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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Noticia médica: ¿impacto científico o impacto mediático?
Biomedia
(Barcelona). Si me permiten un juego de
palabras, vamos a analizar el contexto y el recontexto de la información médica
para que nos sirva de pretexto para un texto o tesis: la necesidad de un código
ético para la comunicación de los temas médicos y sanitarios. Nos referimos al
contexto de la práctica del periodismo y del mundo de la comunicación en el que
evidentemente está englobada la circulación de la información científica y
médica, y al cambio de referentes y de registros que se deriva de la necesaria
recontextualización del discurso científico desde el foco emisor experto que representa
la comunidad científica hasta llegar al público receptor de los mensajes. Para empezar hemos de destacar que hace ya un cierto
tiempo que se han comenzado a oír voces que alertan sobre el riesgo de
convertir la información en mercancía. Si la información se convierte en una
mercancía más del mundo globalizado no hay duda que se resentirá la veracidad
de los mensajes informativos y, en general, la calidad de los medios de
comunicación pues su contenido se trivializará. Esta preocupación es compartida
hoy por periodistas y científicos sociales de todo el mundo. Este es el
contexto: estamos inmersos en un mundo en el que el «lo he leído en el diario,
lo he oído en la radio, lo he visto en la televisión o lo he leído y visto en
Internet» forma parte de nuestra formación cultural continuada a lo largo de
nuestra vida y en la que, sin parangón con épocas anteriores, los medios de
comunicación desempeñan un papel crucial y no sólo en la creación de una
opinión pública. Información-mercancía o
información-cultura La
realidad es que hoy ya se habla abiertamente de que los periodistas nos estamos
empezando a convertir en proveedores de contenidos. Así es como se nos
llama ahora en los grupos multimedia que nacen de las fusiones de las antiguas
empresas dedicadas al mundo de la información y en los que la antes llamada
actividad periodística consiste ahora en llenar el tiempo y el espacio que nos
deja el tiempo y espacio dedicados a la publicidad y al tráfico de influencias.
Por tanto, la definición es muy correcta, nosotros llenamos –damos
contenido− a esos tiempos de radio y de televisión o esos espacios de
diarios, revistas o webs para distribuir los mismos mensajes pero en diferentes
soportes. Y naturalmente, cuanto más creador de emociones sea el contenido, mejor,
porque lo que cuenta es obtener el impacto necesario para que la audiencia sea
la adecuada que necesita el negocio o la influencia del grupo multimedia. En
esta situación es fácil darse cuenta de que estamos ante un círculo perverso de
intereses que va a modificar, y mucho, la profesión del periodista y, lo que es
peor, va a condicionar, y mucho, el propio trabajo del periodista. Va a ser la
estrategia global del grupo multimedia el que marcará los objetivos de la
profesión y la información o algo que se le asemeje será sólo un contenido, un
medio para llegar al objetivo final de alcanzar mayor negocio y mayor
influencia para el grupo. Si no desarrollamos mayor espíritu crítico y una
reflexión sobre nuestra propia profesión, algo que será muy difícil en el seno
de tales grupos, estamos condenados a un futuro bastante pesimista, aunque
puedan existir excepciones como el ejemplo que nos brinda un diario como Le Monde
donde los criterios periodísticos y de profesionalidad prevalecen sobre los
otros, pues por suerte todavía hay quien piensa que no todo el público
potencial es manipulable y que por el contrario se van a instaurar mayores
niveles de exigencia entre la audiencia que, a medida que vaya siendo cada vez
más educada, sabrá discernir entre la información-mercancía y la
información-cultura.1 Hoy
ya no sorprende a nadie en los grupos llamados multimedia que sean los
consejeros-delegado o los directores de márketing los que establezcan las
líneas estratégicas informativas antes reservadas fundamentalmente a los
directores-periodistas de cada medio informativo. De hecho, los llamados
directores de las correspondientes redacciones han perdido el peso específico
que poseían antes. El ejemplo de cómo se actúa hoy ante la publicidad con
respecto a otros tiempos es bien elocuente. Pocos directores ejercen el derecho
de veto ante determinados mensajes publicitarios cada vez más agresivos y
mixtificadores, incluso se acepta mezclar acciones publicitarias con textos
eminentemente informativos, algo antes estrictamente controlado y que era una
de las claves deontológicas del periodismo: diferenciar siempre la publicidad
de la información.2 En
realidad, los medios ya no transmiten la realidad, la construyen en un contexto
en el que ya no es tan importante pensar para existir, sino que lo realmente
importante es comunicar para existir. Esto es lo que hace afirmar a pensadores
tan relevantes como el sociólogo Pierre Bordieau que estamos cada vez más
sometidos a una circulación circular de la información y a unos medios que en
realidad están imponiendo en la sociedad un fast
thinking que nos hace eliminar reflexión y que simplifica y trivializa los
mensajes, un fenómeno emparentado con el pensamiento único que nos amenaza y
que en realidad busca la espectacularización de las noticias para así mercantilizarlas con mayor facilidad. Ese
fast thinking se está imponiendo en
la sociedad y en general en los medios de comunicación y va a ser muy difícil
de romper. Ese es el contexto perverso al que aludía y hemos de ser conscientes
de que corremos un gran peligro, porque como hemos dicho al principio, al mismo
tiempo esos medios son los que mayoritariamente forman culturalmente a la
sociedad. Por suerte comienza a exteriorizarse una cierta preocupación sobre
esta deriva que se está produciendo en los medios de comunicación. En la
Conferencia Internacional sobre la Sociedad de la Información, que se celebró
en Santiago de Compostela en otoño pasado con el auspicio de la UNESCO,
periodistas, expertos y empresarios del mundo de la comunicación debatieron
sobre «la crisis de credibilidad en la prensa» y sobre «el nacimiento de un
nuevo periodismo que arrincona las cuestiones profundas para dedicarse al mundo
de los superficial”.3 Otra voz que
merece ser resaltada es la del premio Nobel de Literatura José Saramago quien
en la inauguración del la XV edición del Curso de la Escuela de Periodismo
Universidad Autónoma de Madrid-El País alertó sobre la
responsabilidad de los medios, «infinitamente más grande de la que los propios
medios creen tener» y apeló al «periodismo de reflexión para instalar la duda
en la sociedad».4 Este
proceso de configuración de grupos multimedia tiene asimismo otra dimensión que
hace aún más grave la situación general del periodismo. La gradual
concentración de empresas dedicadas al mundo de la comunicación constituye una
seria reducción de margen de maniobra y al grado de libertad. Hace 20 años, 50
compañías controlaban el mercado de los medios de comunicación y del
entretenimiento en Estados Unidos (¡extraña confluencia entre información y
divertimento!), que incluye la televisión, el cine, la radio, la prensa, el
cable, las revistas y los libros. Hoy hay sólo cinco: AOL-Time Warner, Viacom,
General Electric, Walt Disney y Fox Corporation. Y lo que es más preocupante,
la actual Administración Bush ha dejado bien claro que «el derecho a la
libertad de expresión de estos grandes conglomerados mediáticos es mucho más
importante que la diversidad de intereses y puntos de vista en la información”.5 Esta aseveración –en la que la equívoca
alusión a la libertad de expresión en realidad enmascara una libertad al
negocio− fue realizada por la Comisión
Federal de Comunicaciones en el momento de anular una restricción impuesta
hace décadas que impedía a una compañía poseer más de una cadena de televisión,
medida encaminada naturalmente a propiciar una mayor diversidad informativa y
evitar la concentración de medios de comunicación. Finalmente,
aunque no sea objeto de este análisis, no hay que olvidar la gradual injerencia
política y tráfico de influencias que experimenta el mundo de la información.
Las concesiones de canales de televisión, cadenas de radio, licencias de
telefonía móvil y otros «argumentos» similares en manos del poder político
hacen muy vulnerables a los grupos de comunicación y a sus líneas estratégicas
de información, donde una vez más los intereses del grupo acaban imponiéndose
en muchos casos al mantenimiento de criterios periodísticos. En una jornada de
debate sobre medios de comunicación organizada por la Escuela Superior de Administración de Empresas,
una de las conclusiones fue que «las presiones políticas son la mayor amenaza
que los medios de comunicación deben afrontar a la hora de ejercer su tarea de
informativa con independencia».6
Tan asumida está por la sociedad esta situación que incluso las noticias la
reflejan sin mayores problemas ni comentarios, incluso con cierta apariencia de
candidez. Un
ejemplo puede ilustrar perfectamente estas aseveraciones. Noticia de
portada de El Periódico (27/01/2001): «El PP negocia apoyar a Mas a
cambio de ser mejor tratados en TV3». O sea que resulta que las noticias de TV3
son abierta moneda de cambio, sin tapujos y sin vergüenza alguna, en los
trapicheos políticos entre PP y CiU para que Artur Mas se pueda afianzar como posible heredero de Jordi Pujol a la
presidencia de la Generalitat de Catalunya. (Nos comentaba un periodista amigo
al leer esta noticia: «Pobre Mas, él que no puede soportar los sucursalismos, y
pobres periodistas de TV3 a los que dentro de unos días les comenzarán a sonar
los teléfonos: ‘¡Ponme en el telediario tres noticias más del PP, marchando,
que si no nos vamos a quedar sin apoyo!’»). Este es el contexto en el
que también se mueve el mundo de la información científica y médica, no lo
olvidemos. Pasemos ahora del contexto a reflexionar sobre el recontexto: qué está pasando con la
comunicación científica y médica y con su transmisión a la sociedad en general.
Muy sintéticamente creemos que el problema básico es que, por esa presión
mediática para convertir las noticias en emociones del público, se va a crear
una respuesta cautiva del público respecto al medio y las noticias van a ser
evidentemente el gancho para todo un círculo publicitario y de poder de los
propios medios. En esta situación de búsqueda de la noticia-emoción-gancho, la
ciencia y muy especialmente la medicina y la sanidad permiten evidentemente por
sus características una gran espectacularización de las noticias. Y lo que es
peor es que el círculo vicioso que se está creando no es sólo achacable a la
propia prensa, sino que cae en él también en cierta medida la comunidad
científica, o como mínimo las revistas científicas especializadas de referencia
que son las que mayoritariamente marcan la agenda de la información científica
en el seno de lo que podemos considerar periodismo científico y médico. Del discurso científico al discurso público El
problema de la recontextualización es que queda claro que el discurso
científico en su contexto, en el de la comunidad de expertos y de las revistas
científicas admite la publicación y valoración del avance científico como un step by step, ese paso a paso, que es el
avance científico, aquel que determina que «in vitro hemos conseguido
esto y después esto se puede aplicar y a lo mejor esto un día se convierte en
un avance terapéutico». Éste es el discurso que hace el científico cada día y
que transmite a la sociedad científica en las revistas científicas, a través
del peer review, que aceptan esos
artículos para ser publicados y que en realidad forma parte de la propia
metodología científica: explicar y demostrar como se ha llegado a un resultado
a partir de una hipótesis y que ello sea reproducible. Hasta ahí todo perfecto,
pero cuando ese contexto científico se traslada a la sociedad a través de los
grandes medios de comunicación, aquí es donde seguramente está el problema como
hemos visto, en parte por aspectos que ya se han comentado como es esa
necesidad de hoy en día de vender la mercancía de las noticias, pero no quiero
dejar de señalar también, otra culpa y creo que también es muy importante.
Recuerdo hace años que trasladar la ciencia a la sociedad era una labor muy
difícil, era complicado poner en contacto el mundo científico con el gran
público porque había reticencias mutuas, el periodista tenía que ir a buscar la
noticia, tenía que acudir a las revistas científicas, tenía que sopesar si un
determinado avance científico lo era en realidad o no. Era un tipo de
periodismo activo, buscaba la noticia, se necesitaba salir a la calle –para que
todos nos entiendan− para traer a la redacción una noticia. Hoy todo esto
ha cambiado, hoy el periodismo evidentemente se ha convertido en un periodismo
mucho más pasivo, hoy el periodista no necesita salir a la calle, desde su mesa
de trabajo llena todas las páginas que quiere, incluso el mayor problema es
tener capacidad de selección y de discernimiento de cuál es la noticia del día
entre las muchas posibles. Eso
es lo que de alguna manera ha definido uno de los máximos periodistas médicos
del mundo que es Lawrence Altman, de The
New York Times, como un lazy
journalist, un periodismo perezoso. Está claro que en esa nueva forma de
circulación de las noticias desempeñan un papel fundamental las revistas
científicas de referencia en la que publican los científicos, y donde los
periodistas deben ir a buscar la información, pero en realidad la reciben de
forma ya preestablecida por la propia revista que selecciona sus temas, los
jerarquiza según sus propios criterios informativos (no científicos) para que
los periodistas tengan una buena información sin demasiado esfuerzo previo. De
este modo, la propia revista se convierte en un agente propagador de sí misma
para conseguir impacto en la sociedad a través de los medios de comunicación
para tener ella misma más audiencia y más credibilidad en la opinión pública y
seguramente más publicidad, ya que estas revistas científicas no son ajenas a
ese proceso comunicativo global que estamos padeciendo. Me
gustaría que reflexionáramos un momento sobre una frase que el actual editor de
Nature,
Philip Campbell, la revista que es seguramente la más citada por los medios de
comunicación de todo el mundo, escribió en el editorial de su revista cuando
tomó posesión de su cargo el 14 de diciembre de 1995: «Nature es una
institución que significa mucho más que un director, y continuará buscando la
excelencia científica pero también el impacto periodístico de forma
independiente». Por tanto, creo que si nos paramos a pensar en esta frase está
claro lo que está ocurriendo: la propia revista busca un gran impacto también
periodístico en la sociedad, y lo hace por mediación de esos comunicados de
prensa que nos facilitan, pero sobre todo nos condicionan, a nosotros los
periodistas en nuestra selección y tratamiento de la noticia, nos da incluso
los titulares, y nos ofrece abundante noticia fresca basada además en una
fuente que podemos citar como «prestigiosa revista» con lo que nos prestigiamos
a nosotros mismos por citarla como origen de la noticia. Así, el espíritu
crítico del propio periodista científico y médico está en cuestión y viene
condicionado mayoritariamente por ese foco emisor –sin duda, interesado−
en el que se han convertido la mayoría de revista científicas y médicas de
referencia. Está
lleno de ejemplos de noticias que ofrecemos los periodistas científicos
procedentes de los press releases de
revistas científicas que en realidad acaban convirtiéndose en anécdotas y que
no aportan nada nuevo al conocimiento científico, y que la mayoría de las veces
no tienen una continuación adecuada en los medios de masas. Sirven para llenar
espacios y tiempos informativos y poco más. Dicho de otro modo: son una buena
fuente como proveedoras de contenidos. La actual moda de los genes* que condicionan comportamientos humanos (homosexualidad,
infidelidad, alcoholismo, agresividad social, etc.) está llena de casos como el
que señalamos. Habría que investigar qué persigue en realidad la revista
científica en cuestión cuando selecciona estas noticias para su publicación:
¿impacto científico o impacto mediático? Y si es esto último, ¿cómo se ha
realizado el proceso de peer review
para determinar la correspondiente publicación? Este tipo de «novedades
científicas», ¿se publican en la revista simple y llanamente porque se sabe que
luego tendrá un impacto mediático o realmente porque representan un paso más en
el conocimiento científico? ¿Realmente se puede, como pretende Campbell, tratar
«independientemente» la noticia científica y el impacto periodístico? Ése
es básicamente el problema del recontexto
de las noticias médicas y de salud. Pero existen otros muchos problemas, como
por ejemplo la dificultad de acompasar el tiempo científico y el tiempo del
periodista. El tiempo científico es siempre relativo, siempre hay tiempo para
ir redescubriendo, reconsiderando, corrigiendo lo que se está haciendo, lo que
se publica siempre se pone en cuestión inmediatamente por el propio equipo
científico, por tanto siempre es una probabilidad que luego tiene sus
aplicaciones, pero que puede evolucionar como cualquier conocimiento
científico. El tiempo periodístico es un tiempo absoluto, es un tiempo que no
admite la probabilidad y que se traslada además en titulares taxativos, como
casi siempre son los titulares de las noticias. Las verdades periodísticas son
o no son, no admiten el puede o podría ser… Entonces, ahí también hay una
dificultad adicional que hace complicado que se pueda realmente trasladar de
forma rigurosa el avance científico al gran público porque implica una
simplificación muy importante del discurso científico, con el agravante que
plantea la generación de determinadas expectativas cuando de salud y medicina
se trata. Una avance de una posible terapia en fase experimental es siempre
interpretada por el público afectado directa o indirectamente como que ya es
válida para el ser humano y cualquier noticia de prensa al respecto se
convierte inmediatamente en una pregunta llena de ansiedad al correspondiente
médico que trata a la persona en cuestión. ¿Qué hay de lo mío? Está
claro que esa situación en perspectiva y en contexto que requiere la
información científica no siempre es posible e incluso cuando se puede realizar
plantea problemas de interpretación por el público receptor. Otro elocuente
ejemplo ilustrará de nuevo el alcance del problema. BTV,
la televisión local de Barcelona, programa una vez al mes una noche temática
dedicada a las ciencias. El 9 de noviembre del 2000 se dedicó a «Los retos de
la genética». Se establecía un debate entre científicos; en la mesa expertos en
diferentes campos de la biología y de la genética, se habla de lo que es la
genética, de las perspectivas que plantea este conocimiento, de que en el
futuro relativamente lejano, allá por el 2020, quizá se puedan realizar las
primeras terapias génicas con ciertas garantías para algunas enfermedades
hereditarias, también se habla de la dificultad de transmitir todo esto a la
sociedad… Llegado un momento del debate, uno de los participantes comenta, en
síntesis, lo siguiente: «Creo que el reto de la
genética es estrictamente genético, es decir, todas esas ratas que tienen los
científicos dentro de los laboratorios y lo que hacen con ellas es algo que se
le tiene que explicar al ciudadano del siglo XXI. Estamos hablando de
descubrimiento científico y de su aplicación y ahí es donde la sociedad se
inquieta, porque aquella idea de la ciencia pura dentro del laboratorio se
convierte en fracciones de segundo en una expectativa entre el público, y esos
hechos los tenemos que contar a los ciudadanos de manera que se entiendan. A mí
lo que me ha llamado mucho la atención es lo siguiente: a ningún ciudadano que
ande caminando por las Ramblas se le ocurre cuestionar la validez de que existe
el Liceo o que tengan una cantante de ópera, yo no veo por qué se va a
cuestionar el que alguien se quiera dedicar a algo inútil como lo que hago yo,
por ejemplo, que es el origen de la vida. Esto lo pongo como ejemplo, porque yo
creo que un problema que tenemos en la civilización latinoamericana, la cultura
latinoamericana y en la cultura española es que la ciencia no ha sido parte de
nuestra identidad cultural, es muy raro encontrarse que un inglés, un francés o
un estadounidense, cuestionen la legitimidad de la ciencia, sea aplicada o
básica, yo creo que el problema es, no hay ciencia aplicada y no hay ciencia
básica, hay buena ciencia o mala ciencia, y la buena ciencia puede llegar a
tener aplicaciones en el futuro o tal vez no, pero incluso aunque no las tenga
yo creo que es una obligación en una cultura como la nuestra el que la ciencia
se incorpore como un elemento importante de nuestra identidad cultural, ahora
eso requiere que haya obligaciones de muchos sectores de la sociedad, por
supuesto de los científicos en primer término, de los científicos con los
científicos, porque la mayor parte de los científicos somos analfabetos
funcionales, yo puedo tener una idea de cómo era la tierra primitiva, pero si
alguien me pregunta cuál es la situación actual de la física de partículas, no
voy a tener ni idea. La especialización del campo de la ciencia ha sido enorme.
En segundo término está la responsabilidad de los comunicadores, si uno se
asoma a televisión española, por ejemplo, el tiempo que se le da a la
divulgación de la ciencia, es mínimo, comparado con el que se da a la
divulgación de la vida privada de las cantantes. Yo creo que hay que aceptar el
compromiso de que la ciencia sea parte de nuestra cultura general.» Y
en ese momento del debate en directo, la moderadora, Gemma López Jornet, abre
la línea telefónica y dice: «Quien lo desee puede llamar y preguntar sobre lo
que estamos tratando...»: −
Hola, buenas noches. −
¿Cuál es su pregunta? −
Me llamo Sonia, estoy viendo vuestro debate, vuestro coloquio y resulta que
tengo una hija que tiene 21 meses y tiene una enfermedad genética, tiene que
ver con el riñón, es una enfermedad que conlleva insuficiencia renal, y
entonces, por lo que me han dicho los médicos la hemos cogido a tiempo, le han
puesto un tratamiento a base de corticoides y quimio, y no le ha hecho nada, entonces, mi
pregunta es: en sí la genética qué es, qué ayudas está haciéndome a mí, aquí,
en el problema que yo tengo, dónde puedo acudir para que me asesoren sobre el
problema que tengo con la cría, como veo que aquí estáis, la verdad
sinceramente, hablando con tanta tranquilidad, tanta seguridad, tanta
sinceridad, pues digo, a ver lo que ellos me pueden decir, porque es que yo, de
verdad, llevo así ocho meses, me llevan para un sitio, me llevan para otro y no
sé lo que tengo que hacer; luego aparte tengo otro problema: estoy embarazada
de seis meses y medio, ni los tocólogos, ni los nefrólogos me pueden asegurar
que mi hijo sea sano…» Queda claro que, en el
contexto de un debate amplio, serio y divulgador de «Los retos de la genética»,
qué es lo que ve y oye el público, qué es lo que siente esa madre que además
vuelve a estar embarazada… «¡Qué hago, dónde voy! Porque ustedes hablan de
muchas cosas, pero a mí lo que me importa de todo esto es cómo me afecta y cómo
lo soluciono». Por tanto, si en ese contexto, que podemos considerar adecuado,
nada simplificador, en un programa de una hora y media de debate, se crea esa
expectativa en esa madre, qué no se va a crear cuando se publica que el
Parkinson prácticamente está en vías de curación… en ratas de laboratorio. Ética de la comunicación médica Si además a todo esto
recordamos que en sólo tres años se han triplicado en los cinco periódicos de
mayor difusión de España las noticias de carácter médico y de salud,7 manteniendo en general el mismo número
de periodistas que cubren estas informaciones en los citados diarios, nos
podemos imaginar el problema que se plantea para una adecuada gestión de todas
esta información. Nos podemos imaginar la cantidad de mensajes que se están
lanzando a la sociedad a través de los medios de comunicación que generan expectativas,
que crean confusión, que resultan anecdóticos… pero que impactan en un público
muy sensibilizado por todo aquello que tiene que ver con la salud y el
bienestar personal. Estamos ante un problema grave, una gran dificultad de
transmisión de cultura científica a la sociedad y, por tanto, mi tesis es que
no todo debería ser publicable en un gran medio de comunicación aunque lo sea
en una revista de referencia. Todo esto nos ha de hacer
reflexionar sobre la necesidad, y esa es mi tesis, de que hemos de llegar todos
juntos, revistas científicas, científicos, periodistas y editores de medios,
todos los implicados en la cadena de la transmisión de este tipo de
conocimiento, a establecer un código ético en la publicación de las noticias de
medicina y de salud a la sociedad. Hemos de empezar a pensar
en la necesidad de practicar a todos los niveles implicados una ética de la
comunicación médica. * Glosario de Biomedia Más información en Biomedia: Notas 1 Sobre la evolución del modelo de periodismo de
calidad, recomendamos la lectura de Le journal Le Monde. Une histoire
d’indépendance, Éditions Odile Jacob,
2001. (Este artículo forma parte del número especial de la revista Quark
número 20 de próxima aparición, que recoge las ponencias del encuentro
“Información y genes” organizado por la Fundación Hefame en Barcelona en
noviembre de 2000) |
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