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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Consecuencias del etiquetaje científicoLa investigación sobre drogas de abuso se ha visto desprestigiada ante el error de un grupo de científicos que confundió speed con éxtasis
Biomedia (Barcelona). El 27 de
septiembre del 2002, una noticia científica invadió la prensa norteamericana y
fue portada de periódicos como La Vanguardia y El Mundo en
España. Un grupo de científicos de la Universidad
Johns Hopkins publicaba en la prestigiosa revista Science1 que el éxtasis era capaz de
provocar un severo daño neuronal en primates. Según los autores de la
acreditada institución de Baltimore (Estados Unidos), esta neurotoxicidad podía
constituir un factor de riesgo para el desarrollo precoz de la enfermedad de
Parkinson entre la creciente población de consumidores de pastillas de éxtasis. Dada la relevancia del descubrimiento, la noticia cobró
protagonismo, impulsada por figuras relevantes del mundo científico que rápidamente promovieron su difusión.
Tanto la propia Universidad Johns Hopkins como el Instituto Nacional sobre
Drogas de Abuso (NIDA) de Estados
Unidos, que financió el estudio, y la Asociación Americana para el Avance de la
Ciencia (AAAS), apoyaron firmemente los
resultados de esta investigación. Incluso Alan Leshner, director ejecutivo de
la AAAS y ex-director del NIDA, avaló públicamente este estudio diciendo que el
hallazgo enviaba un importante mensaje de salud pública: «no experimente con su
cerebro». Sin embargo, el trabajo recibió duras críticas por parte de
la comunidad científica. Para Colin
Blakemore, profesor de Fisiología en la Universidad
de Oxford y director de la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia,
el trabajo no había sido revisado con la rigurosidad que caracteriza a una
revista como Science. Primero, porque sin el adecuado fundamento los autores
pretendieron homologar la dosis administrada a los monos en los experimentos
con las dosis empleadas por consumidores de éxtasis. La prueba del error
resultó evidente: mientras el 20% de los animales a los que en teoría se les
había administrado éxtasis «a una dosis recreacional» resultaron muertos, sólo
se registran unas pocas muertes al año cuando se estima que un millón de
personas consume éxtasis cada fin de semana en Inglaterra. En segundo lugar, en el citado estudio la droga fue
administrada por vía subcutánea y no como una pastilla. «Lo que seguramente
implicó que la cantidad que llegó al cerebro de los monos fuera mayor que si se
la hubiesen administrado en forma de oral», le dijo Leslie Iversen a la revista
The Scientist. «Deberían
haber medido los niveles de éxtasis en la sangre de los monos para comprobar
que la dosis administrada era homologable a la que se observa en humanos»,
agregó la eminente farmacóloga del King's
College de Londres. Un tercer punto débil del estudio es el efecto extremo que
se describe sobre las neuronas involucradas en el desarrollo de Parkinson: las
dopaminérgicas. Según Blakemore, si bien se ha demostrado que el éxtasis
provoca el daño de un tipo de neuronas llamadas serotoninérgicas, jamás se
había descrito que pudiera dañar neuronas del tipo dopaminérgicas, ni en
primates, ni en estudios realizados en humanos. «Los efectos descritos por
Ricaurte se parecen más a los de la metanfetamina, más conocida como speed*,
que a los del éxtasis», auguró Blakemore. No era éxtasis Casi un año después de la polémica, las sospechas se
confirmaron cuando el grupo de Ricaurte se vió obligado a retractarse públicamente,
también en la revista Science2. Los efectos del éxtasis descritos en el trabajo original no
estaban de acuerdo con la literatura previa, simplemente porque lo que se les
había administrado a los monos no era éxtasis sino metanfetamina pura. «La
etiqueta de los frascos estaba equivocada y nosotros creíamos que estábamos
utilizando MDMA en lugar de metanfetamina», declaró Ricaurte a la prensa. Las
dudas de los investigadores comenzaron cuando al intentar demostrar que el
éxtasis administrado por vía oral también provoca daño dopaminérgico, no
pudieron reproducir sus resultados. Sin embargo, la simpleza de la explicación que Ricaurte dio
a este «error humano», como él mismo definió, no se corresponderá con sus
consecuencias tanto para la comunidad científica como para la población
general. En primer lugar, la eficacia del sistema de evaluación por
pares o peer review que emplean las
revistas como Science queda
definitivamente puesta en tela de juicio. Dado que no existe otro método más
eficiente para revisar un artículo científico que someterlo a las críticas de
otros expertos, resulta difícil de creer que los revisores del trabajo en
cuestión hayan obviado críticas tan evidentes como las expresadas por científicos
como Blakemore e Iversen. Cabe preguntarse, entonces, si el comité editorial de
Science no se habrá apresurado a
publicar resultados que no estaban debidamente contrastados. En cualquier caso, no sólo el grupo de Ricaurte aprenderá a
ser más cauto a la hora de dar por terminado un trabajo, sino también los
responsables de las decisiones editoriales a guiarse más por criterios
científicos y no de impacto mediático a la hora de aceptar un trabajo para su
publicación. Más aún, seguramente las autoridades de instituciones como el NIDA
o la AAAS se manejarán con más reserva, dado que el impacto que este fallo
puede provocar en los consumidores de éxtasis podría ser exactamente el opuesto
al deseado: al desacreditarse las investigaciones, los consumidores de éxtasis
pueden perder confianza en los mensajes que les llegan desde fuentes
científicas. Con errores como este no sólo se desprestigia una
institución como la Universidad Johns
Hopkins o una revista como Science,
sino toda la investigación vinculada con el éxtasis y, más aún, la ciencia como
disciplina confiable. A lo largo de este año, muchos investigadores han perdido
literalmente el tiempo, no sólo tratando de reproducir los resultados de
Ricaurte sino también buscando argumentos para explicarlos3. Sobre los criterios científicos «No somos químicos, somos científicos» es el argumento con
el que Ricaurte se defiende públicamente de los ataques de la prensa. Y,
seguramente, «ningún investigador comprueba normalmente el contenido de un
producto etiquetado por un proveedor como el NIDA», como dijo Michael Taffe,
quien también investiga sobre éxtasis en el Scripps Research Institute de La
Jolla, California. Pero, lo que ningún investigador debería hacer es pasar por alto
los criterios que definen la esencia de la disciplina científica. Resulta
evidente que ninguno de los autores del trabajo consideró necesario reproducir
los resultados, obtenidos por vía subcutánea, en otro experimento donde
administraran el éxtasis por vía oral, ni tampoco medir los niveles de la droga
en la sangre de los monos y compararla con los que alcanza en un consumidor de
éxtasis, antes de asegurar que «una dosis recreacional de éxtasis puede
provocar severo daño dopaminérgico». De haber sido así, hubiesen descubierto el
error un año antes ya que no hubiesen encontrado ni rastros de éxtasis en la
sangre de esos monos. Es que, seguramente, no sólo no
tuvieron en cuenta la reproducibilidad
de sus resultados, sino que tampoco consideraron pertinente el principio de dialéctica que se basa en
la permanente confrontación del experimento con la realidad. De haber sido así,
hubiesen notado que mientras que en sus experimentos 2 de cada 10 monos moría
como consecuencia de la inyección de éxtasis, en la población general se estima
que el riesgo de muerte por éxtasis es de 1 en 50 000. Pero lo que definitivamente
olvidaron es el respeto por el primer principio de cualquier investigación
científica, en el cual el objeto de estudio debe ser observado de la manera más
independiente posible del sujeto. No resulta del todo paradójico que en este
lamentable episodio de errores de
etiqueta, la objetividad fuera
sustituida por un mal conocido como «empecinamiento ideológico». Victoria Mendizábal es doctora en Farmacología por la
Universidad de Buenos Aires, máster en Comunicación Científica por la UPF y
colaboradora del Observatorio de la Comunicación Científica. Notas |
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