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Consecuencias del etiquetaje científico

La investigación sobre drogas de abuso se ha visto desprestigiada ante el error de un grupo de científicos que confundió speed con éxtasis

Victoria Mendizábal 10/10/03

Biomedia (Barcelona). El 27 de septiembre del 2002, una noticia científica invadió la prensa norteamericana y fue portada de periódicos como La Vanguardia y El Mundo en España. Un grupo de científicos de la Universidad Johns Hopkins publicaba en la prestigiosa revista Science1 que el éxtasis era capaz de provocar un severo daño neuronal en primates. Según los autores de la acreditada institución de Baltimore (Estados Unidos), esta neurotoxicidad podía constituir un factor de riesgo para el desarrollo precoz de la enfermedad de Parkinson entre la creciente población de consumidores de pastillas de éxtasis.

Dada la relevancia del descubrimiento, la noticia cobró protagonismo, impulsada por figuras relevantes del mundo científico que rápidamente promovieron su difusión. Tanto la propia Universidad Johns Hopkins como el Instituto Nacional sobre Drogas de Abuso (NIDA) de Estados Unidos, que financió el estudio, y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), apoyaron firmemente los resultados de esta investigación. Incluso Alan Leshner, director ejecutivo de la AAAS y ex-director del NIDA, avaló públicamente este estudio diciendo que el hallazgo enviaba un importante mensaje de salud pública: «no experimente con su cerebro».

Sin embargo, el trabajo recibió duras críticas por parte de la comunidad científica.  Para Colin Blakemore, profesor de Fisiología en la Universidad de Oxford y director de la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia, el trabajo no había sido revisado con la rigurosidad que caracteriza a una revista como Science.

Primero, porque sin el adecuado fundamento los autores pretendieron homologar la dosis administrada a los monos en los experimentos con las dosis empleadas por consumidores de éxtasis. La prueba del error resultó evidente: mientras el 20% de los animales a los que en teoría se les había administrado éxtasis «a una dosis recreacional» resultaron muertos, sólo se registran unas pocas muertes al año cuando se estima que un millón de personas consume éxtasis cada fin de semana en Inglaterra.

En segundo lugar, en el citado estudio la droga fue administrada por vía subcutánea y no como una pastilla. «Lo que seguramente implicó que la cantidad que llegó al cerebro de los monos fuera mayor que si se la hubiesen administrado en forma de oral», le dijo Leslie Iversen a la revista The Scientist. «Deberían haber medido los niveles de éxtasis en la sangre de los monos para comprobar que la dosis administrada era homologable a la que se observa en humanos», agregó la eminente farmacóloga del King's College de Londres.

Un tercer punto débil del estudio es el efecto extremo que se describe sobre las neuronas involucradas en el desarrollo de Parkinson: las dopaminérgicas. Según Blakemore, si bien se ha demostrado que el éxtasis provoca el daño de un tipo de neuronas llamadas serotoninérgicas, jamás se había descrito que pudiera dañar neuronas del tipo dopaminérgicas, ni en primates, ni en estudios realizados en humanos. «Los efectos descritos por Ricaurte se parecen más a los de la metanfetamina, más conocida como speed*, que a los del éxtasis», auguró Blakemore.

No era éxtasis

Casi un año después de la polémica, las sospechas se confirmaron cuando el grupo de Ricaurte se vió obligado a retractarse públicamente, también en la revista Science2.

Los efectos del éxtasis descritos en el trabajo original no estaban de acuerdo con la literatura previa, simplemente porque lo que se les había administrado a los monos no era éxtasis sino metanfetamina pura. «La etiqueta de los frascos estaba equivocada y nosotros creíamos que estábamos utilizando MDMA en lugar de metanfetamina», declaró Ricaurte a la prensa. Las dudas de los investigadores comenzaron cuando al intentar demostrar que el éxtasis administrado por vía oral también provoca daño dopaminérgico, no pudieron reproducir sus resultados.

Sin embargo, la simpleza de la explicación que Ricaurte dio a este «error humano», como él mismo definió, no se corresponderá con sus consecuencias tanto para la comunidad científica como para la población general.

En primer lugar, la eficacia del sistema de evaluación por pares o peer review que emplean las revistas como Science queda definitivamente puesta en tela de juicio. Dado que no existe otro método más eficiente para revisar un artículo científico que someterlo a las críticas de otros expertos, resulta difícil de creer que los revisores del trabajo en cuestión hayan obviado críticas tan evidentes como las expresadas por científicos como Blakemore e Iversen. Cabe preguntarse, entonces, si el comité editorial de Science no se habrá apresurado a publicar resultados que no estaban debidamente contrastados.

En cualquier caso, no sólo el grupo de Ricaurte aprenderá a ser más cauto a la hora de dar por terminado un trabajo, sino también los responsables de las decisiones editoriales a guiarse más por criterios científicos y no de impacto mediático a la hora de aceptar un trabajo para su publicación. Más aún, seguramente las autoridades de instituciones como el NIDA o la AAAS se manejarán con más reserva, dado que el impacto que este fallo puede provocar en los consumidores de éxtasis podría ser exactamente el opuesto al deseado: al desacreditarse las investigaciones, los consumidores de éxtasis pueden perder confianza en los mensajes que les llegan desde fuentes científicas.

Con errores como este no sólo se desprestigia una institución como la  Universidad Johns Hopkins o una revista como Science, sino toda la investigación vinculada con el éxtasis y, más aún, la ciencia como disciplina confiable. A lo largo de este año, muchos investigadores han perdido literalmente el tiempo, no sólo tratando de reproducir los resultados de Ricaurte sino también buscando argumentos para explicarlos3.

Sobre los criterios científicos

«No somos químicos, somos científicos» es el argumento con el que Ricaurte se defiende públicamente de los ataques de la prensa. Y, seguramente, «ningún investigador comprueba normalmente el contenido de un producto etiquetado por un proveedor como el NIDA», como dijo Michael Taffe, quien también investiga sobre éxtasis en el Scripps Research Institute de La Jolla, California.

Pero, lo que ningún investigador debería hacer es pasar por alto los criterios que definen la esencia de la disciplina científica. Resulta evidente que ninguno de los autores del trabajo consideró necesario reproducir los resultados, obtenidos por vía subcutánea, en otro experimento donde administraran el éxtasis por vía oral, ni tampoco medir los niveles de la droga en la sangre de los monos y compararla con los que alcanza en un consumidor de éxtasis, antes de asegurar que «una dosis recreacional de éxtasis puede provocar severo daño dopaminérgico». De haber sido así, hubiesen descubierto el error un año antes ya que no hubiesen encontrado ni rastros de éxtasis en la sangre de esos monos.

Es que, seguramente, no sólo no tuvieron en cuenta la reproducibilidad de sus resultados, sino que tampoco consideraron pertinente el principio de dialéctica que se basa en la permanente confrontación del experimento con la realidad. De haber sido así, hubiesen notado que mientras que en sus experimentos 2 de cada 10 monos moría como consecuencia de la inyección de éxtasis, en la población general se estima que el riesgo de muerte por éxtasis es de 1 en 50 000.

Pero lo que definitivamente olvidaron es el respeto por el primer principio de cualquier investigación científica, en el cual el objeto de estudio debe ser observado de la manera más independiente posible del sujeto. No resulta del todo paradójico que en este lamentable episodio de errores de etiqueta, la objetividad fuera sustituida por un mal conocido como «empecinamiento ideológico».

Victoria Mendizábal es doctora en Farmacología por la Universidad de Buenos Aires, máster en Comunicación Científica por la UPF y colaboradora del Observatorio de la Comunicación Científica.

Notas
1 G.A. Ricaurte et al.: «Severe dopaminergic neurotoxicity in primates after a common recreational dose regimen of MDMA ("ecstasy")», Science 2002, 297:2260-2263. [
PubMed Abstract]
2 G.A. Ricaurte et al.: «Retraction», Science 2003.
http://www.sciencemag.org/ 
3 O'Shea E, Colado MI: «Is frequent dosing with ecstasy a risky business for dopamine-containing neurons?» Trends Pharmacol Sci. 2003; 24 (6): 272-4.

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