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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Las dificultades en la transferencia de las tecnologías de la información a la industria
Biomedia (Barcelona). Entre los años 1996 y 2000, el sector de
la tecnología de la información pasó por un período de expansión descontrolada,
una explosión. La onda ha alcanzado a toda la sociedad, y mientras la recorría
ha producido confusión, dudas, y ha dejado huellas que son perennes. El proceso
se ha analizado desde muchas perspectivas y se seguirá haciendo. Durante esos
años he sido testigo directo de lo que sucedía en la universidad y en la
industria y he podido observar desde mitad de camino la relación entre ambas.
La tensión que ha acompañado esta expansión, que ha corrido paralela a la aparición
de la denominada nueva economía, ha
dejado en evidencia características peculiares que resumo a continuación. Primera observación: Medio siglo es poco para que esté madura
una disciplina técnica. Y eso es de aplicación tanto para la industria como
para la universidad. Ésta es una observación sobre los equipos humanos, que son
los que han de hacer una digestión adecuada de las novedades. Los departamentos
universitarios todavía no tienen la historia y la tradición suficiente para
configurar grupos estables con líneas de investigación sostenidas y un flujo
regular de estudiantes graduados. Son pocos los estudiantes que se ven atraídos
hacia la realización de una tesis doctoral, a pesar de que existen bastantes
escuelas de informática en formación y muchas oportunidades para realizar una
carrera académica. Es cierto que el primer salario en la empresa prácticamente
duplicaba la dotación de una beca, pero eso no lo explica todo. En esos años de
tecnoeuforia, los estudiantes tenían la impresión de que era la industria la
que lideraba los cambios tecnológicos y de que la universidad estaba estancada
en proyectos muy académicos. Así, todo se juntaba para que fuera casi imposible
encontrar recién licenciados en informática que optaran por una beca de doctorado.
En la industria, la juventud de esta disciplina se nota de otro
modo. Existen todavía bastantes puestos de responsabilidad en el área técnica
ocupados por profesionales con escasa formación de base para poder enfrentarse
con holgura a períodos de cambio cuando las decisiones son difíciles y no hay
suministradores «de referencia». La escasez de criterios se quiso compensar
recurriendo a empresas de consultoría que no han dado abasto al exceso de
trabajo y han tenido que, en más de una ocasión, dedicar profesionales en
formación a tareas que excedían sus capacidades. Pero es que las urgencias de
esos años han tenido efectos muy perniciosos sobre las carreras profesionales
de los jóvenes licenciados. Se les han ofrecido puestos saltando pasos en su
carrera profesional. Habrán cumplido mejor o peor el reto dependiendo de su
habilidad, pero una vez llegada la crisis se encuentran con que no pueden
recuperar lo perdido. Ya es demasiado tarde para ejercer sin frustración un
puesto inferior en el que podrían consolidar sus conocimientos técnicos antes
de empezar con tareas de gestión. Es cierto que hubo falta de gente formada en
el mercado, pero eso tampoco lo explica todo. Bastantes empresas se hubieran
ahorrado descalabros económicos si hubieran abordado exclusivamente aquellos
proyectos para los que podían configurar equipos sólidos que los sacaran
adelante. Estos equipos no se improvisan, y es ahora, en medio de la crisis
posterior, cuando han de empezar a actuar para que la siguiente onda de
expansión no les coja desprevenidos. La falta de
mecanismos de transferencia Segunda observación: Han faltado mecanismos de transferencia de
tecnología. La industria tuvo necesidad de adquirir ventajas competitivas
mediante la innovación tecnológica. Cuando se volvió hacia la universidad
encontró pocos centros de referencia a los que acudir y escasos mecanismos
apropiados para establecer la relación. Hubo casos en los que la relación
universidad-industria se llevó a cabo con beneficio para ambas partes, pero
abundaron las situaciones irregulares. No siendo fácil la comunicación, ambas
partes han jugado a suplantar el papel del otro. Por ejemplo, hubo grupos
universitarios que se vieron obligados a dedicar sus equipos de trabajo a
proyectos de desarrollo sin carácter innovador. Tuvieron que competir con las
empresas para conseguir fondos con los que complementar los salarios de sus
estudiantes de tercer ciclo y evitar que con su fuga se desintegraran equipos
que llevó años aglutinar. Del otro lado, las empresas crearon departamentos de I+D a
espaldas de las universidades. Los resultados fueron variados. En algunos casos
esos departamentos, formados por personas con más experiencia en el márketing
que en la investigación, se dedicaron a comprar a precios desmesurados, en los efímeros
hub californianos, tecnologías que existían mucho más elaboradas y con
mejor calidad en grupos universitarios españoles. Y es que no existen bazares
donde comprar una lámpara maravillosa que permita hacer el producto soñado.
Resulta mucho más fácil acertar en la compra con el asesoramiento de un
investigador de confianza. De entrada hablará el idioma adecuado con el
vendedor y hará las preguntas pertinentes para poner en evidencia la calidad de
una tecnología incipiente. Es más, un investigador que conoce las necesidades
de la empresa, será capaz de encontrar entre los grupos de investigación más
avanzados del mundo los ingredientes capaces de configurar un proyecto que
acabe dando el resultado que la empresa busca. Existen mecanismos de transferencia cuya eficacia ha sido
comprobada en otros países que abordaron la cuestión con anterioridad. Por
ejemplo, las cátedras dotadas con fondos de una empresa para mantenerse al
tanto de los nuevos desarrollos en un campo específico. Estas cátedras permiten
a la empresa, entre otras cosas, tener a su disposición como asesor y
consultor, a investigadores que están al tanto no sólo de cuanto está saliendo
de los laboratorios en cada momento sino también de lo que es sensato esperar
que surja en el futuro inmediato. El desarrollo de estas figuras, junto con
otras formas de convenios de colaboración que van más allá del proyecto
puntual, han de permitir que exista una guía clara para encauzar la
coordinación de la actividad investigadora de la universidad con la necesidad
de innovación de la empresa. También merece la pena mencionar que si bien en
otros campos existen bastantes centros de investigación de referencia en los
que la industria puede recabar ayuda a la hora de abordar proyectos ambiciosos,
en el campo de la tecnología de la información no es así. Queda pendiente que
la universidad sepa configurar adecuadamente y cuanto antes este tipo de
centros. Equipos
pluridisciplinarios Tercera observación: La tecnología de la información ya no es
un dominio exclusivo de los tecnólogos. El despliegue de Internet y la
telefonía móvil ha dado un giro hacia la comunicación en las aplicaciones más
extendidas de la tecnología de la información, y que necesitan para su
producción de equipos pluridisciplinarios. El ejemplo más común en esos años ha
sido el desarrollo de sitios web. Son publicaciones electrónicas, y para
desarrollarlas han de intervenir coordinadamente y con una metodología sólida
informáticos, diseñadores y periodistas. Pero en el futuro habrá muchos más
ejemplos. Cada vez más, los ordenadores son máquinas que sirven para la
comunicación. En ese contexto, la industria ha reaccionado con rapidez
configurando los equipos con la heterogeneidad apropiada. Pero la universidad
va a la zaga. Reacciona con la inercia propia de una institución que ha de
cumplir también con el papel de ser referente del corpus de conocimiento
establecido. La universidad empieza complementando la formación de los
tecnólogos en dominios hasta ahora reservados para los fabricantes de contenidos,
y viceversa. Hace que los estudiantes de periodismo, comunicación audiovisual,
lingüística u otras áreas acaben sus licenciaturas con un mayor conocimiento de
las herramientas técnicas. Pero queda todavía la investigación y su
transferencia. Lleva tiempo crear y consolidar equipos de investigación
pluridisciplinarios que puedan abordar los proyectos de investigación que
pueden ser la avanzadilla que la industria necesita para guiar su desarrollo.
Mientras esto sucede habrá que recurrir a la coordinación de grupos de
investigación que trabajan en campos que la industria pide que se complementen. La transferencia entre la universidad y la industria es un asunto
muy distinto dependiendo del campo. En ingenierías más asentadas, como la civil
o la industrial, los años han dado un equilibrio razonable a lo papeles que,
generalmente en una conversación de tú a tú, juegan unos y otros para realizar
la transferencia de conocimientos. Pero en el campo de la tecnología de la
información la estabilidad no ha llegado. Queda mucho por hacer, ordenar las
relaciones, establecer la confianza entre los dos mundos y, sobre todo,
aumentar la ambición de los proyectos que acometen unos y otros. Sólo de ese
modo se podrá competir en un campo de actuación global que es en el que se
desarrolla la partida de la economía asociada a la tecnología de la
información. Por último, mencionar que ni la industria ni la universidad podrán
avanzar sin que el ciudadano aumente su percepción de estar participando de los
cambios que están configurando esa nueva sociedad de la información. En ese
sentido, la universidad no tiene que olvidar en sus proyectos dar entrada a los
espacios urbanos que le permitan transferir adecuadamente a la sociedad cuantos
avances se estén produciendo y el anticipo de las consecuencias que
previsiblemente vengan asociadas. Vicente López es catedrático de Ciencias
de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad
Autónoma de Madrid (UAM). En la actualidad está en comisión de servicios en
la Universidad Pompeu Fabra (UPF, Barcelona)
donde dirige la Cátedra Telefónica de Producción Multimedia.
Este artículo forma parte del
número 22-23 de Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y
Cultura.
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