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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Algunos secretos que una rana le contó a la ciencia
Biomedia (Barcelona). Un relato y dos
protagonistas: Xenopus laevis, el apodo científico del
anfibio que aportó su enorme grano de arena a la investigación sobre
embriología y neurociencias, y Joel D. Richter, el
nombre del eminente científico que recientemente visitó Barcelona para difundir
los misterios de estas investigaciones en un auditorio repleto de ávidos
oyentes, en una de las sesiones científicas conjuntas de la Fundación Parque de Investigación Biomédica de
Barcelona (Fundación PRBB). Ésta es la historia de cómo un descubrimiento aparentemente
alejado del mundo concreto, perdido entre los mecanismos celulares más
complejos y microscópicos, puede ser el punto de partida para generar
conocimiento en áreas tan diversas como la embriología y las neurociencias. De
cómo la biología molecular más pura y
dura puede aportar respuestas a preguntas casi filosóficas, muy recurrentes
en la historia de la humanidad: ¿Cómo a partir de un simple huevo se desarrolla
un individuo completo? ¿Cómo se almacena la memoria en el cerebro? El título de la conferencia que el Dr. Richter dio el pasado
31 de octubre era contundente: «Control traduccional de la consolidación de la
memoria: lecciones de un buen huevo». Sin embargo, una pregunta circulaba por
los pasillos de la Facultad de Ciencias de la Salud y de la Vida de la
Universidad Pompeu Fabra, sede de la charla: «¿Un biólogo molecular hablando de
consolidación de la memoria?». Es evidente que la reconocida trayectoria de
Richter como especialista en el proceso de traducción celular en huevos de Xenopus laevis originó cierta confusión.
Pero, también queda claro que produjo la suficiente curiosidad como para que
más de un centenar de personas no faltara a la cita. ¿De qué hablaría este
hombre, del proceso de traducción celular, de la memoria o de biología del
desarrollo*? Según aclaró Richter, estos conceptos, aparentemente
inconexos, cobran sentido cuando en la explicación se incorpora CPEB*, la proteína que este científico descubrió
cuando estudiaba la maduración de los oocitos de la rana africana Xenopus laevis. En 1994, la revista
científica Cell publicaba que sin
esta proteína, los oocitos no podían continuar su proceso de maduración. Años más tarde, se demostró que esta proteína, descripta
originalmente por Richter en la rana, también es de vital importancia para la
maduración de los oocitos del resto de los vertebrados. Por ejemplo, se observó
que los ratones genéticamente modificados que no producen CPEB eran incapaces
de producir óvulos y espermatozoides. Más aún, la relevancia de esta proteína excede ya los
límites de la embriología o la biología del desarrollo. Los estudios más
recientes indican que CPEB es fundamental en los procesos de memoria y
aprendizaje. En este sentido, el grupo de Richter fue el primero en describir
en roedores la presencia de CPEB en el hipocampo, una estructura clave en
procesos de aprendizaje y memoria. CPEB, la
proteína del cambio La capacidad que tiene el sistema nervioso para cambiar –a
menudo denominada plasticidad neuronal– es evidente durante el desarrollo
embrionario. Sin embargo, no hay duda de que el ser humano puede aprender
nuevas habilidades y establecer nuevas capacidades de la memoria durante toda
su vida. ¿De qué modo el sistema nervioso media estos cambios? Descubrir los mecanismos responsables del aprendizaje y de
otros cambios plásticos en el cerebro adulto sigue siendo uno de los desafíos
centrales en la neurociencia moderna. No obstante, existe consenso en que estos
fenómenos se basan en cambios cuidadosamente regulados en la fuerza de las
sinapsis existentes. La mayoría de las neuronas de mamífero recibe cientos de
estímulos de otras neuronas, formando una intrincada red. Esta compleja
organización sináptica se corresponde con la notable capacidad de nuestro
cerebro de integrar gran diversidad de estímulos para dar una única respuesta
funcional. Recientemente, se ha descrito que el estímulo de una neurona
puede producir modificaciones a largo plazo en la fuerza de conexión de una
sinapsis particular, independientemente de otras sinapsis de la misma neurona.
Este fenómeno, que se cree es la base de la adquisición de memoria, introduce
la importante pregunta de porqué esta especificidad se logra a nivel molecular.
En otras palabras, ¿porqué estas modificaciones en la fuerza sináptica se
localizan específicamente en una sinapsis, sin modificar el funcionamiento de
todas las demás sinapsis de la neurona? Según un reciente trabajo, la proteína CPEB participaría en
la expresión local de genes en sinapsis específicas a través de la traducción
de una proteína, la CAMKII, que se sabe está involucrada en procesos de memoria
a largo plazo. La importancia de este mecanismo en la plasticidad neuronal se
hizo evidente al examinar la capacidad de consolidar memoria en ratones
genéticamente modificados en los que CPEB no podía inducir la expresión local
de CAMKII. Los resultados de este estudio revelaron que estos animales
presentaban déficits en la consolidación de memoria de largo plazo, sin
alteraciones significativas de la memoria de corto plazo. Una caja
de sorpresas Seguramente, hace 10 años ni el mismo Richter hubiese podido
imaginar la importancia de un descubrimiento que bien podría haber sido un
ejemplo más de regulación de la expresión génica limitado a una única especie.
Sin embargo, pronto se observó que este fenómeno protagonizado por la proteína
CPEB no era una mera cuestión de la rana sino que podía extrapolarse al resto
de los mamíferos. Y menos aún soñó Richter, que años más tarde, comenzara a
vislumbrarse la participación de esta proteína en procesos tan relevantes como
es la memoria y el aprendizaje. Cabe preguntarse entonces, si esta proteína de
nombre insípido no guardará algún otro as bajo la manga. El cincuentenario del descubrimiento del DNA, otra sigla
de impronunciable origen, plantea que para evaluar la importancia de un
descubrimiento científico no es posible pensar en términos de aplicabilidad
técnica. Cuando hace 50 años, Watson y Crick descubrieron la estructura del
ácido desoxirribonucleico, sin duda jamás hubieran podido imaginar la polémica
que se sostiene hoy en torno a la clonación, o cualquiera de los avances en
ingeniería genética que han tenido lugar a partir de esta hazaña del
conocimiento. Tal vez esta historia de huevos de rana, neuronas y memoria
contribuya a desmitificar la tan mentada antinomia: ciencia básica versus
ciencia aplicada. Victoria
Mendizábal es doctora en Farmacología por la Universidad de Buenos Aires,
máster en Comunicación Científica por la UPF y colaboradora del Observatorio de
la Comunicación Científica. Más información en Biomedia: Más información en la red: |
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