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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Seis preguntas sobre el cerebro, objeto y sujeto de las neurocienciasEntrevista a Mara Dierssen, investigadora del CRG
Biomedia (Barcelona). Entre el 17 y el 20 de septiembre del 2003 se reunieron en el CaixaForum de
Barcelona medio millar de investigadores de la Sociedad Europea del Cerebro y
el Comportamiento (EBBS) con el fin
de poner en común los avances en neurociencias con un especial enfoque en las
funciones de integración de la actividad cerebral. Quinientos científicos representan una
gran cantidad de proyectos, líneas de investigación y esperanzas, tanto para el
conocimiento básico del ser humano como para todos los que sufren algún tipo de
enfermedad neurológica. Y los resultados presentados fueron tan sorprendentes
como complejos, tanto como lo puede ser el intentar conocer las funciones y
estructuras cerebrales utilizando, en definitiva, las mismas capacidades que se
intentan conocer. Entre los investigadores estuvieron
algunos de los máximos exponentes de la neurobiología moderna, entre ellos el
doctor Joaquim Fuster,
miembro de la Asociación Americana de Psiquiatría, la Asociación de
Investigación Médica de California, la Academia de Ciencias de Nueva York y la
Real Academia de Medicina de Barcelona, y Howard Eichenbaum,
científico que demostró que las diferentes funciones del proceso de la memoria
se pueden asignar a áreas interconectadas del córtex cerebral y de los
componentes de la formación hipocámpica. Los procesos conductuales y cognitivos
en particular son objeto de intensa investigación y de avances sustanciales en
la esperanza de resolver cuestiones fundamentales relacionadas con la
naturaleza humana, y la neurociencia constituye un ejemplo de lo que podríamos
denominar una transdisciplina, es decir, la interacción de diversas
especialidades que operan en los distintos niveles de organización de la
realidad (molecular, celular, tisular, orgánica, organísmica) para entender
integralmente la función del sistema natural biológico más complejo que
conocemos: el cerebro. En el encuentro también estuvo
presente Mara
Dierssen, presidenta electa de la Sociedad Internacional de Comportamiento
y Genética Neuronal (IBANGS) e
investigadora del Centro de Regulación Genómica (CRG),
a quien preguntamos sobre los avances más importantes en el campo de la investigación
neurobiológica relacionada con el comportamiento. Qué avances destacarías de los presentados en esta reunión
sobre las ciencias de la conducta? Quisiera recordar que las ciencias de
la conducta distan de integrar una unidad conceptual, ya que se han originado
de muy diferentes aproximaciones y mantienen métodos y teorías no sólo
distintos sino, en muchos casos, opuestos. En el congreso se presentaron nuevos
modelos y teorías acerca del funcionamiento e integración de los diferentes
sistemas cerebrales que dan origen a la conciencia y los estados mentales en el
ser humano. Se habló de la función de la corteza cerebral prefrontal y su papel
en la organización temporal de las acciones, de su contribución al control de
la función cognitiva y de su papel como reguladora de funciones atentivas e
integradoras. Uno de los temas importantes fue la
generación de modelos en el ratón de enfermedades humanas, ya sea a través de
la modificación genética, o mediante la utilización de modelos existentes en la
naturaleza, como son las ratas con niveles reducidos o elevados de ansiedad. Se recalcó, además, la necesidad de
contar con expertos que sean capaces de realizar una caracterización conductual
profunda, que permita llegar a modelos extrapolables al ser humano, respetando
el etograma* murino, y de la necesidad de
establecer plataformas de fenotipación en Europa que orienten acerca de las
directrices básicas en este ámbito. ¿En qué consistirán estas plataformas de fenotipación? De hecho ya existe una iniciativa de la
Unión Europea para establecer tales plataformas. En el marco del Parque de
Investigación Biomédica de Barcelona (PRBB), y en una iniciativa conjunta entre
el laboratorio del Dr. Rafael Maldonado y el programa «Genes y enfermedad» del
CRG estamos desarrollando una Unidad de Fenotipación y Análisis
Neuroconductual, que se integra como grupo colaborador de esta iniciativa
europea. Se trata de dar respuesta a la necesidad expresada por diferentes
grupos de investigación, tanto dentro del parque como a nivel europeo, de
fenotipar los modelos murinos generados de manera fiable y reproducible,
permitiendo establecer los rasgos fenotípicos alterados en estudios
longitudinales y transversales, delineando un diagnóstico tanto a nivel
neurológico, como neurosensorial, comportamental y cognitivo. Usted ha desarrollado importantes estudios sobre el
síndrome de Down utilizando modelos animales que sobreexpresan genes
involucrados en esta enfermedad. ¿Cómo funciona este síndrome en el ser humano? Hasta el momento las bases
neuropatológicas del retraso mental en las personas con síndrome de Down (SD)
no son conocidas, aunque se ha argumentado la posibilidad de que las
alteraciones que se observan macroscópicamente (reducción no homogénea del
tamaño del cerebro que afecta de forma más acusada al rombencéfalo) sean las
responsables de la disfunción cognitiva, que derivaría en un desarrollo anómalo
y una función cerebral alterada en el adulto. ¿Cuáles son las bases sobre las que se sustenta el estudio
del síndrome de Down utilizando modelos animales? Una de las características
patognomónicas del síndrome de Down es la patología dendrítica, que es la única
correlación neuroanatómica que se ha podido establecer de forma clara con el
retraso mental. Se trata de una alteración que compromete la capacidad de
integración de información en la corteza cerebral, ya que cada dendrita posee
estructuras especializadas, las espinas dendríticas, que reciben conexiones
aferentes de carácter excitador. El estudio de un modelo murino con trisomía
parcial del cromosoma 16, homólogo al cromosoma 21 humano, nos ha permitido
estudiar las alteraciones en la microestructura de la corteza cerebral
derivadas de la alteración genética y la posible influencia del enriquecimiento
ambiental a este nivel. Para ello hemos analizado las células
piramidales de la corteza cerebral frontal en el ratón Ts65Dn*, modelo de síndrome de Down. En este ratón
existen algunos indicios de disfunción cortical, como son la hiperactividad,
los niveles de atención reducidos o la disrupción de determinados patrones
conductuales, y nuestros resultados demuestran que la microarquitectura de la
corteza cerebral presenta alteraciones importantes en los ratones Ts65Dn,
caracterizadas por una reducción del tamaño del árbol dendrítico basal, que es,
además, menos rico en ramificaciones que el de un animal normal. Ello conlleva
una reducción significativa, tanto en el número de espinas dendríticas, como en
la distribución de las mismas. Con el fin de estudiar los efectos del
enriquecimiento ambiental se sometieron ratones Ts65Dn y ratones no trisómicos
a este protocolo experimental durante las primeras semanas de vida. Los resultados obtenidos muestran que el grado de
plasticidad cerebral del modelo Ts65Dn es considerablemente menor que el de los
animales no trisómicos, y por tanto la mejoría conductual que se ha descrito
tras el enriquecimiento ambiental no responde a cambios neuroanatómicos
estables. Por otro lado, los resultados sugieren que las alteraciones
conductuales observadas pueden ser debidas a un desarrollo anormal de la
circuitería cerebral a escala cortical. Muchas enfermedades neurológicas están asociadas tanto al
medio ambiente en que se desenvuelve un individuo como a su carga genética.
¿Será posible corregir los defectos genéticos, o habrá que trabajar más bien en
la estimulación ambiental de quienes tengan este tipo de enfermedades? La repuesta no es única. Cada vez somos
más conscientes de que en la mayor parte de las enfermedades existe un
componente genético de predisposición que, al interaccionar con el ambiente,
puede originar la patología. Hasta ahora no era posible corregir el defecto
genético y, por tanto, el tratamiento únicamente podía ser farmacológico, o
cuando esto no era eficaz, ambiental. Sin embargo, el mejor conocimiento de las
bases genéticas y el desarrollo de tecnologías cada vez más sofisticadas de
intervención indudablemente proporcionarán nuevas vías de tratamiento que en cada
enfermedad serán diferentes. Algunas de las presentaciones estaban enfocadas al estudio
de la conciencia humana. ¿Es posible «localizar» la conciencia en un lugar
específico del cerebro? Se ha hablado de la localización
anatómica de la percepción consciente, intentando comprender no sólo los
mecanismos neurales y los sustratos neurobiológicos y moleculares de la misma,
sino también de los desórdenes de la experiencia consciente, una alteración
subyacente a diversas enfermedades neurológicas y neuropsiquiátricas. Por último, ¿podemos llegar a conocer el funcionamiento
del cerebro, aunque sea, en este caso, tanto el instrumento de análisis como el
objeto de estudio? Entramos con esta pregunta en un ámbito
que tiene más que ver con la filosofía. Es evidente que nuestro conocimiento
parte de la observación, y en el caso del cerebro, de la autoobservación a
través de la propia estructura que observa. Hay dos formas de autoobservarse,
una es entendiendo el «yo» como un hecho objetivo y otra es entendiendo el «yo»
como un hecho subjetivo. Sabemos que los estados mentales se
producen por los patrones de actividad neural; el conocimiento, definido como
un flujo cognitivo de un estado mental a otro, debe estar codificado en
conexiones neurales llamadas sinapsis. De la misma manera que la actividad en
la amígdala monitorea el ambiente y registra el miedo, los circuitos del lóbulo
parietal nos orientan en el espacio y marcan la clara distinción entre lo
propio y el mundo, y los circuitos frontales y temporales marcan el tiempo
y generan autoconciencia. La existencia de la percepción es una certeza.
Sin embargo, la existencia del hecho percibido es una hipótesis. Hablar de
«hechos objetivos» no es hablar de «hechos ciertos», sino hablar de «hechos
reconocidos por todos». Así, la experiencia subjetiva «veo un árbol» nos
provoca la creación de una hipótesis «ahí hay un árbol». La experiencia subjetiva es real, no
hay duda de ello. En cambio, la hipótesis objetiva es fruto de una combinación
de imaginación y percepción, susceptible de error, y siempre sujeta a revisión.
En tal marco conceptual, es claramente difícil prever el avance de la
comprensión de la estructura que subyace a la propia comprensión, el cerebro.
Sin embargo, la propia dependencia perceptual hace que, a medida que avanzamos
en el desarrollo de herramientas tecnológicas para profundizar en el nivel de
percepción (microscopía, imaginería, ingeniería genética), nuestra posibilidad
de acceder al conocimiento se incremente. Más información en Biomedia: |
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