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Phobos y Deimos

Ricard Guerrero 26/10/01
Opinión

Biomedia (Barcelona). Phobos y Deimos, hijos gemelos de Ares y Afrodita, simbolizan el miedo en la mitología griega. Phobos es el pánico; Deimos, el terror. Ambos acompañaban a su padre, dios de la guerra, en todas sus batallas y personifican sentimientos habituales en situaciones bélicas. Desde el pasado 11 de septiembre, el espíritu destructivo de Ares se ha puesto una vez más de manifiesto. Y con él los dos gemelos han sembrado pánico y terror en la población. Un miedo que no es infundado, pero sí desproporcionado. Un sector nada despreciable de la sociedad occidental siente miedo de un tipo de armas aparentemente nuevo, las biológicas. Los medios de comunicación nos advierten de la posible diseminación de epidemias*. El “ántrax” podría azotar a la población mundial. Phobos y Deimos han logrado que el ciudadano corriente se sienta amenazado por una enfermedad que cree no conocer. En realidad, ¿no la conocemos? Es posible que parte de la confusión venga por que los medios de comunicación están empleando una palabra aparentemente nueva para nombrar a una enfermedad que ha estado presente en las sociedades agropecuarias durante milenios.

El carbunco* (o ántrax maligno) es una afección del ganado vacuno y ovino que puede transmitirse a la especie humana. Su agente causal, Bacillus anthracis, es conocido desde los tiempos de Pasteur y Koch. Este último utilizó esa bacteria, que inyectaba a ratones, para desarrollar la teoría microbiana de la enfermedad infecciosa, y para establecer sus famosos postulados, uno de los pilares de la microbiología clínica. En el programa de la asignatura de “Microbiología, técnica bacteriológica y preparación de sueros medicinales” del curso 1903-1904, de la Facultad de Farmacia de Madrid, impartida por Francisco de Castro, la lección 27 dice así: “Bacillus anthracis […] Propiedades biológicas. Investigación en el organismo, en el suelo y en el agua. […] Toxina: su preparación y propiedades. Vacunación, productos y medios para practicarla. Seroterapia. Aglutinación”. El carbunco, 98 años más tarde, sigue presente en los libros de microbiología, si bien la baja incidencia actual, gracias a las vacunas, ha hecho que el espacio que ocupa su descripción sea mucho menor.

Un repaso a las estadísticas epidemiológicas de las comunidades autónomas españolas nos muestra que el carbunco, aunque con una incidencia muy baja, sigue estando presente. Según datos del Butlletí epidemiològic de Catalunya, que publica el Departamento de Sanidad y Seguridad Social de la Generalitat de Catalunya, el año 1997 se registraron 3 casos: dos en la comarca de la Selva y uno en la Conca de Barberà. No se encuentra registrado caso alguno posterior, pero eso no significa que la enfermedad haya desaparecido. El bacilo* que la causa puede mantenerse en el suelo —que es su hábitat natural—en forma de esporas*, que resisten la desecación y las altas temperaturas. El Anuario estadístico 2001 de la Junta de Castilla y León registra tres casos de carbunco en el año 2000: uno en la provincia de Burgos, otro en la de Palencia y otro en la de Salamanca. El informe epidemiológico de la provincia de Zaragoza de las semanas 1 a 4 del año 2001 registra también un caso. Que en Aragón debía de ser una enfermedad corriente —y no por ello menos temida—, lo demuestra una estrofa de los “Gozos a la Milagrosa imagen de la Sierra, venerada en los términos de la antigua villa de Biel”, que dice así: “De tu lámpara el licor / Y el contacto de tu manto, / Curan con notorio santo / El carbunco y el tumor…”

En diciembre del 2000, la revista Science informaba del inicio de un programa de investigación ruso-norteamericano cuya finalidad era la búsqueda de microorganismos para su posible aplicación, con fines beneficiosos, en biotecnología. Los microbiólogos rusos participantes en el proyecto habían investigado en la antigua Unión Soviética sobre armas biológicas. El Gobierno estadounidense destinó un millón de dólares a este programa, para que los expertos rusos trabajasen para la paz. Sin embargo, Estados Unidos es el país que más a fondo ha investigado las armas biológicas. Y, según parece, sin permiso del presidente. Después de la Segunda Guerra Mundial, el ejército dispersó una bacteria, aparentemente inocua, en la bahía de San Francisco, para estudiar el posible alcance de las armas biológicas (el color rojo vivo de aquel microorganismo facilitaba su detección). Las protestas de microbiólogos destacados, como Roger Stanier, fueron inútiles. Años más tarde se han atribuido a aquella bacteria, Serratia marcescens, algunos brotes infecciosos de la época. La guerra y el terrorismo son situaciones que hay que temer cualquiera que sea el tipo de armas empleado. Las bacterias*, los virus* y las toxinas* de origen biológico pueden causar estragos entre la población, pero su manejo es mucho más difícil que el de las armas convencionales. Detectados a tiempo, pueden tratarse con antibióticos*, como la ciprofloxacina en el caso del carbunco; contra muchos, hay vacunas. Pero tenemos sobrados ejemplos de la “eficacia” mortal de unos “proyectiles inteligentes”, que matan más que las armas biológicas. Y contra las bombas no hay vacunas ni antídotos.

Ricard Guerrero es catedrático de Microbiología de la Universidad de Barcelona.

Nota: Una versión abreviada de este artículo se publicó en La Vanguardia del domingo 21 de octubre del 2001.

* Glosario de Biomedia

Más información en Biomedia:
¿Combatir al ántrax? Eva Tarragona [26/10/01]
Web sobre carbunco [26/10/01]
Dossier: Enfermedades ambientales
Dossier: Enfermedades infecciosas
Dossier: Comunicación

Más información en la red:
Información sobre carbunco: http://www.nature.com/nature/anthrax
Convención sobre las armas biológicas: http://www.icrc.org/icrcspa.nsf/ff41558bb06fff2b412561f6004fad66/3ca087fd1703255341256613004ac147?OpenDocument

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