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| Portada | Dossier | Búsqueda | Agenda | Enlaces | Créditos | Suscripciones Entrevista a Bernard Dujon, director del departamento de Estructura y Dinámica de Genomas del Instituto Pasteur«Todo lo tradicional se acepta por tradición, aunque no sepamos exactamente qué es lo que hacemos. Sin embargo, lo que se hace en el laboratorio, se controla con exactitud, pero no es aceptado por el público. Esta es la realidad de hoy en día»
Biomedia
(Barcelona).
Bernard Dujon, director del
departamento de Estructura y
Dinámica de Genomas del Instituto Pasteur de París y miembro de la Academia
Francesa de Ciencias, visitó Barcelona para dictar una charla en el Museo de la
Ciencia de la Fundación «La Caixa». En esta entrevista nos habla de los avances
realizados en los últimos años en el conocimiento de las levaduras y de las
posibilidades que brinda la genética para realizar modificaciones específicas
en estos microorganismos. Usted ha dedicado la mayor parte de su carrera investigadora
al estudio de las levaduras. ¿Qué las hace tan interesantes a los ojos de la
ciencia? Las levaduras son importantes para la ciencia desde hace
doscientos años. Recuerde, por ejemplo, a Louis Pasteur y las fermentaciones.
Las levaduras tienen una importancia tecnológica evidente. El pan, la cerveza,
el vino, y otras fermentaciones, las realizan las levaduras. Sin embargo, con
el desarrollo de la genética, la genética molecular y el estudio de los
genomas, las levaduras se han convertido en herramientas de experimentación en
los laboratorios. Se trata de
microorganismos, hongos microscópicos sobre los cuales podemos hacer
experimentos moleculares muy precisos que nos permitirán llegar a conclusiones
sobre procesos biológicos importantes, por un lado, para la biotecnología, las
fermentaciones y aspectos aplicados; por otro, para el conocimiento de los
genes, su función, sus anomalías y sus interacciones y, por último, para
estudiar enfermedades humanas causadas por levaduras infecciosas y que afectan,
por ejemplo, a pacientes hospitalizados, inmunodeprimidos por el sida o el
cáncer, que han recibido un trasplante, etc. Por lo tanto, hay tres aspectos
fundamentales por los que estudiamos las levaduras, aspectos biotecnológicos,
funcionales y biomédicos. Quisiera añadir otro punto, más reciente, que hemos
redescubierto con el estudio de los genomas: la biodiversidad. De hecho,
conocemos muy poco sobre la diversidad de los microorganismos, en especial de
los hongos. Antes de la era de la genómica, era difícil distinguir los
organismos que se parecían mucho. Actualmente, podemos caracterizar de manera
fácil las levaduras que produce la naturaleza; constatar si son similares,
diferentes, o muy diferentes. Y encontramos, haciendo este ejercicio, que la
diversidad es mucho mayor de lo que pensábamos. Saccharomyces cerevisiae ha sido
el primer organismo eucariota del que se ha conocido el genoma completo. ¿Por
qué se han concentrado tantos esfuerzos en conocer la dotación y organización
genómica de esta levadura? ¿Guarda relación con lo que se puede conocer acerca
de la genómica funcional? La levadura Saccharomyces cerevisiae, la misma que
se utiliza para hacer el pan, la cerveza y el vino, ha sido, efectivamente, el
primer organismo eucariota completamente secuenciado. El trabajo fue realizado
por un programa internacional europeo en el que participaron varias decenas de
laboratorios. Este programa fue el primero por distintas razones. En primer
lugar, por un aspecto científico: es uno de los genomas eucariotas más pequeños
que existen, y por lo tanto, era más fácil secuenciar este genoma que un genoma
grande. El segundo aspecto, es que había, y sigue habiendo, un gran número de
laboratorios e investigadores que trabajan experimentalmente con este organismo
y que constituyen una importante masa científica capaz de utilizar esta secuencia
para realizar experimentos de manera muy rápida y eficaz. Y la tercera razón es
que las industrias que utilizan esta levadura para la alimentación o para la
producción de medicamentos o vacunas estaban interesadas en obtener esta
secuencia para intentar mejorar sus procedimientos de producción. Se ha dado,
además, una coyuntura favorable. Se empezó a trabajar en ello en la década de
los ochenta, momento en que la Comisión Europea buscaba un programa que
agrupara un gran número de centros. La secuenciación del genoma de la levadura
se inició en el momento preciso. ¿Esto sucedió durante el IV Programa Marco? En 1989, no se llamaba así, era el Programa de
Biotecnología. En ese momento, la Comisión Europea iniciaba sus grandes
programas y buscaba un proyecto federador, unificador, que fuese visible como
actividad europea. Desde los campos científico e industrial resultaba
apropiado. A principios de
los años setenta usted publicó diversos artículos, describiendo aspectos de la
genética mitocondrial relacionados con particularidades fenotípicas y
metabólicas de S. cerevisiae y estableció un modelo de recombinación y
segregación que le permitió describir las reglas de la herencia mitocondrial. ¿Cómo fueron recibidos en
su momento estos resultados? En ese período había dos razones
para estudiar las mitocondrias. Primero, por la tradición científica de
estudiar las mutaciones mitocondriales de las levaduras que se inició en 1949,
cuando Boris Ephrussi aisló unas pequeñas colonias en las que se descubrieron
las primeras mutaciones mitocondriales. En ese momento, todavía no se daban las
condiciones tecnológicas que en los años setenta permitieron caracterizar las
mutaciones mitocondriales de forma precisa. La segunda razón se debe al tamaño
del genoma mitocondrial. El genoma del núcleo es mucho mayor y, en ese momento,
no disponíamos de las herramientas necesarias para estudiarlo, pero sí podíamos
estudiar el genoma mitocondrial, por lo que durante algunos años nos
concentramos en este genoma en las levaduras. Mediante cruzamientos genéticos,
estudios hereditarios, etc., pudimos describir, con los medios que teníamos a
disposición en aquella época, cuáles son los mecanismos hereditarios de los
genes mitocondriales. Poco tiempo después, se descubrieron enfermedades humanas
que estaban causadas por genes mitocondriales: citopatologías mitocondriales,
niños con fallos neuromusculares de herencia materna (porque las mitocondrias
son transmitidas por el óvulo de la madre), etc. Podíamos extrapolar las reglas
que conocíamos en levaduras a la herencia de las alteraciones en humanos.
Estamos hablando de finales de los años setenta, en que la herencia de las
levaduras sólo importaba a los especialistas. El público general no se
interesaba por estas cuestiones. Sin embargo, a partir del momento en que
comenzó a compararse a la herencia de ciertas enfermedades humanas, el interés
de la sociedad fue creciendo. Y, ¿por qué
tanta atención a los intrones? ¿Cuál ha sido, en su opinión, la repercusión de
sus resultados, publicados el año 1989 en Gene, sobre los tres
mecanismos de movilidad intrónica en las actuales teorías sobre un mundo
pre-celular regido por el RNA? Fue un magnífico ejemplo del hecho de que no podemos prever
los resultados científicos. Teníamos el genoma mitocondrial, pero no teníamos
todavía el nuclear. Y resulta que el genoma mitocondrial contiene muchos
intrones y que el genoma nuclear contiene muy pocos. Al estudiar el genoma de
las mitocondrias observamos la presencia de muchos intrones, que, sin embargo,
no fueron descubiertos en la levadura (no posee suficientes), sino en
organismos superiores. No obstante, a partir del momento en que los intrones
quedaron incluidos en las teorías, pudimos entender inmediatamente lo que
ocurría en el genoma mitocondrial de la levadura. Esto sucedió en 1980. Pero los intrones mitocondriales de
la levadura no se parecen en absoluto a los intrones del núcleo de otros
organismos, de manera que descubrimos, inesperadamente, dos nuevas clases de intrones (que llamamos grupo I y
grupo II), cuyas propiedades y estructura no se correspondían en absoluto con
lo que sabíamos sobre los intrones de los núcleos de otros organismos, en
particular en lo referente a dos propiedades: la autocatálisis del RNA (la
fragmentación del intrón sin acción necesaria de proteínas) y la propagación
genética que provocaba que dichos intrones se dispersasen en la población de
las levaduras cada vez que se producía un cruce. Ambas propiedades no están
presentes en los intrones nucleares. De hecho, cuando estudiamos los intrones
del grupo I y del grupo II, descubrimos un nuevo mundo de intrones, que
actualmente sabemos que es común en las mitocondrias, cloroplastos, bacterias,
bacteriófagos, protozoos, plantas y hongos, pero no en los vertebrados, por lo
que no están presentes en humanos. El descubrimiento de dichos intrones nos
abrió la puerta a un mundo con propiedades moleculares específicas y una
historia evolutiva propia, que jamás hubiéramos descubierto si hubiésemos
trabajado en humanos, puesto que éstos no los poseen. Trabajar con estos intrones nos ha
divertido mucho. Por un lado, por lo fantástico de la catálisis a través del
RNA y, por el otro, por la demostración de la propagación genética a través del
estudio molecular. Este fenómeno se produce gracias a que los intrones tienen
la capacidad de asociarse a enzimas especiales, las endonucleasas, que
reconocen específicamente secuencias de DNA. Así, tenemos una endonucleasa que
reconoce un solo lugar en un genoma entero. Esta nueva clase de endonucleasas
(la primera se descubrió en 1983), que se hallaron en las mitocondrias de las
levaduras, resultan muy útiles desde el punto de vista de la ingeniería
genética, ya que permiten cortar el cromosoma en los puntos deseados de forma
muy exacta. Actualmente, tienen gran utilidad en estudios de sustitución
genética en diversos organismos (ratones, algunas células humanas, plantas,
etc), y hay incluso empresas especializadas en biotecnología cuya principal
actividad es estudiar y utilizar estas endonucleasas intrónicas, que fueron
descubiertas, por casualidad, hace más de veinte años. Por lo tanto, se trata de una aplicación
totalmente inesperada e imprevista. Nadie se habría imaginado jamás que esto
existiría, y aún menos que se podría trabajar con sus propiedades. Al hablar de Saccharomyces
cerevisiae es inevitable pensar en la gran utilidad práctica de la levadura
en la vida del hombre, desde tiempos antiguos. Fue tal vez un descubrimiento
casual de nuestros predecesores y que actualmente agradecemos profundamente.
Gracias a estos rudimentos biotecnológicos hemos desarrollado procesos como la
elaboración del vino. ¿Hubiéramos tenido que «inventar» la levadura si no
hubiera existido? O, por el contrario, ¿hubiéramos podido arreglarnos con otros
organismos? ¿Qué le debe el mundo sensorial a la levadura? La realidad de la alimentación que
conocemos actualmente, fermentada, es una realidad histórica. Nuestros
antepasados mesopotámicos iniciaron este tipo de procesos. Sí es cierto que, en
muchas partes del mundo, los seres humanos realizan fermentaciones de productos
sólidos o líquidos, y las especies de levaduras implicadas no son siempre las
mismas. El sake de Japón no se hace con la misma levadura; las bebidas
fermentadas en África tampoco; por lo tanto, diferentes culturas han inventado
las fermentaciones, pero con levaduras distintas. Entonces, si no hubiésemos
heredado esta levadura mesopotámica, probablemente habríamos heredado otra. Por
ejemplo, el Schizosaccharomyces pombe es una levadura utilizada en África y, dado que no hemos heredado la
agricultura africana, no hemos utilizado esta levadura. Los gustos no son
siempre los mismos, las propiedades no son las mismas, pero son parte de cada
cultura. Gustos,
texturas, aromas del pan, la cerveza, el vino... Las posibilidades que abre la
manipulación genética de la levadura con fines industriales son muy
numerosas. ¿Cuáles son las trabas con
las que puede encontrarse la comercialización y aplicación industrial de las
levaduras transgénicas desde un punto de vista normativo? Qué futuro prevé para
estas limitaciones? ¿Qué diría en defensa de las levaduras OGM? Es una pregunta muy compleja. Actualmente, el público no
está preparado para aceptar las levaduras transgénicas. A día de hoy, creo que
la legislación de la mayor parte de países no autoriza la utilización de
levaduras transgénicas para hacer bebidas (cerveza, vino, etc.), por lo que su
utilización se limitan al trabajo en laboratorio. Las manipulaciones genéticas
de las levaduras transgénicas nos permiten obtener respuestas lógicas sobre las
propiedades de las levaduras que sirven para elaborar alimentos. Los estudios
que podemos hacer en los laboratorios sobre la expresión de los genes, su
funcionalidad e interacciones, los productos metabólicos que se fabrican, son
conocimientos científicos que nos permiten conocer mejor las levaduras no
modificadas. Ahora bien, si la percepción del público cambiase,
podríamos imaginarnos que una levadura manipulada de manera precisa, para
proporcionar mejores gustos o porque es más productiva en su fermentación,
etc., fuera utilizada realmente en el proceso de elaboración de un alimento.
Pero para ello se necesita que el público acepte que parte del DNA de la
levadura está manipulado genéticamente. Estas manipulaciones no consisten en
introducir genes ajenos a la levadura, sino en cambiar la regulación de sus
genes. Eliminamos los que nos molestan o duplicamos aquellos que nos resultan
útiles. Cambiamos sus propiedades metabólicas jugando con su genética natural.
Todo lo tradicional se acepta por tradición, aunque no sepamos exactamente qué
es lo que hacemos. Sin embargo, lo que se hace en el laboratorio, se controla
con exactitud, pero no es aceptado por el público. Esta es la realidad de hoy
en día. ¿Así pues, cree que el
desarrollo de la investigación básica actual permitiría el desarrollo de
aplicaciones comerciales derivadas de levaduras mejoradas, si existiese una
opinión pública a favor? Conviene, de entrada, aclarar el estado de las
aplicaciones genéticas. Existen, actualmente, aplicaciones en funcionamiento en
los ámbitos farmacológico, industrial y biotecnológico, pero no en el campo de
la alimentación, ya que las personas todavía no las admiten. No sé cuánto
tiempo se necesitará para que se acepte esta idea. Voy a citar algunos ejemplos,
que pocas personas recuerdan. El trigo no existía en la naturaleza, fue
fabricado por nuestros antepasados mesopotámicos mediante una «genética
intuitiva», los cruzamientos. El maíz de los indios de América no existía en el
pasado bajo la forma actual, han ido seleccionando los granos más grandes a
partir de plantas más pequeñas. Estas plantas, que habitualmente vemos en el
campo y que consideramos naturales, no lo son en la naturaleza. Sin embargo,
dado que fueron heredadas y, evidentemente, fueron sometidas a prueba como algo
seguro (puesto que la experiencia durante miles de años nos demuestra que nadie
enferma comiendo pan), la aceptación resulta evidente. Para que las levaduras
manipuladas sean aceptadas de la misma manera, hará falta demostrar totalmente
la inocuidad de los procesos. La realidad es que, evidentemente, no tienen
ningún tipo de consecuencia negativa. Pero no es suficiente con decirlo, hace
falta demostrarlo de forma creíble para la población. Estamos entrando en una
etapa en la que la experiencia no es suficiente, a menos que sea una
experiencia de tipo natural, lo que significa que, si un país acepta una
legislación con levaduras manipuladas y si, al acabo de algunos años, la gente
constata que todavía tiene un buen estado de salud, o que incluso están mejor
que antes, la demostración habrá sido realizada, pero se necesitarán varios
años antes de llegar a esta situación. Pero algunos países, como
Argentina o China, han aceptado trabajar con vegetales genéticamente
modificados. ¿Son estos países los que están realizando la labor de efectuar
las pruebas necesarias de seguridad para la población? Este aspecto escapa del ámbito estrictamente científico.
Probablemente estos países modernos, emergentes, tienen más probabilidades de
innovar que el mundo occidental, que quiere una seguridad absoluta en todo y es
un poco escéptico con relación a la ciencia, por distintas razones. Hay una cuestión que podríamos plantear: para que un
organismo genéticamente modificado sea aceptado por una población, hace falta
que ésta vea claramente el aspecto positivo del mismo. Si el objetivo consiste
únicamente en manipular, con un resultado similar a lo existente o quizá no tan
bueno, no hay ninguna razón para que el público lo acepte. Si es mucho mejor,
si la alimentación es más estable, si se deteriora menos, o es menos costosa, y
si es más abundante, evidentemente, la población entenderá que estas
modificaciones son buenas. Y el mundo occidental, en general, no pasa hambre,
excepto algunos, menos privilegiados. En muchos otros lugares se pasa hambre y
se necesita una mejor alimentación. Esta es una gran diferencia. Más información en Biomedia: |
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