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La compleja obesidad de cada día

Victoria Mendizábal 21/07/04

Biomedia (Barcelona). Curar la obesidad con una pastilla es un sueño que muchos pacientes y médicos aplaudirían. Según algunos miembros de la industria farmacéutica, esto sería posible gracias a la aparición, en un plazo de dos años, de un nuevo fármaco: el «Rimonabant», desarrollado por los laboratorios Sanofi-Synthelabo.

Aunque el avance puede significar un gran logro para uno de los problemas sanitarios más extendidas dentro de la población occidental, la investigadora Victoria Mendizábal plantea si este sueño es factible  y si la información que recibimos sobre este tema por parte de los medios y de la industria farmacéutica es tratada con suficiente rigor.

El mecanismo de acción de «Rimonabant», que además de para la obesidad, está indicado para el tabaquismo, ha sido debatido en un simposio auspiciado por Sanofi-Synthelabo en el marco del 13er Congreso Europeo sobre Obesidad (ECO), celebrado en Praga a finales del pasado mes de mayo de 2004.

¿Epidemia o manipulación mediática?

De la opulencia física plasmada por los pinceles de Rubens −robustez que era entonces síntoma de salud− se ha pasado a los cuerpos estilizados de las modelos como íconos de belleza. Paradójicamente, a juzgar por las estadísticas que invaden los medios de comunicación, la obesidad se ha convertido en una verdadera epidemia, razón por la que muchos expertos ya han acuñado el término de globobesidad para referirse al fenómeno.

Pero en este panorama de corpulencia globalizada, donde algunos medios hablan de que un 35% de la población del mundo desarrollado es obesa, cabe preguntarse si es que los gordos se esconden o será que estos porcentajes no están claramente definidos. Seguramente, la observación minuciosa de los transeúntes de una calle céntrica de cualquier capital europea revelaría otras cifras. Es posible que 1 de cada 3 peatones tenga algún rollito o alguna prominencia en la barriga, pero lo que es seguro es que no sería considerado obeso si se lo sometiera a un examen clínico.

Una primera aproximación al diagnóstico de la obesidad es el cálculo del índice de masa corporal, también conocido como BMI (body mass index) y que indica el estado nutricional de la persona considerando dos factores elementales: su peso actual y su altura. El cálculo de este índice, que se obtiene dividiendo el peso de una persona por su altura multiplicada al cuadrado, arroja como resultado un valor (entre 16 y 45) que indica si la persona en cuestión se encuentra por debajo (<20), dentro (entre 20 y 25) o excedida (> 25) del peso establecido como normal para su tamaño físico. Ahora bien, pasar de los 25 puntos no significa que uno pase automáticamente a ser considerado obeso. Cuando este número se acerca a los 30 puntos hay sobrepeso; hasta los 35, existe obesidad, y si supera los 35 o 40 puntos la obesidad es severa o también llamada mórbida.

Por ejemplo, si una persona mide 1,56 m y pesa 55 kilos, su índice es de 22,2 y, aunque ella considere que tiene unos kilitos de más, no está excedida. Si, con esa altura, pesara alrededor de 75 kilos presentaría un sobrepeso importante, aunque sólo sería considerada obesa a partir de los 90 kilos. Es decir, que si de obesidad se trata, más que de un michelín abdominal hablamos de alrededor de 40 kilos de más por encima del peso aconsejado. Entonces, volviendo a nuestra estadística intuitiva en una calle cualquiera de una capital europea, ¿no es factible que los medios de comunicación estén empleando los términos sobrepeso y obesidad como sinónimos?

Según datos del Instituto Nacional de Estadística de España, un 11% de la población general adulta presenta obesidad (IMC>30). Sólo cuando se considera el exceso de peso como criterio, esta cifra se incrementa hasta un 32%. Ni siquiera en Estados Unidos, paradigma de la obesidad, los porcentajes se aproximan a los postulados por los medios de comunicación. Estadísticas del CDC (Centers for Disease Control and Prevention) revelan que mientras el 57% de la población adulta está excedida de peso, un 22% es verdaderamente obesa. Según un estudio de la misma institución estadounidense publicado en Archives of Internal Medicine, «la obesidad severa creció el doble que la obesidad moderada» en menos de 15 años.

En este contexto, en el que de todas las formas de obesidad, la que ha crecido más rápidamente es la de quienes se exceden en más de 45 kilos al peso normal, los laboratorios Sanofi-Synthelabo presentan su nuevo producto estrella: «Rimonabant», que sería capaz de reducir en 8,6 kilos el peso de los pacientes después de recibir tratamiento diario durante un año.

Contra millones de años de redundancia biológica

Epidemia o manipulación, lo cierto es que mientras un inmenso sector de la población mundial está más cerca de la desnutrición que del sobrepeso, la obesidad en el mundo desarrollado ha pasado a ser un problema importante para los sistemas de salud. El hecho de que la obesidad esté relacionada con un mayor riesgo cardiovascular y con el desarrollo de enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión pesa ya demasiado en los bolsillos de los organismos que financian la salud pública.

Durante los últimos 10 años −para muchos, la edad de oro de la investigación sobre obesidad− los científicos han estudiado una variedad de moléculas involucradas en la regulación del peso corporal. Así, se ha intentado definir el papel de hormonas producidas por las células grasas y el tracto digestivo, como la leptina o la colesistokinina, que actúan en el balance energético a corto y a largo plazo a través del sistema nervioso central. También se han identificado genes clave, como el receptor de la melanocortina 4 o la prohormona convertasa 1, cuya mutación lleva a la obesidad mórbida. Sin embargo, el panorama no parece tan sencillo.

Mientras las mutaciones que llevan a obesidad mórbida son sumamente raras, la predisposición sutil a la obesidad no lo es tanto. Al parecer, la regulación del apetito y el balance energético están controlados por varios sistemas y vías superpuestas.

De esta manera, la realidad es que nuestro bagaje genético está preparado para enfrentar las presiones de un medio que alguna vez fue «devora o serás devorado», una consigna algo diferente de la que impera hoy en el mundo desarrollado. Al parecer, los humanos hemos sido diseñados para ganar peso más que para perderlo y la naturaleza ahorrativa de nuestros genes nos induce a tomar completa ventaja de los sabrosos aderezos de la vida moderna. «Es muy importante comer para sobrevivir», dijo el genetista Steve O'Rahilly en la revista The Scientist, «así, es probable que tengamos múltiples mecanismos de seguridad para garantizar que continuemos comiendo. En otras palabras, las vías involucradas en la regulación del apetito son redundantes y miran la una por la otra de tal manera de que si una falla la otra toma el relevo».

Sin embargo, esta complejidad parece no detener a una gran mayoría de científicos que, desde el paradigma imperante del determinismo genético, sigue creando expectativas sobre el posible control químico de la obesidad. Algunos investigadores hasta albergan esperanzas en los inhibidores de la angiogénesis, históricamente más asociados con las terapias contra el cáncer. Aunque, sin duda, entre los grandes favoritos del momento están los fármacos que bloquean receptores cannabinoides (CB1), tales como «Rimonabant», que sería el primero en salir al mercado.

Estadísticamente significativo, pero ¿relevante?

El sistema endocannabinoide (EC) es un sistema fisiológico recientemente descrito y que aún se está investigando, que cumple, entre otras, un papel fundamental en el mantenimiento del equilibrio metabólico del organismo. Al parecer, la actividad de este sistema es mayor en personas con sobrepeso y está asociada con una ingesta excesiva de alimentos. Por lo tanto, al bloquear los receptores CB1, el fármaco normaliza la sobreactivación del sistema EC, lo que se traduce en una pérdida de peso y en una mejora de los factores de riesgo cardiovascular en pacientes con sobrepeso.

Uno de los ensayos presentados por Sanofi-Synthelabo, denominado «RIO-Lipids», comparó «Rimonabant» con un placebo en 1036 pacientes con sobrepeso u obesos con dislipemia no tratada (triglicéridos elevados y colesterol HDL bajo). «Rimonabant» redujo en 8,6 kg el peso de los pacientes después de recibir tratamiento diario durante un año con una dosis de 20 mg de fármaco junto con una dieta hipocalórica. Además, la pérdida de peso se acompañó de una disminución promedio de la circunferencia de la cintura de 9,1 cm y de una mejora significativa en los parámetros metabólicos asociados al riesgo cardiovascular.

Los resultados presentados por Sanofi-Synthelabo, si bien son estadísticamente significativos no parecen ni muy espectaculares, ni tampoco novedosos. También alrededor de 10 kilos perdían los 688 individuos con un índice de masa corporal superior a 30 kg/m2 tratados con «Ortistat», un inhibidor de lipasas intestinales, introducido en el mercado en el año 1999. Según advierte la Organización Mundial de la Salud, el vertiginoso aumento de la incidencia de la obesidad se debe más a cambios en los patrones de comportamiento generados por la vida moderna, que a cuestiones estrictamente genéticas o fisiológicas. Por lo tanto, es más probable que éste nuevo problema sanitario se resuelva promoviendo estilos de vida menos sedentarios y dietas con menor contenido graso que con una píldora mágica. Claro que esta aproximación, aunque más efectiva, no engrosaría los bolsillos de las farmacéuticas. Todo parece indicar que la lucha contra la redundancia biológica publicitada por estas industrias no irá mucho más allá de una modesta decena de kilos.

Sobre el principio de precaución

Ahora bien, asumamos que, si bien modesta, la reducción de 8 kilos sea relevante. Muchos estudios han demostrado que esta pérdida de peso puede ser clínicamente apreciable en la medida en que es suficiente para conseguir la mejoría en algunas de las complicaciones cardiovasculares o metabólicas asociadas a la obesidad. Pero, ¿qué pasa con los efectos adversos? Según expresó uno de los investigadores principales del ensayo clínico, el índice de abandono del estudio debido a efectos secundarios fue del 15% en el grupo tratado con el fármaco, frente al 7% del placebo. Y aclaró que la mayoría de ellos (náuseas, diarrea e irritación de las vías respiratorias) fueron leves y transitorios.

Lo llamativo del asunto es que el sistema cannabinoide está involucrado en una variedad de procesos fisiológicos, tales como la memoria, el aprendizaje y la inmunidad, entre otros, de los que Sanofi-Synthelabo no reporta ningún dato. Más aún, ¿qué pasa cuando se interrumpe el tratamiento? Todos sabemos bien que en la mayoría de los casos, tras la interrupción de cualquier tratamiento anti-obesidad se produce un aumento de peso, si no se han introducido cambios en los hábitos alimentarios y de vida de los pacientes.

Resulta curioso que cuando la mayor parte de la comunidad científica involucrada en la investigación sobre cannabinoides promulga el principio de precaución ante la legalización de la marihuana medicinal, no pongan muchas objeciones a la hora de sacar al mercado una fármaco como «Rimonabant» que funcionalmente no es más que un anti-cannábico. Está claro que la incongruencia no es de tipo científico sino más bien de corte económico-político. Aunque, seguramente, la comunidad científica tendría mucho que decir sobre el análisis profundo de los resultados presentados por la farmacéutica.

Victoria Mendizábal es doctora en Farmacología por la Universidad de Buenos Aires, máster en Comunicación Científica por la UPF y colaboradora del Observatorio de la Comunicación Científica. Es investigadora de la Unidad de Neurofarmacología del Departamento de Ciencias Experimentales y de la Salud de la Universidad Pompeu Fabra.

Más información en la red:
Sanofi-Syntelabo: Rimonabant
http://www.drugdevelopment-technology.com/projects/rimonabant/

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