciones e ideologías influyen en cómo utilizamos la ciencia, pero pocas veces nos paramos a reflexionar sobre ello a pesar de que cada vez se nos plantean retos y dilemas éticos de mayor envergadura.

El programa oficial del octavo Congreso mundial de la PCST, en cuya organización colaboran la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y el Comisionado de Cultura Científica del Ayuntamiento de Barcelona, se complementa con dos otros eventos de alcance mundial: uno sobre periodismo científico y el otro sobre museos divulgadores del conocimiento científico, técnico y médico, dos ejes centrales de la difusión de la cultura científica en nuestra sociedad.

El Gobierno de Francia, en la reunión de su Consejo de Ministros del 25 de febrero del 2004, adoptó el Plan nacional de difusión de la cultura científica y técnica, que incluye la declaración de 2004 como Año de la Cultura Científica. Este es el resultado del informe y recomendaciones que realizó previamente la Comisión de Cultura del Senado francés con el título «La cultura científica y técnica para todos: una prioridad nacional».1 Esta preocupación convertida en acción política al máximo nivel se considera estratégica para coadyuvar al profundo cambio económico y social que se está produciendo en nuestra sociedad en su transformación de la época postindustrial a la era del conocimiento. Francia sigue así las directrices establecidas en el seno de la Comisión Europea para la promoción de la cultura científica y que se concretó en el 2002 en el Plan de Acción Ciencia y Sociedad.2

Inmersos en este cambio en pleno siglo xxi, los medios de comunicación se han convertido en el vehículo esencial no sólo para la creación de la opinión pública, sino también para la configuración del sistema de valores de la sociedad. El periodismo, además, ha tenido que asumir una nueva función: la de ser, en gran parte, responsable de la configuración de la cultura y educación individual y colectiva, en cualquier ámbito, desde la cultura artística y humanística, hasta el conocimiento social, político, económico… y, por supuesto, también el conocimiento científico.

Hace 25 años, la creación del suplemento Science Times del diario The New York Times, se convertiría en el detonante de un proceso que daría lugar a la eclosión del periodismo científico en muchos lugares del mundo. Es oportuno, por tanto, hacer un cierto balance e iniciar un proceso de autocrítica sobre este fenómeno, plantearse cuál ha de ser el papel que queremos que desempeñe el periodismo científico en la sociedad del conocimiento, qué hace falta para alcanzar dicho objetivo y cuáles son las limitaciones y responsabilidades a las que debemos hacer frente.

El Forum Barcelona 2004, como evento diseñado para pensar y experimentar sobre los principales retos culturales y sociales de la sociedad del siglo XXI, ofrece el marco ideal para un debate sobre el papel del periodismo científico con una perspectiva mundial. Este es, en resumen, el principal objetivo del seminario «Periodismo científico en un mundo diverso», que organizan la Fundación Española de Ciencia y Tecnología (FECYT) y el Observatorio de la Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra, con la colaboración de la Asociación Española de Periodismo Científico y de la Asociación Catalana de la Comunicación Científica.

Asimismo forma parte de este programa genérico sobre comunicación científica el seminario «Nuevos modelos en museos de la salud y la vida», que se realiza en colaboración con el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, centrado en un tipo particular de museos, los dedicados a temas médicos, de salud y de la vida. El objetivo del encuentro es analizar su función y pensar en posibles modelos de futuro.

Estas tres iniciativas de reflexión y diálogo, centradas en el octavo Congreso de la PCST, sobre la transmisión del conocimiento científico a la sociedad configuran la celebración de una auténtica cumbre mundial de la cultura y comunicación científicas en Barcelona, que se desarrolla entre el 2 y el 8 de junio con motivo del Forum Universal de las Culturas 2004.

En realidad, ¿de qué estamos hablando? Aspiramos a que el conocimiento científico sirva para establecer puentes de entendimiento entre las diferentes culturas del mundo y que las diversas sociedades puedan entender y participar en la propia evolución de este conocimiento esencial para la supervivencia de la humanidad, racionalizando y mejorando la utilización de los recursos del planeta al tiempo que desarrollamos nuevas tecnologías que nos permitan vivir más y mejor, con la voluntad de que disminuyan las grandes diferencias educativas, sociales, económicas y en general de oportunidades que nos separan a unos de otros.

Para ello necesitamos ciudadanos y ciudadanas que sean capaces de ser verdaderos protagonistas de sus vidas al tiempo que son partícipes de las decisiones que individual y colectivamente vamos tomando en nuestra evolución hacia el futuro, contribuyendo así a la sabiduría general de la humanidad, cada uno y cada una desde el lugar que ocupa en el mundo.

Esta es la clave para un futuro mejor y más democrático: estar en disposición de poder desarrollar una capacidad crítica y de acceder a la participación pública de la gestión de los saberes y poderes que gobiernan el mundo.

En la conferencia «Ciencias de la vida en la sociedad actual: biología moderna y visiones de la humanidad», el comisario europeo de Investigación, Philippe Busquin, subrayó «la necesidad de fomentar la cultura científica y la participación pública para lograr una buena gobernanza científica».3

Está claro que, gracias a la biología molecular y a la física contemporánea, la sociedad comprende ahora mejor la naturaleza de la vida y del cosmos. No obstante, el conocimiento científico ha provocado y provoca muchos miedos y dudas, dilemas morales, sociales y económicos. Las consecuencias de algunos avances, como la secuenciación del genoma humano, son muy importantes, pero han dado lugar a muchas preguntas, incluso plantean futuras polémicas que van más allá del conocimiento científico. La ciudadanía se muestra preocupada por la posibilidad de que los descubrimientos biológicos se usen de forma abusiva y se cuestiona incluso si la investigación debería estar sometida a un control democrático. ¿Nos hemos parado a pensar si los avances en el conocimiento genético van a poder ser aplicados (por su coste) a todas aquellas personas que se podrían beneficiar en su posible aplicación? ¿No parece probable que estos avances aumenten en un futuro aún más el abismo entre los que pueden y los que no pueden acceder a estos beneficios?

«Las ciencias de la vida han alterado los campos del conocimiento y del poder –señaló Busquin–, han dejado en manos del ser humano procesos que requieren una precisión sorprendente y una eficacia tremenda por parte de la naturaleza. Al mismo tiempo, el dominio de los mecanismos íntimos de la vida ponen a prueba nuestros principios y nuestros valores. El público necesita que le confirmen y le recuerden las posibilidades tan importantes que implican estos descubrimientos en términos de conocimiento científico, progreso médico, proyecciones farmacéuticas y crecimiento económico.
Por tanto, es necesario reintegrar las ciencias en la cultura, que es el lugar al que pertenecen. Y el esfuerzo no debe ser solamente académico. De ahí la importancia del impulso de la cultura científica. Promover la cultura científica significa incentivar el desarrollo de la ciudadanía y forma parte de una buena higiene democrática. Resulta imprescindible para permitir que el público entienda y dirija el proceso.»

La sociedad de privilegio en la que algunos vivimos se caracteriza por su rápida adaptación a la era del conocimiento y por su notable incremento de la esperanza media de vida, dos factores que deberían confluir en la emergencia de una mayor sabiduría de nuestra civilización. No obstante, todos somos conscientes de las enormes contradicciones en las que estamos inmersos. Nuestras organizaciones industriales, y en general económicas y políticas, parecen infravalorar la aportación intelectual de otros saberes y experiencias, incluso de las generacionales. Nos mostramos egoístas e insolidarios con los más desfavorecidos, al tiempo que infravaloramos los conocimientos que ellos han ido acumulando y cuyo intercambio con los nuestros podrían ayudarnos tanto a los unos como a los otros. Se produce una paradoja: ¿por qué si la teoría económica dice que las organizaciones tienen que diferenciarse para obtener ventajas competitivas son cada vez más parecidas? Pregunta que es ampliable en general a muchas conductas sociales. La respuesta es compleja pero simplificándola mucho podemos decir que la razón radica en que no hacen lo que deben hacer sino lo que se espera que hagan. El caso es muy evidente cuando nos referimos, por ejemplo, a los medios de comunicación.

Quizá deberíamos aprender de sociedades y comunidades humanas aparentemente menos privilegiadas que la nuestra e incluso de la propia evolución, con los aciertos y las equivocaciones, que hemos experimentado como especie a lo largo de nuestra historia desde sus orígenes. Estas son unas miradas que olvidamos con demasiada frecuencia.

Por ello, la red internacional PCST hace años que predica en todo el mundo la necesidad de aprender de los otros y de reflexionar conjuntamente, sea cual sea el origen cultural de los participantes. Un encuentro que tendrá su continuidad dentro de dos años, en el 2006, en Seúl (Corea) y que posiblemente deje –además de un fructífero intercambio de conocimientos y el establecimiento de nuevas alianzas interpersonales– la herencia de una Academia del Conocimiento y Cultura Científica en Barcelona. Por que el Forum Universal de las Culturas Barcelona 2004 tiene vocación de evento fecundador y desea dejar vestigios de su paso por nuestra ciudad. Herencias locales y universales que puedan ser ampliadas en el futuro en muchas otras ciudades, representantes de todos los pueblos y continentes del mundo.

Barcelona encendió en 1992 con una certera flecha la antorcha deportiva de Olimpia... ¡Hoy os da la bienvenida y enarbola con la palabra y el diálogo la otra antorcha de Olimpia, la de la cultura, el conocimiento y la sabiduría!

[Este artículo forma parte, como editorial, de la revista QUARK]

Vladimir de Semir es periodista científica, director del Observatorio de la Comunicación Científica de la UPF, director de la revista QUARK y responsable del Diálogo «Conocimiento científico y diversidad cultural» del International Network on Public Communication of Science and Technology (PCST) en el Forum Universal de las Culturas Barcelona 2004.

 


Notas

1 Rapport «La culture scientifique et technique pour tous: une priorité nationale»: http://www.senat.fr/rap/r02-392/r02-392_mono.html

2 Plan de Acción Ciencia y Sociedad: http://europa.eu.int/comm/research/science-society/action-plan/action-plan_en.html

3 La conferencia, organizada por el Grupo Europeo de Ciencias de la Vida (EGLS), se celebró los días 22 y 23 de marzo 2004 en Génova (Italia) y reunió a científicos y representantes del mundo de las artes, las humanidades y la política para debatir la creciente incidencia de las ciencias de la vida en la sociedad y en la cultura europea. Para más información: http://europa.eu.int/comm/research/conferences/2004/biology/index_en.html



CARTA DE OLIMPIA

Nosotros, participantes en la apertura de la Olimpiada Cultural, organizada por iniciativa del Ministerio de Cultura de la República Helénica, rechazamos solemnemente cualquier idea de fatalidad de conflictos entre civilizaciones.

Consideramos que la cultura y la creación cultural son portadoras de valores que superan todas las diferencias. Estamos convencidos que la pluralidad y la polifonía culturales, garantes del reconocimiento y del respeto del derecho de todo ser humano, participan en el desarrollo de cada persona y permiten un diálogo abierto excluyendo todas las ideologías sectarias y totalitarias. Convencidos que la paridad de las culturas constituye la condición sine qua non de la coexistencia pacífica y del desarrollo en el ámbito mundial, deseamos que la Cultura, representando una de las fuerzas creativas de la acción humana, sea planteada más ampliamente como proceso esencial para la futura construcción de la humanidad y del advenimiento de una cultura de la paz.

A este efecto, declaramos que es esencial:

- Dotar la cultura del siglo xxi de los medios necesarios, en todos los ámbitos de la actividad intelectual y artística, y también dotar de medios suplementarios la investigación científica sin ningún objetivo comercial o económico y favorecer el desarrollo de una cultura científica y técnica integrando la interrogación crítica y ética.

- Tener en consideración la historia y las tradiciones de cada pueblo y cuidar la conservación o restauración de monumentos así como la salvaguarda del patrimonio inmaterial, componente de diversas culturas que, todas juntas, constituyen la herencia común de la humanidad entera.

- Abrazar el combate por la paz y contra las plagas, tales como la violencia, el fanatismo, la exclusión –en forma de sexismo y de apartheid–, el terrorismo, pero también asegurar las condiciones indispensables para el desarrollo de la vida cultural luchando contra el subdesarrollo, la malnutrición, la ausencia de asistencia médica, la precariedad económica, la polución y los atentados al medio ambiente y finalmente sostener el esfuerzo científico, así como la puesta a punto de principios de precaución, para asegurar las condiciones de vida respetando la integridad biológica y la especificidad de cada ser humano, considerado como portador del conjunto de la humanidad.

- Favorecer aún más, en particular ante el público escolar, la igualdad de posibilidades para la igualdad de acceso a todos los saberes, por la lucha contra el analfabetismo y la ignorancia, por la puesta a punto, particularmente a intención de las poblaciones las más desprovistas, de acciones integradas uniendo programas culturales o pedagógicos al desarrollo económico y por la más amplia difusión de las nuevas tecnologías de la comunicación.

- Incitar a los medios, públicos o privados a asumir, con plena conciencia de su responsabilidad moral, su papel de vectores de paz y de diálogo, y garantizar la pluralidad de la información, así como su independencia de cara a todas las presiones ejercidas por los poderes políticos, ideológicos, económicos...

- Prever para un futuro, a escala nacional y internacional, las vías y los medios de diálogo y de intercambios interculturales, fundados sobre el respeto de uno mismo y de los demás, tanto en el reconocimiento de las identidades individuales y colectivas y de las herencias del pasado como de la ayuda mutua y la solidaridad entre generaciones y pueblos.

Unánimes, los firmantes de esta declaración lanzan un proceso de consulta y de debate sobre las propuestas de esta Carta de Olimpia y deciden igualmente la creación de una Ágora cultural, en la forma de un comité de personalidades encargadas de evaluar periódicamente la aplicación de principios enunciados en este documento, para la redacción y la difusión de un informe que tendrá que denunciar tanto los atentados a estos principios como poner en evidencia su justa aplicación.

Solicitan, finalmente, a los diferentes organismos internacionales competentes (UNESCO, Parlamento europeo...) que apoyen y den relieve a su gestión, abriendo sus recintos para debates y resoluciones propias para promover la difusión universal de un verdadero humanismo cultural.

Atenas y Olimpia (Grecia),
21 a 23 de septiembre del 2001

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