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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Phobos y Deimos
Biomedia (Barcelona). Phobos y Deimos,
hijos gemelos de Ares y Afrodita, simbolizan el miedo en la mitología griega.
Phobos es el pánico; Deimos, el terror. Ambos acompañaban a su padre, dios de
la guerra, en todas sus batallas y personifican sentimientos habituales en
situaciones bélicas. Desde el pasado 11 de septiembre, el espíritu destructivo
de Ares se ha puesto una vez más de manifiesto. Y con él los dos gemelos han
sembrado pánico y terror en la población. Un miedo que no es infundado, pero sí
desproporcionado. Un sector nada despreciable de la sociedad occidental siente
miedo de un tipo de armas aparentemente nuevo, las biológicas. Los medios de
comunicación nos advierten de la posible diseminación de epidemias*. El “ántrax” podría azotar a la población
mundial. Phobos y Deimos han logrado que el ciudadano corriente se sienta
amenazado por una enfermedad que cree no conocer. En realidad, ¿no la
conocemos? Es posible que parte de la confusión venga por que los medios de
comunicación están empleando una palabra aparentemente nueva para nombrar a una
enfermedad que ha estado presente en las sociedades agropecuarias durante
milenios. El carbunco* (o ántrax maligno) es una afección del
ganado vacuno y ovino que puede transmitirse a la especie humana. Su agente
causal, Bacillus anthracis, es conocido desde los tiempos de Pasteur y
Koch. Este último utilizó esa bacteria, que inyectaba a ratones, para
desarrollar la teoría microbiana de la enfermedad infecciosa, y para establecer
sus famosos postulados, uno de los pilares de la microbiología clínica. En el
programa de la asignatura de “Microbiología, técnica bacteriológica y
preparación de sueros medicinales” del curso 1903-1904, de la Facultad de
Farmacia de Madrid, impartida por Francisco de Castro, la lección 27 dice así:
“Bacillus anthracis […] Propiedades biológicas. Investigación en el
organismo, en el suelo y en el agua. […] Toxina: su preparación y
propiedades. Vacunación, productos y medios para practicarla. Seroterapia.
Aglutinación”. El carbunco, 98 años más tarde, sigue presente en los libros de
microbiología, si bien la baja incidencia actual, gracias a las vacunas, ha
hecho que el espacio que ocupa su descripción sea mucho menor. Un repaso a las
estadísticas epidemiológicas de las comunidades autónomas españolas nos muestra
que el carbunco, aunque con una incidencia muy baja, sigue estando presente.
Según datos del Butlletí epidemiològic de Catalunya, que publica el Departamento de Sanidad y
Seguridad Social de la Generalitat de Catalunya, el año 1997 se registraron
3 casos: dos en la comarca de la Selva y uno en la Conca de Barberà. No se
encuentra registrado caso alguno posterior, pero eso no significa que la
enfermedad haya desaparecido. El bacilo* que
la causa puede mantenerse en el suelo —que es su hábitat natural—en forma de
esporas*, que resisten la desecación y las
altas temperaturas. El Anuario estadístico 2001 de la Junta de Castilla y León registra tres
casos de carbunco en el año 2000: uno en la provincia de Burgos, otro en la de
Palencia y otro en la de Salamanca. El informe epidemiológico de la provincia
de Zaragoza de las semanas 1 a 4 del año 2001 registra también un caso. Que en
Aragón debía de ser una enfermedad corriente —y no por ello menos temida—, lo
demuestra una estrofa de los “Gozos a la Milagrosa imagen de la Sierra,
venerada en los términos de la antigua villa de Biel”, que dice así: “De tu
lámpara el licor / Y el contacto de tu manto, / Curan con notorio santo / El
carbunco y el tumor…” En diciembre del
2000, la revista Science
informaba del inicio de un programa de investigación ruso-norteamericano cuya
finalidad era la búsqueda de microorganismos para su posible aplicación, con
fines beneficiosos, en biotecnología. Los microbiólogos rusos participantes en
el proyecto habían investigado en la antigua Unión Soviética sobre armas
biológicas. El Gobierno estadounidense destinó un millón de dólares a este
programa, para que los expertos rusos trabajasen para la paz. Sin embargo,
Estados Unidos es el país que más a fondo ha investigado las armas biológicas. Y,
según parece, sin permiso del presidente. Después de la Segunda Guerra Mundial,
el ejército dispersó una bacteria, aparentemente inocua, en la bahía de San
Francisco, para estudiar el posible alcance de las armas biológicas (el color
rojo vivo de aquel microorganismo facilitaba su detección). Las protestas de
microbiólogos destacados, como Roger Stanier, fueron inútiles. Años más tarde
se han atribuido a aquella bacteria, Serratia marcescens, algunos brotes
infecciosos de la época. La guerra y el terrorismo son situaciones que hay que
temer cualquiera que sea el tipo de armas empleado. Las bacterias*, los virus*
y las toxinas* de origen biológico pueden
causar estragos entre la población, pero su manejo es mucho más difícil que el
de las armas convencionales. Detectados a tiempo, pueden tratarse con
antibióticos*, como la ciprofloxacina en
el caso del carbunco; contra muchos, hay vacunas. Pero tenemos sobrados
ejemplos de la “eficacia” mortal de unos “proyectiles inteligentes”, que matan
más que las armas biológicas. Y contra las bombas no hay vacunas ni antídotos. Ricard
Guerrero es catedrático de Microbiología de la Universidad
de Barcelona. Nota: Una versión abreviada de este artículo
se publicó en La Vanguardia
del domingo 21 de octubre del 2001. * Glosario de Biomedia Más
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