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Ramón Núñez, museólogo
Sobre el Aquarium Finisterrae, la Costa da Morte, los humanos y los peces

5/12/02

Biomedia (Barcelona). Con la impresionante cantidad de información que recibimos diariamente desde todos los frentes, pocas veces contamos con la opción de conocer voces expertas de primera mano, en primera persona, y todavía en menos ocasiones encontramos opiniones autorizadas que hablen de hechos contingentes, como lo es el vertido del petrolero Prestige.

El Aquarium Finisterrae o Casa de los Peces, es uno de los tres acuarios europeos que utilizan agua de mar sin tratamiento, de manera que su fauna es una reproducción de la costa gallega. Entre sus objetivos está el mostrar a sus visitantes los ecosistemas locales, en un homenaje al vínculo de sus habitantes con el mar. Su posible clausura ha sido noticia en muchos periódicos y medios de comunicación, hecho que en cierto lo ha convertido un símbolo del desastre ecológico y económico que está viviendo Galicia.

Ya que las informaciones de los medios de mayor periodicidad nos permiten a todos recibir información de orden político, social, técnico y de cualquier otra índole, queremos ofrecerles lo que Ramón Núñez –director de los Museos Científicos Coruñeses– contó a los periodistas en el Centro Internacional de Prensa de Barcelona, el jueves 26 de noviembre con motivo de su participación en el Máster de Comunicación Científica de la Universitat Pompeu Fabra. Aunque los alcances de este vertido tienen connotaciones sociales y económicas de gran importancia, Biomedia quiere ofrecer este relato relacionado con la biología, la museología y la divulgación científica.

Ramón Núñez, director del Acuarium Finisterrae:

«Pronunciamos mucho la palabra muerte y se aplica en muchos casos, pero hay uno que vale la pena aclarar: se habla de Costa da Morte, y se la relaciona con la muerte humana. Pero la definición en realidad, se refiere a la muerte del Sol. Se llama la Costa da Morte porque es la costa del Finisterre, es decir, el lugar donde muere el Sol. En Europa hay varios finisterres, uno en la Bretaña, otro en Galicia, el sitio donde se termina la tierra. Y donde ésta termina, nace otra cosa. Es allí donde el Sol se sumerge en un mar tenebroso, al que algunos iban y no volvían, detrás del cual no se sabía qué había. De ahí su nombre. Y vale la pena reivindicar su auténtico significado porque si no, parece como si fuese un sino que llevases para siempre: que es allí donde se han de morir los pescadores, los percebeiros, los barcos. No, la muerte –en este caso– iba a ser más poética, a no ser que nosotros la convirtamos en la costa de la muerte por petróleo, o de la muerte negra. A mí me gustaría que no fuese así, que la imagen de la Costa da Morte fuera, si queréis, potente, ruda, poderosa, pero no negativa.

Sin embargo, aquí estamos manejando la palabra muerte en otros contextos; para entender la palabra muerte, es necesario entender el significado de la vida. Para mí la muerte es una definición que nace por negación. ¿Qué es la muerte? La desaparición de la vida. Entonces hay que preguntarse también qué es la vida.

Creo que en el caso de este vertido y, en general, de las catástrofes de vertidos marinos, estamos acostumbrados a ver fotos de aves marinas (cormoranes, araos, incluso gaviotas), con las alas manchadas de petróleo, en una roca o en la arena, y esas fotos nos impactan: son la imagen de la muerte. Esas fotos tienen significado porque inmediatamente la asociamos a la vida de ese animal; vemos al alcatraz sumergirse y bucear, una gaviota en pleno vuelo, el arao levantando las alas en las rocas. Esa foto es potente porque es la negación de la vida: el animal, negro, tirado en la arena, es la negación de una vida que hemos visto y nos ha sorprendido.

Pero resulta que, en con el petróleo, mueren muchos más que aves, muchos otros organismos y especies. La aniquilación de un ecosistema es la muerte de muchos organismos en los que no pensamos. Hay otros que también se están muriendo y a lo mejor nunca saldrán en ningún periódico.

Por eso quería venir aquí, para contarles lo que conozco, a través de algunas fotografías*. Y quería contextualizar: estas fotos son parte de una pequeña historia que, si me dejáis ser impúdico, tiene algo que ver con mi vida. Yo de niño quería ser químico y mi gran sueño era trabajar en una industria; hice la carrera de químicas, y mi primer trabajo fue en una refinería de petróleos, en 1970. Fue en la refinería de Castellón, diseñando un reactor para desulfurizar el gasoil. En esos tiempos, el gasóleo de España se vendía con todo el azufre que traía el crudo. Aún no se había descubierto lo que era la lluvia ácida. Entonces, el director de la refinería me dijo: «Mira Moncho, hay una preocupación de tipo ambiental que vincula un tipo de lluvias de carácter ácido con algunas combustiones. En concreto, a las combustiones de derivados del azufre, que al quemarse, producen dióxido de azufre. Ese dióxido, al llegar a la atmósfera, se oxida y se convierte en trióxido, que a su vez, con agua de por medio, forma ácido sulfúrico». Aquel azufre me hizo consiente de que algunos factores del progreso alteran el medio ambiente, y que casi siempre nos damos cuenta que rompimos el jarrón después de haberlo roto. A frases como «¡el agujero de ozono!» le siguen otras como «a ver que hacemos ahora». Pero el agujero ya está hecho y, de momento, sólo podemos tratar de no agrandarlo.

Y así funcionamos casi siempre, no hay que escandalizarse, porque en general ésa es la dinámica del quehacer humano.

Después de trabajar en la refinería volví a mi ciudad natal, A Coruña. A la educación, a la divulgación científica y, al final, a la museología. Un mediodía de verano, mientras daba clases de química en un colegio de A Coruña, con los alumnos vimos que el cielo se oscurecía. Las aulas daban hacia la playa de Santa Cristina, en la bahía de la ciudad, y de repente el día se puso tan oscuro que hubo que encender las luces. «¿Qué pasa?» nos preguntamos, y en aquel momento sentimos que era más importante lo que pasaba afuera que lo de adentro del aula, y les dije a los chicos: «Vamos a ver que pasa afuera». Ahí supimos que el petrolero Urquiola, entrando en el puerto, había encallado en unos bajos. Se partió, y derramó, en la entrada del puerto algo así como cien mil toneladas de crudo. Esto fue el año 1976.

Después dejé la educación, me dediqué a la divulgación científica, a la museología. En 1992, era director de la Casa de las Ciencias, y un día –el 3 de diciembre de ese año– me levanté sobresaltado cuando otro petrolero, el Mar Egeo, antes de enfilar hacia el puerto, en el giro a la Torre de Hércules, chocó contra unas rocas. Se abre, se incendia y vierte ochenta mil toneladas de crudo. Aquel día la ciudad estuvo conmocionada. Imaginen que viven en un puerto, como el de Barcelona; se incendia un petrolero, y el viento atrae todo el humo hacia la ciudad. Producto de este vertido se acabó la vida por muchos años en doscientos kilómetros de costa.

Y en el sitio donde encalló el Mar Egeo, el Ayuntamiento decidió hacer un acuario. La idea era, y es, que fuese un homenaje al mar, un símbolo de lo que le debemos al mar los gallegos y, si queréis, todos nosotros: los que han pescado, los que han salido desde allí a buscar mundos, todos. Y quisimos hacer un acuario que sirviera como centro de educación ambiental, es decir, que tomara una opción educativa, ecológica, en lugar de una opción de «parque de atracciones», con más concesiones a la espectacularidad. No tendríamos delfines, ni orcas, ni pingüinos. Queríamos enseñar cómo era la costa gallega, los ecosistemas y quienes viven en ella, y mostrarlo del modo más parecido al medio natural. Queríamos hacer una «casa de los peces», y así empezamos a llamarla, de manera que los peces no notaran la diferencia entre vivir allí, o vivir en su  medio natural no contaminado. Eso significaba, por ejemplo, que las rocas no fueran un escenario –en la mayor parte de los acuarios del mundo las rocas son «el decorado» y en ellas ponen algas, estrellas marinas, erizos, gorgonias y otros seres, pero de plástico. Luego llenan de agua el acuario y, si vas y vuelves en cuatro meses, la estrella de mar sigue en el mismo sitio... Y como nadie viene a fijarse en esas cosas, se entiende y acepta que es un decorado para los peces; así es, no hay nada malo en ello, porque «reproduce» el hábitat natural.

Pero nosotros tuvimos un capricho: no queríamos tener un decorado bonito, sino un decorado vivo. Que las algas, corales, mejillones estuvieran vivos, de manera que si el pez quiere saludar a las anémonas, les decir «buenos días». Y no me toméis como a un poseído: en los acuarios donde hay algas de plástico, fijaos en que los peces nunca se camuflan entre las algas; sin embargo, en el nuestro veréis que los peces sí se camuflan, porque es lo que sucede en la naturaleza; las algas cumplen funciones dentro del ecosistema de los peces, de nutrición y de refugio.

Queríamos un acuario natural. Y para que lo fuese, hacía falta que el agua también lo fuera, que estuviera viva, lo que no sucede en todos los acuarios. En la mayor parte, el agua se trata con ozono para prevenir infecciones, mareas rojas o cualquier tipo de accidente biológico. El ozono actúa como desinfectante y mata todos los agentes patógenos; pero también mata el fitoplancton y el zooplancton. Como consecuencia de la ozonización, se obtiene un agua clara y azulada que le gusta al público y es una excelente manera de descontaminarla, pero entonces no debe haber ningún organismo que demande plancton; y nuestras almejas y mejillones sí lo piden. Queremos que las rocas del acuario sean colonizadas de la forma más natural posible, más similar a las costas gallegas. Y que si un alga, un mejillón, o un coral quiere asentarse allí, que no tenga problemas en hacerlo.

Y así, el acuario tomó la decisión de alimentarse del agua del mar sin ozonizarla. Esto, que era fruto de nuestra vocación, acabaría siendo un problema en el caso de que ocurriera algo como lo que está ocurriendo. Como dijo Miguel Delibes, lo que es nuestra grandeza es nuestra debilidad. Yo creí, y ahí tengo que declarar mi absoluta ingenuidad, que aquello de los accidentes de vertidos vacunaba. Y aún no hace quince días ( a principios de noviembre), hablando con el director del acuario de Baltimore, éste me decía: «¿Y si tienes un vertido?» Le dije, «no te preocupes, tengo el privilegio de vivir en una ciudad que ya ha sufrido dos vertidos de petróleo. Estamos vacunados».

El caso es que hoy el acuario está en grave peligro. Porque, como sabéis, tenemos en las costas de Galicia un vertido de fuel. En función de los vientos, podemos saber a quién le toca más o menos, pero de alguna manera, ya nos está tocando a todos. A nosotros nos ha tocado menos, A Coruña, y en general al golfo Ártabro.

Pero este poco que entró, afectó en cierta medida al acuario. Tenemos en él tres piscinas que dan al exterior, al aire libre, y de las tres, una está abierta a mareas, con lo que sube y baja su nivel. La diferencia intermareal en Galicia es de aproximadamente cuatro metros, donde hay pequeños ecosistemas, interesantes desde un punto de vista ecológico. Es de esta piscina de donde bombeamos el agua. En otra de las piscinas exteriores, tenemos seis focas, dos machos y cuatro hembras. Estas focas, el domingo diecisiete, en un momento estaban todas fuera del agua, en una plataforma flotante, y los acuaristas me dijeron «oye Moncho, que están fuera del agua todas las focas». Era raro; como mucho eran dos o tres las que estaban simultáneamente en las balsas, eso llamó la atención de los acuaristas. Habrían notado algo del vertido, pensamos, pero ya habían pasado tres días desde el accidente. Al cabo de unas horas, notamos nosotros el olor a petróleo. Al cabo de unos días vimos que un macho tenía manchas de fuel en una vibrilla del bigote, y luego que una hembra tenía otra en el pecho, y nos dimos cuenta de dos cosas: que había un petróleo que no se veía a simple vista, en nódulos pequeños; y que era posible que entrara parte del vertido en aquella piscina. Es cierto que en los días anteriores había habido un gran temporal y, al batir allí olas de ocho metros, contra un acantilado vertical que es el borde de la piscina en cuestión, el agua pasa dentro por encima, aunque tenga una gran altura. Siempre entra algo dentro.

Esa fue la primera señal. Poco a poco, tuvimos que tomar medidas, como poner compuertas nuevas en la piscina intermareal, válvulas que la hicieran hermética, barreras de superficie (para que no llegara petróleo donde captamos el agua). Otras medidas han sido restringir la entrada de agua en la piscina intermareal, dejando entrar sólo el agua en los momentos de pleamar, para que el agua que entrara fuese la de más abajo y no la de la superficie.  Llenamos, y luego bombeamos el agua a través de unos filtros exteriores, hay otros filtros en el interior, pero este sistema no nos da autonomía de agua. Y pese a todo, en una cata hecha en un foso de arena encontramos restos de fuel, del tamaño de avellanas, de nueces, en bolas. Aquello estaba contaminado. Y qué le puede pasar al acuario: si llega una masa grande de fuel al sitio desde donde cogemos el agua, nos podemos ver obligados a cerrar por completo la toma. Si hay que cerrarla por completo, podremos resistir tres días. A partir de ahí, tendríamos que traer agua marina en camiones cisterna, a razón de treinta mil litros por hora. Así podríamos resistir durante unas cuatro o seis semanas. Si en este tiempo podemos limpiar la zona de toma de agua, podríamos sobrevivir. Si no es posible, en el caso que la mancha fuera demasiado grande, habría que cerrar el acuario; evacuar a los peces (los traeríamos, algunos, a Barcelona, a Valencia, San Sebastián, Madrid, Lisboa, a todos los que se han ofrecido). Habría que cerrar el acuario hasta regenerar la zona desde donde captamos, y hasta que limpiáramos la posible contaminación del circuito. Un cierre de,  estimamos, un año, y que tendría un costo, más o menos de tres millones de euros, como mínimo, entre la perdida de ingresos y la de reparación de las instalaciones. Sería una importante pérdida ecológica, ya que significaría la muerte de todos los invertebrados que viven en el acuario. A los peces y a las focas los podríamos salvar con seguridad.

Sería una pérdida de tipo científico, porque se interrumpirían estudios, por ejemplo, de la vida en cautividad de calamares, meros y rapes. Estas tres especies tienen importancia económica, y aunque actualmente existen cultivos de salmón, dorada, rodaballo y otras especies, la «ganadería marina» está comenzando, y lo primero que debemos saber, para incluir nuevas especies en las piscifactorías, es cómo viven y cómo se pueden mantener vivas, en cautividad. Nosotros estudiamos actualmente las tres especies mencionadas, y estamos conociendo sus hábitos de vida, de alimentación, y de reproducción productiva.

Sería una pérdida económica, científica, ecológica y acuariológica y, esto me parece muy importante, una pérdida simbólica. Un acuario que fue construido como un homenaje al mar, como tributo de una sociedad a aquellos ecosistemas que estamos dañando y, en algunos casos, aniquilando. El que ese mismo símbolo sea víctima del mismo mal es grave, le incorpora un componente que depende del grado de lirismo que tenga cada uno, pero que a mí me parece muy importante. Por eso quise venir aquí, estar con vosotros, para contaros que no sé a quien le importa más o a quien le importa menos, pero hay un acuario en A Coruña, que se llama la Casa de los Peces, que nació con la vocación que les he contado, que puede morir, y no queremos que muera. Si eso es un patrimonio de los coruñeses, haremos lo posible para que no muera, pero si es un patrimonio de los catalanes, españoles, de los seres humanos, pues a lo mejor os apetece echar una mano, y decir también os fastidia lo que está ocurriendo».

*Fotografías de especies del Acuarium Finisterrae: http://www.casaciencias.org/Aquarium/prestige/morituri

Más información en la red:
Aquarium Finisterrae: http://www.casaciencias.org/Aquarium

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