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Biomedia (Barcelona). Como fabuló el frigio Esopo hace
2600 años, el grito «¡Qué viene el lobo!» –o, en este caso, «¡Qué viene la
traducción automática!»– corre el peligro de desilusionar al público. Y es que,
desde que en 1933 el profesor ruso Petr Petrovich Troyanksii patentó la idea de
un aparato de traducción mecanizada, repetidas veces se ha cantado victoria
–prematuramente, claro está– en la batalla de las máquinas contra el castigo de
un dios airado que, según dice el mito, «confundió el lenguaje de toda la gente
de la Tierra» (Gn 11, 9) «para que nadie entendiera el habla de su compañero»
(Gn 11, 7). Claro que para muchos la multilingualidad no es una desgracia, sino
un preciado tesoro, resultado o impulso, según cómo se mire, de la diversidad
cultural de la especie humana. Ya decía el humanista alemán Wilhelm von Humboldt (1767-1835) que cada
lengua representa una Weltanschauung
(visión del mundo) particular, una interpretación distinta de la realidad. Es
evidente también que todas las lenguas tienen la misma capacidad de expresión,
la misma complejidad teórica, y no sólo están formadas por las mismas clases de
palabras (verbos, nombres, adjetivos, preposiciones, etc.), sino que todas
utilizan también el poderosísimo mecanismo de composición (el significado de
una frase emerge como combinación de los significados de sus partes), y siguen
una sintaxis determinada (por ejemplo sujeto–verbo–predicado o
sujeto–predicado–verbo). Esta naturaleza común de todas las lenguas humanas
llevó al lingüista americano Noam Chomsky a postular en 1981 la existencia de
una gramática universal, un modelo general del lenguaje humano, dentro del cual
cada lengua es simplemente un caso particular de la gramática universal, la
instanciación de unos valores concretos de los parámetros del modelo,
parámetros como, por ejemplo, si los adjetivos acostumbran a ir delante o
detrás del nombre al que califican. Así que, por un lado, cada lengua ve el mundo de una manera distinta,
pero, por el otro, las diferencias son muy superficiales. Y eso es lo que da
pie a la dificultad y a la promesa de la traducción automática. Traducir de una
lengua X a otra lengua Y no es más que transformar una secuencia de símbolos
(palabras en X) en otra secuencia de símbolos (palabras en Y), y ¿qué son los
ordenadores sino máquinas de manipulación de símbolos a gran velocidad? Pero,
claro está que la transformación de símbolos no es arbitraria sino que tiene
que preservar el significado de las
palabras en X, es decir, que el significado que se genera en la mente de un
hablante de Y al oír o leer la secuencia traducida de símbolos en Y tiene que
ser lo más parecido posible al significado generado en la mente de un hablante
de X al oír o leer la secuencia original. Y aquí está el nudo gordiano de la traducción automática: traducir bien
requiere comprender bien el original, y en estos momentos no sabemos (y quizá
nunca sepamos) programar a los ordenadores para que comprendan el lenguaje
humano. Y el problema no es simplemente que los ordenadores de hoy en día no
tengan memoria o capacidad de computación suficientes, sino algo más profundo:
no sabemos explicitar bien al ordenador los conocimientos y los algoritmos que
los humanos utilizamos para comprender el lenguaje. Pero no todo está perdido, al contrario. Los sistemas de traducción
automática son cada vez mejores y más usados, aunque la tendencia de los que
más éxito tienen es alejarse de intentar comprender el original y basarse en
otro enfoque: controlar la entrada o mantener grandes bancos de frases
paralelas. Controlar la entrada significa que el texto de entrada no puede ser
un texto cualquiera sino que tiene que estar escrito en un lenguaje controlado,
un subconjunto artificial de palabras y reglas que, por definición, impiden que
el texto sea ambiguo. De esta manera el sistema de traducción puede codificar
sin problemas el significado del texto en una representación lógica interna
(alternativamente, en algunos sistemas la entrada no es un texto propiamente
dicho sino ya directamente la representación lógica). Así que, resumiendo, por una parte podemos afirmar que ni en cien años veremos
un ordenador capaz de producir una traducción de una calidad mínimamente
comparable a la que el poeta Carles Riba (1893-1959) hizo de La Odisea de Homero del griego al
catalán en 1948, por cierto reconocida por los expertos helenistas como la
mejor traducción en verso del poema épico clásico por excelencia. Pero, por
otra parte, podemos estar seguros de que los sistemas de traducción automática
serán cada vez mejores y más ubicuos en el contexto del importante desarrollo
de las ciencias cognitivas. Las ciencias cognitivas están de moda, no porque lo que llamamos
cognición (el pensamiento y los procesos mentales superiores, como la memoria,
las emociones o el lenguaje) sea algo nuevo, sino porque en los últimos años
han surgido nuevas técnicas y planteamientos teóricos que han revolucionado el
campo y permiten una aproximación científica y rigurosa a su estudio. Razonar
introspectivamente sobre los contenidos de la propia mente y la de los demás ha
sido posible desde tiempos ancestrales. Pero las conclusiones derivadas de la
mera subjetividad nunca gustaron a quienes pretenden un conocimiento empírico y
objetivo de la realidad. En cierto modo no hay más realidad que la mente
humana, pues en ella basamos toda nuestra concepción de lo existente. Pero, por
tratarse de una realidad subjetiva, la vieja psicología conductista negó la
posibilidad de estudiarla de un modo científico hasta que los avances de la
biología y la revolución informática de la segunda mitad del siglo pasado le
abrieron nuevamente las puertas de la ciencia, poniéndola a prueba no sólo de
los psicólogos, neurocientíficos y filósofos, sino también de los físicos,
matemáticos, filólogos, ingenieros y, por supuesto, de los estudiosos de la
inteligencia artificial. Esos avances, de carácter multidisciplinario, han permitido el diseño y
la construcción de máquinas y dispositivos, como la resonancia magnética
funcional, capaces de mostrarnos en tiempo real las regiones del cerebro que
están activas cuando realizamos una determinada actividad mental, como percibir
una cara conocida, hacer un cálculo aritmético, recordar una determinada
situación o simplemente tener miedo, estar emocionados. Otros desarrollos
teóricos y tecnológicos de la neurobiología permiten también abordar el estudio
experimental de las sustancias químicas, las moléculas e incluso los genes
relacionados con procesos mentales específicos. La llamada neurociencia
cognitiva está ahora en condiciones de desenmascarar muchas de las
estructuras y procesos fisiológicos del cerebro que se relacionan con fenómenos
como la percepción y las motivaciones, las emociones, el aprendizaje y la
memoria, el lenguaje o la conciencia. Al mismo tiempo, los teóricos de la
cognición y los ingenieros informáticos son capaces de diseñar y construir
redes neurales artificiales y máquinas inteligentes que emulan a la
inteligencia biológica. Incluso se han dado ya los primeros pasos para
implementar algunos elementos emocionales simples en los ordenadores, algo que
hasta nos asusta. Nunca como hoy habíamos estado tan cerca de un conocimiento
científico de la mente y la inteligencia humanas. Pero sería ingenuo pensar que el camino por andar es corto o fácil. En
realidad, mucho de lo que sabemos son sólo aproximaciones parciales o
correlaciones entre la actividad del cerebro y los procesos mentales, sin que
todavía hayamos sido capaces de establecer relaciones consistentes de
causa–efecto en fenómenos cognitivos fundamentales, como el de la conciencia.
Eso significa que aún queda mucho para conocer los procesos que hacen posible
la mente, un conocimiento que sin duda nos ayudaría a comprender las
desviaciones patológicas del comportamiento y las enfermedades mentales, como
la esquizofrenia o el Alzheimer, con el consiguiente beneficio para el
desarrollo de las terapias pertinentes. La empresa, como vemos, es compleja, por lo que los esfuerzos actuales
encaminados a entender los procesos cognitivos insisten en la
multidisciplinariedad y el abordaje heterogéneo. Muchas investigaciones y
estudios combinan el conocimiento teórico y neurofisiológico de los procesos
mentales, con el estudio conductual en humanos y en primates inferiores como
los póngidos (gorilas, orangutanes, chimpancés), seres también dotados de
amplias capacidades mentales. En este marco, el conocimiento de los aspectos
evolutivos de la mente adquiere un valor fundamental, mientras que el estudio
del lenguaje ha cobrado particular interés por constituir, además de un
poderoso sistema de comunicación, un soporte esencial de los sistemas de
representación de la mente humana. Estas y otras actividades que se están llevando a cabo en este campo
académico forman parte de las iniciativas del Comité Asesor en Tecnologías de
la Lengua y Ciencias Cognitivas creado por la Concejalía de Ciudad del
Conocimiento del Ayuntamiento de Barcelona con el objetivo de apoyar el
desarrollo de estas disciplinas en Barcelona. Entre estas iniciativas destaca
las que se organizan desde hace tres años en el Centro Ernest Lluch de la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) sobre traducción automática y
sobre ciencias cognitivas, con el fin de alcanzar la suficiente masa crítica
para que constituyan una referencia de la ciudad y de sus universidades en la
era del conocimiento e impulsar en este ámbito un programa de actividades para
el Forum Universal de las Culturas del 2004. Quark acoge, de nuevo, en sus páginas este campo del conocimiento humano en un
número que además alcanza un hito relevante al cumplir la revista las 25
ediciones, siempre fiel al motivo que impulsó su creación: fomentar el debate
de las ideas y colaborar así a que Barcelona sea también la Ciudad de las
Ideas. Vladimir de Semir es director de la revista Quark. Este
artículo forma parte del número 25 de Quark,
Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura dedicado al HIV/sida. |
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