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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones La temperatura incide más que la luz en nuestro reloj biológico
Biomedia (Barcelona). Una
investigación realizada por Erik Herzog, profesor de Biología en la Universidad de Washington en St. Louis,
propone la teoría de que los relojes biológicos de ratas y ratones responden directamente a los cambios de temperatura. Los hallazgos de este trabajo,
publicado recientemente en Journal of
Neurophysiology, podrían tener aplicaciones futuras muy interesantes.
Por ejemplo, lograr evitar los efectos del «jet-lag» a los viajeros, por medio
del control de la temperatura de su cerebro. Los relojes biológicos están presentes
en todos los organismos vivos. En los mamíferos –incluido el humano– el reloj
cicardiano responsable de los ciclos de 24 horas que rigen nuestra actividad
diaria es el núcleo supraquiasmático (NSC), que se encuentra en el hipotálamo. Normalmente, este reloj está
sincronizado con la hora local por medio de señales lumínicas captadas por
medio de los nervios ópticos. Así podemos adaptarnos a los ciclos diarios, a
partir de los cuales nos organizamos. El reloj biológico tiene relación con el
estado de alerta y los niveles hormonales de nuestro organismo. La temperatura del cerebro es
independiente de la temperatura ambiental, pero puede verse afectada por la
actividad física, la fiebre o por algún fármaco, como puede ser la aspirina. La
temperatura normal del cerebro puede fluctuar 1,5 ºC a lo largo del día,
presentando la mínima durante el descanso y la máxima cerca del mediodía,
independientemente de las condiciones climatológicas. Partiendo de este punto, Herzog trabajó
con células del NSC de ratones reproducidas in vitro y las expuso a
cambios de temperatura. Encontró que de esta forma se podía alterar su reloj
biológico e indicarles la hora que se quisiera. En su investigación, Herzog elevó la
temperatura de las del NSC por el día y la disminuyó durante la noche –que es
precisamente lo contrario de lo que sucede en el ciclo normal de los roedores–
encontrando que se podía engañar al cerebro y cambiar su ciclo. También sometió
los NSC de estos animales a cambios de luz, pero no logró producir los mismos
cambios. Los resultados de este trabajo
descartan que la luz sea un factor suficiente para ajustar el ritmo a la nueva
zona horaria y demuestra que el sistema nervioso central se sincroniza al ciclo
de temperatura. Tomando estos datos en conjunto, se
puede pensar en la posibilidad de evitar los molestos efectos del «jet lag»
manteniendo el cerebro «fresco» hasta el alba. Ahora es preciso estudiar cómo y
por qué se modifica la temperatura del cerebro, y cómo controlarla. Más información en Biomedia: Más información en la red: |
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