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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Más allá de la genómica: la herencia epigenética
Biomedia (Barcelona). Según una de las leyes fundamentales de la genética, la herencia
consiste en el acervo de caracteres heredables que se transmiten sin
modificaciones de los padres a sus descendientes. Esencialmente, cada carácter
viene determinado por un gen. Los genes se ordenan en hileras que forman
unas partículas de tamaño discreto, los cromosomas, cuyo número y morfología es
propio y característico de cada especie. Si ésta es diploide contiene
dos series de cromosomas, cada una de ellas heredada de un progenitor. Los
estudios en genética desarrollados durante el siglo XX dejaron dos cosas
palmariamente claras: los cromosomas*
contienen los genes* y éstos están ordenados a
lo largo de aquellos. Uno de los componentes de los
cromosomas es una cadena continua, sin interrupciones, de DNA en la que están
contenidos muchos genes. A la totalidad de éstos se le ha dado en llamar genoma*. Naturalmente, la semejanza entre padres e
hijos exige que además de heredar el material genético, el proceso se haga con
precisión. La estructura y naturaleza de la doble hélice de DNA permite que
pueda separarse en cada una de las dos hebras sencillas sin romper la
linealidad (determinante del orden de los genes), copiarse mediante un grupo de
enzimas especializados y repartir esas copias a cada célula hija, garantizando
de esta manera la fidelidad de la información transmitida. Cuando la secuencia de DNA se
modifica se produce una mutación*. El
análisis de las mutaciones permitió, entre otras cosas, demostrar que el DNA
era el material hereditario, lo que no estuvo nada claro hasta los años
cuarenta del siglo XX. Dado que un gen codifica normalmente para una proteína,
la mutación dirige la síntesis de una proteína alterada o mutante de modo que
muchas mutaciones de un mismo gen implican generalmente la coexistencia de tantas
variantes de la proteína como mutaciones haya. La otra forma de mezclar genes
es la recombinación*. Ambos procesos
generan cambios heredables en la secuencia del DNA. Los ácidos nucleicos forman
una masa condensada al unirse a unas peculiares proteínas de naturaleza
alcalina (eléctricamente positivas), las histonas, que neutralizan las cargas
negativas de aquellos. Esa neutralización eléctrica es indispensable para poder
acomodar en los pocos micrometros cúbicos de volumen del núcleo los 1,8 metros
de DNA que tiene cada célula humana. Los cromosomas son la forma más condensada
de esa masa compuesta por el ácido nucleico y las histonas que, por teñirse
intensamente con determinados colorantes, se denomina cromatina. El hecho de que el DNA nunca
esté en su forma libre, sino asociado a las histonas es un elemento clave en el
control y la regulación de los procesos que dirigen los genes. La cromatina
muestra una serie de características asombrosamente mantenidas a lo largo de la
evolución y comunes a la práctica totalidad de los organismos eucarióticos
conocidos: la subunidad fundamental es siempre la misma y consiste en un núcleo
proteínico discoidal formado por dos moléculas de cada una de las cuatro clases
de histonas (H2A, H2B, H3 y H4), alrededor del cual se une un segmento de DNA;
esa estructura recibe el nombre de nucleosoma. Considerando la gran
conservación interespecífica de las histonas (la histona H4 de vaca y guisante
se diferencian en dos de los 104 aminoácidos de que está compuesta), la forma y
tamaño del octámero de histonas es esencialmente igual y la longitud del
segmento de DNA asociado también. Vista al microscopio electrónico, la fibra
extendida de nucleosomas semeja las cuentas de un rosario y forma el primer
nivel de empaquetamiento del DNA. Esa fibra se arrolla a su vez en el segundo
nivel, el cual vuelve a compactarse en un tercer y último nivel. Esos grados de
plegamiento han de reorganizarse constantemente para satisfacer los movimientos
de la doble cadena de DNA en los procesos en los que participa. De ello se
ocupan, entre otros, los complejos reorganizadores de cromatina cuyo estudio es
una de las áreas de más interés en biología molecular de la regulación
genética. En el núcleo celular hay dos
tipos morfológicamente bien diferenciados de cromatina: una forma minoritaria y
permanentemente condensada denominada heterocromatina, y el resto, más
laxo, denominado eucromatina. Aunque lejos de haberse demostrado, se
cree que ese mayor empaquetamiento y su inercia a cambiar es el responsable de
que los genes embebidos en la heterocromatina sean casi siempre genéticamente
inactivos. También tiene una propiedad muy curiosa cual es que cuando un gen
eucromático, genéticamente activo, se transfiere a una región heterocromática o
en su vecindad, suele inactivarse como resultado de un efecto epigenético.
Epigénesis es toda variación de la actividad genética sin cambio alguno en la
secuencia del DNA. Dado que los genes residen en el DNA y que éste se asocia a
proteínas, los cambios epigenéticos modifican o el componente nucleico o el
proteínico. Las modificaciones del DNA se producen por la unión covalente de
radicales metilo a las citosinas en los dobletes CpG; en especies diploides
normalmente uno solo de los dos alelos contiene radicales metilo. La metilación
del DNA, que se da sobre todo en las regiones de control de los genes, está
generalmente asociada a la inactivación genética. Cuando lo que ocurre es una
modificación de las proteínas* asociadas al
DNA, se producen fenómenos de heterocromatinización que se propaga
longitudinalmente a partir de un punto, inactivando a los genes que encuentra a
su paso. Dependiendo de qué especies se trate, se da un tipo u otro de
mecanismo epigenético. En la mosca del vinagre (Drosophila) y en la
levadura de panadero (Saccharomyces), donde no parece que exista un patrón claro de metilación del DNA (aunque muy recientemente se ha descrito que en el genoma de la mosca una de cada 1000 a 2000 citosinas está metilada), la herencia epigenética se debe a
alteraciones en el componente proteínico por la asociación a la cromatina y
polimerización de proteínas específicas (como SIR3 y SIR4 en levadura), o por
la introducción o eliminación de radicales acetilo en los extremos
NH-terminales de las histonas H3 y H4. Al revés que en la metilación del DNA,
la introducción de radicales acetilo está asociada a la activación genética y
su eliminación al efecto contrario. La metilación del DNA se
produce en sitios específicos y controla la transcripción. Una de sus
características más sobresalientes es que los procesos de
metilación-desmetilación ocurren durante el desarrollo embrionario y que cada
sexo tiene un patrón característico (determinados alelos están metilados o no
dependiendo de si provienen del padre o de la madre). Cuando el embrión está desarrollándose,
la metilación desaparece del genoma para posteriormente y dependiendo del sexo
del embrión, restaurar el patrón propio de éste. Se ignora qué determina la
especificidad de la metilación en los gametos masculinos y femeninos, fenómeno
denominado impronta (imprinting), en virtud de la cual hay una
expresión diferencial de alelos dependiendo de su procedencia parental. Otra
característica de los genes con impronta es que están agrupados, lo que induce
a pensar que, al igual que la heterocromatinización, la impronta podría
extenderse y actuar a distancia. Los patrones de desarrollo y
de diferenciación celular son dos de los procesos en los que los mecanismos
epigenéticos parecen ser de capital importancia. Los creadores de la
celebérrima ovejita Dolly propusieron que la reprogramación de la
información genética de las células de epitelio mamario (diferenciadas) de las
que se obtuvo el núcleo en el famoso experimento, se debió a que el
mantenimiento de las células en cultivo sin casi factores de crecimiento
durante cinco días antes de extraer el núcleo, borró las señales epigenéticas
responsables de la diferenciación, convirtiéndolas en portadoras de todas las
directrices, además de los genes, necesarias para el desarrollo completo de una
oveja. Después de haber
secuenciado varios genomas –en un claro triunfo de la voluntad sobre la
inteligencia– y comprobado que el hombre tiene bastantes menos genes de los
míticos 100 000 que nuestra jerarquía evolutiva parecía exigir –tenemos unos
pocos miles más que las humildes moscas y nematodos–, cabe preguntarse si el
control de los procesos celulares no dependerá más del estado químico del
escenario real (la cromatina) en el que esas aún misteriosas transacciones se
producen, que del tipo y número de genes que heredamos. Antonio
Rodríguez Campos es doctor en biología e investigador del Centre de Regulació Genòmica, Barcelona * Glosario de Biomedia Más información en Biomedia: |
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