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La complementariedad del saber y del poder

Vladimir de Semir 30/01/04

Biomedia (Barcelona). Comienza el año 2004 con la exposición–homenaje en La Salle de Barcelona a Esteve Terradas, una figura singular de nuestra historia, a la que debemos en buena parte el impulso de la modernización científica –no en vano fue el introductor de las teorías cuántica y de la relatividad– en la España de principios del siglo xx. «Es la persona más extraordinaria que he conocido», afirmó en su día Albert Einstein refiriéndose a este ingeniero industrial y hombre de ciencia que personifica la apuesta por el saber que hizo nuestra sociedad hace cien años con el cambio de siglo. Apuesta que luego se vio truncada por las guerras que marcaron la primera parte del siglo xx y que ahora recuperamos tras los enormes avances científicos y tecnológicos de la segunda parte del siglo que hemos dejado atrás y que nos están llevando a la nueva era del conocimiento.

El homenaje a la persona de Esteve Terradas debe ser situado en el contexto del inicio de un cuatrienio que nos ha de llevar hasta el centenario del Institut d’Estudis Catalans –que fue fundado en 1907 por Enric Prat de la Riba– y en el que se han de suceder eventos que reafirmen la voluntad de Barcelona, Cataluña y España de desempeñar un papel determinante en el desarrollo del conocimiento científico y de la cultura científica.

El Fórum Universal de las Culturas Barcelona 2004 (en el que se desarrollará el Congreso mundial de la red Public Communication of Science and Technology), la inauguración del nuevo Museo de las Ciencias de Barcelona de la Fundación ‘la Caixa’ durante la primavera-verano 2004, la celebración internacional del «milagroso» Año de la Física en el 2005 (centenario de la publicación de los cinco históricos artículos de Einstein), la declaración del Año de Libro en Barcelona también en el 2005 (coincidiendo con el quinientos aniversario de El Quijote de Cervantes y el centenario de la muerte de Julio Verne) y la muy posible declaración en el 2006 del Año de las Ciencias en Barcelona (coincidiendo con el aniversario del premio Nobel a Ramón y Cajal) nos han de llevar hasta el citado aniversario del Institut d’Estudis Catalans en 2007 en busca de la indispensable complementariedad entre el saber y el poder.

Nuestra forma de hacer política, nuestro modelo económico, nuestros criterios sociales e incluso nuestros valores culturales divergen ostensiblemente del necesario equilibrio entre el poder y el saber. En nuestra sociedad prevalecen los criterios de la fuerza económica y/o política sobre los del conocimiento, al tiempo que se impide que nazca y evolucione el espíritu crítico de la sociedad. Por ello es indispensable que luchamos por otro desarrollo sostenible además del ecológico: el que permita la colaboración e influencia del saber con el poder.

El fin justifica los medios en política y si la mentira es necesaria se impone con absoluta impunidad, incluso al más alto nivel de gobierno; o se manipulan voluntades mediante determinados medios de comunicación públicos y privados, e incluso se compran –si es necesario– esas mismas voluntades para justificar y contrarrestar acciones ineptas de esos mismos gobiernos. Los ejemplos sobran, aquí y en muchos otros lugares del mundo.

Se nos impone un modelo económico basado en el consumo exacerbado y en el comercio injusto, en continua huida hacia delante y hacia un futuro incierto para la mayoría, ahondando en el abismo entre países ricos y países desfavorecidos, sin que aparentemente a casi nadie con poder le preocupe corregir los excesos de los primeros ante la impotencia de los segundos.

La igualdad de oportunidades brilla por su ausencia y la fractura social lleva camino de aumentar no sólo por la posibilidad o no de un acceso adecuado a la educación y al trabajo, sino por la constante introducción de nuevas herramientas tecnológicas que pueden incrementar aún más las diferencias entre los que saben y los que no saben.

Hoy se impone, además del pensamiento único, la cultura de lo efímero y la cultura de la redundancia. Es lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu define como «la circulación circular de la información», al tiempo que denuncia la irrupción del fast thinking en nuestras vidas como contaminación del mundo audiovisual, un mensaje rápido y superficial que nos impide pensar, reflexionar y escoger, y por tanto impide que generemos auténtica cultura. De esta forma, además, se favorece la exclusión social desde un punto de vista cultural: todos aquellos que utilizan la televisión como fuente primordial de su formación cultural continuada –que, como sabemos, son mayoría en nuestra sociedad– quedan muy limitados para poder desarrollar una cultura propia y sobre todo crítica.

El resultado es que no sólo no somos capaces de construir un mundo justo, si no que cada vez lo hacemos más injusto, y posiblemente la causa radique en que no sabemos cómo desarrollar de una forma sostenible un adecuado equilibro entre el saber y el poder. En este contexto parece indispensable poder reflexionar sobre qué mundo estamos construyendo. Este es el objetivo profundo del Fórum de las Culturas Barcelona 2004: hacer un alto en el camino, valorar si llevamos o no una dirección equivocada y sentar las bases para que el desarrollo sostenible del saber y del poder sea una realidad en este siglo que hemos comenzado.

No hay duda de que el conocimiento humano experimenta una aceleración nunca antes conocida. ¡Pero hay un peligro! Las diferencias entre los que saben y los que no saben en un mundo en el que cada vez se valora más el cómo que el qué hacemos puede provocar rupturas sociales aún mayores que las que hemos vivido desde la revolución industrial. Constituye, por tanto, una responsabilidad individual y colectiva el reciclaje continuado de nuestras capacidades intelectuales y nuestra adaptación a la ya vertiginosa capacidad de innovación de nuestra sociedad. Ya sean los conocimientos de aquí o los que vengan de otras partes, pues la mezcla y la capacidad de asimilación de la diversidad cultural serán factores decisivos que posibilitarán –paradójicamente– la aparición y fortalecimiento de valores locales que serán, precisamente, los que marcarán las diferencias de oportunidad y calidad de vida en un mundo cada vez más irremediablemente globalizado.

En este contexto, la generación de ideas y el aprovechamiento de las oportunidades que éstas impulsan son conceptos estrechamente entrelazados. Pero la emergencia de estas ideas y la utilización de estas oportunidades sólo pueden existir y desarrollarse en el marco de una ciudadanía preparada y conocedora de los diferentes rumbos que nos puede aportar el conocimiento que surge de las nuevas aplicaciones científicas y tecnológicas que se producen en nuestra sociedad y economía.

«La democracia es necesaria, pero no suficiente.» Es una frase (la hemos recordado en muchas ocasiones) de un filósofo hoy algo olvidado, Bertrand Russell. Si no se desarrolla el indispensable espíritu crítico de una sociedad, para lo que es indispensable poner el énfasis en la educación y en la cultura, nuestra democracia será incompleta. Para ello se ha de producir una nueva alianza o una nueva correlación entre el saber y el poder. La cultura –una única cultura en la que naturalmente hay que incluir a las ciencias– o mejor las capacidades culturales generadoras de ideas son las que tradicionalmente han facilitado los cambios y la adaptación a las nuevas condiciones socioeconómicas, pero la realidad es que no disponemos ni del tiempo ni de los métodos pedagógicos necesarios para digerir e integrar los adelantos científicos y tecnológicos a medida que se van gestando. Hay quien se ha referido ya en términos de «tiranía» a la velocidad absoluta de la «bomba informática» impulsora de innovación tecnológica y económica. Y al mismo tiempo se ensancha el vacío entre el progreso de la ciencia y la aplicación de sus resultados de manera pertinente y válida para la mejora social. Gran parte de este vacío se debe al desfase entre el ritmo del cambio científico y tecnológico, y la inercia de las instituciones políticas, económicas y socioculturales frente a esta evolución. ¿Cómo podemos iniciar el siglo xxi con una filosofía política del siglo xviii, con unas instituciones políticas del siglo xix y con un proceso de decisión aparentemente democrático, pero concebido para un mundo que sólo existe en los manuales de derecho constitucional y de derecho internacional, y en el que el poder no respeta al saber y en el que el saber apenas consigue influir en el poder?

Para afrontar los desafíos (aquí sólo esbozados en algunos aspectos) del siglo xxi es necesario poner en pie una nueva democracia, una de cuyas condiciones fundamentales es la redefinición de las relaciones entre el saber y el poder. La ausencia de un consenso sobre los valores culturales y los valores éticos favorece, por ejemplo, la utilización de la ciencia y de la tecnología de una forma exacerbada para la productividad y el provecho (lo que en buena parte es lógico), pero con ello no se hace otra cosa que afianzar aún más la primacía y retroalimentación de la fuerza intrínseca del poder y se marginan otras atribuciones como la solidaridad o la democratización del saber. Por ello no es raro observar que buena parte de nuestros dirigentes son poco sensibles a desarrollar la preocupación por una mejor utilización de los recursos que nos ofrecen la ciencia y la tecnología como poderosos instrumentos de cambio. En realidad, en la historia se ha podido comprobar una y otra vez que el poder teme al saber, por ello lo margina siempre que es posible y por ello también las sociedades que conocemos tienden a la uniformización de la mediocridad, proceso en el que los medios de comunicación desempeñan un papel perverso y muy poco analizado con detenimiento.

En este contexto, hay que intentar elaborar una nueva convención interdisciplinaria de la política, la economía y la cultura basada en la complementariedad entre el poder y el saber, y en un desarrollo sostenible entre ambos. Si analizamos los diálogos y debates que nos ofrece el programa propuesto por el Fórum Universal de las Culturas 2004 para los 141 días que durará este evento mundial podremos darnos cuenta que existe la voluntad de reflexionar sobre estos problemas que tenemos planteados. Obviamente podrían añadirse otros muchos, pero existe una constante, aunque no se exprese explícitamente: situar el saber y el conocimiento en el centro del debate y mostrar al mundo que somos capaces de hacer un alto en el camino para intentar corregir nuestro rumbo, si realmente somos capaces de darnos cuenta de que estamos equivocados. Una aparente utopía que aspiramos a que se convierta en una necesidad para que se repita con regularidad en otras ciudades en el siglo xxi. Ésta será la mejor herencia de Barcelona 2004.

Y esperamos que todos los otros eventos antes reseñados contribuyan también a que este cuatrienio 2004-2007 que comenzamos se convierta en el del reequilibiro entre el saber y el poder, tal como lo simboliza una figura histórica como la de Esteve Terradas al que rendimos admiración y respeto intelectual.

 

[Este artículo forma parte del número 31 de la revista Quark: ciencia, medicina, comunicación y cultura, dedicado a la memoria de Esteve Terradas].

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