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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones La Antártida, el gran laboratorio
Biomedia (Barcelona).
La
Antártida es el gran laboratorio que ha hecho que muchos científicos cambiasen
su bata blanca por gruesos anoraks. Sobre y bajo el hielo se esconden las
claves que abren las puertas al conocimiento sobre el origen de la vida, el
funcionamiento de nuestro planeta, su evolución e incluso algunas pistas sobre
la composición del espacio. El gran
guardián de los más de 30 millones de metros cúbicos de hielo continentales es el océano
Glacial Antártico, allá donde los océanos Índico, Pacífico y Atlántico pierden
el nombre. En esta franja invisible y sinuosa de agua se produce un fenómeno de
inmersión entre las aguas frías superiores y las masas de aguas subantárticas a
temperaturas más altas. Este choque entre aguas es lo que se llama convergencia
antártica, una auténtica mezcla térmica infranqueable por cualquier organismo
acuático. Las corrientes del gran océano circulan alrededor como dos inmensas
anillas. Los vientos procedentes del continente fluyen de oeste a este sin
encontrar obstáculos, originando una gran corriente superficial, conocida como
corriente circumpolar antártica. Las condiciones son duras y, por si fuera
poco, en invierno, las aguas marinas crean un gran anillo de hielo que rodea el
continente, llegando a diluir su perímetro real con una banquisa que aumenta su
superficie de 14 a 20 millones de km2. No es extraño que, durante
años, la relación del resto del mundo con este continente no haya sido de igual
a igual. Son cientos los exploradores que dejaron la vida en el camino hacia la
conquista de la Terra Australis Incognita. Las
investigaciones realizadas están revelando que el estudio del continente blanco
es la clave para entender los procesos ambientales y climáticos a escala
planetaria. Esta región se comporta como regulador esencial del clima del
planeta. Sus peculiares características actúan de manera decisiva sobre la
dinámica de fluidos (atmósfera-agua marina) que determina el balance energético
de la Tierra, lo que lleva a considerar el continente austral como un elemento
determinante dentro del ecosistema global del planeta. Una de las principales
líneas de investigación abiertas hace referencia a la presumible importancia
del flujo de carbono que tiene lugar en los procesos biofísicos, actuando como
receptor y donante de CO2, el gas que más atención merece en el
estudio del cambio climático. Los
nombres a los que la historia atribuye el descubrimiento de la Antártida son
Amundsen y Scott, que en 1911 y en 1912 respectivamente llegaron al polo sur
geográfico. Ahora bien, la auténtica exploración de estas tierras la realizaron
pequeños navegantes y, especialmente, los balleneros, llamados así por la
abundancia de ballenas -que se alimentan de krill, la especie más abundante en
la corta cadena trófica- lo que puso en peligro su equilibrio ecológico hasta
que el Tratado Antártico, firmado en 1959, convirtió el continente en la mayor
reserva natural del mundo. Y es que la convergencia antártica también tiene una
gran importancia biológica. Esta barrera natural ha hecho que el continente
permanezca alejado de las manos de la humanidad impidiendo la entrada de
especies ajenas a su ecosistema. Por este motivo, es el lugar donde se
encuentra una menor variedad de especies. La gran paradoja es que precisamente
esta pobreza es el origen de su riqueza biológica desde el punto de vista de la
investigación. Su corta cadena trófica se ve compensada por la complejidad de
sus seres vivos. La vida está marcada por condiciones ambientales muy adversas
y dinámicas. Estas circunstancias han hecho que, con el paso del tiempo, los
organismos se hayan adaptado a través de fascinantes mecanismos biológicos. Es
el caso de peces que en sus tejidos disponen de sustancias anticongelantes o
los microbiota aislados que habitan en la zona de los Valles Secos, en el
interior de este continente helado, pero tan seco como el desierto del Sahara.
O los organismos microscópicos que cuando invernan detienen su metabolismo para
adaptarse a las condiciones extremas y que quizás pueden dar alguna pista sobre
cómo se originó la vida en la Tierra.
La
Antártida también ha abierto las puertas a una nueva disciplina: la
paleoclimatología, que estudia el clima del planeta en épocas remotas. El hielo
es el principal testimonio de esta ciencia. En sus capas, han quedado atrapados
en el tiempo y en el espacio diferentes elementos que hablan sobre el pasado.
Existe un programa internacional de perforación del hielo que, hasta el
momento, ha llegado a 2700 metros de profundidad, lo que supone un cúmulo
de datos correspondientes a unos 150 000 años. Además de fósiles tropicales que
desvelan cómo se formaron los continentes, el hielo conserva burbujas de aire
que quedaron atrapadas hace millares de años, lo que permite saber cómo era la
atmósfera por aquel entonces y si, antes que la humanidad estuviese sobre la Tierra,
existían signos de contaminación. En los estudios que se han realizado hasta
ahora, se han encontrado resultados que demuestran la existencia de bruscos
cambios climáticos a lo largo de la historia. También han quedado registrados
los efectos sobre el ecosistema global de erupciones volcánicas, e incluso de
las explosiones nucleares del siglo XX. Otro
foco de atracción científica es el estudio del universo. La Antártida es el
yacimiento de meteoritos más importante del planeta. No es que caigan más que
en otros lugares, sino que son más fáciles de localizar. La NASA cuenta con un
programa especial para recoger datos al respecto. Por otro lado, la
transparencia del cielo antártico, dado que su capa atmosférica es muy tenue,
proporciona unas condiciones de observación excepcionales, por lo que se trata
de uno de los mejores observatorios del mundo. Y como los períodos de luz y
oscuridad son muy largos es el lugar ideal para recoger largas series de datos.
Además, como no hay contaminación, ni vapor de agua, las nubes o la niebla son
muy inusuales. Sin embargo, estas virtudes son las que hacen que la atmósfera
antártica sea especialmente frágil, por lo que el proceso de destrucción de la
capa de ozono, observada por primera vez en este continente en 1984 por un
satélite de la NASA, es mayor que en cualquier otro lugar del planeta. Más
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