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Biomedia (Barcelona). Quince años después del peor
desastre nuclear de la historia, el British Medical Journal destaca en un
editorial que las organizaciones internacionales no respondieron de forma
adecuada ni coordinada a la necesidad de estudiar las consecuencias a largo
término de la explosión del reactor en Ucrania. Como
ejemplo, se menciona que la Organización
Mundial de la Salud (OMS) investigó con dinero japonés las consecuencias
sanitarias independientemente de la Agencia
Internacional de Energía Atómica (IAEA). Asimismo, los Estados Unidos y la
Unión Europea llegaron a distintos acuerdos con los gobiernos de los países
afectados. La implicación de diferentes organizaciones y países, como la Cruz Roja o la UNESCO,
también fue por separado. Esto se reflejó especialmente en el estudio del
cáncer de tiroides* infantil, que aumentó
tras el accidente y sobre el cual varios grupos publicaron datos explicando
idénticos tumores sin estar en contacto. En el British Medical Journal se afirma que fueron necesarios trece años
para que los gobiernos de Bielorrusia, Rusia y Ucrania, así como la Unión Europea, el Instituto Nacional del Cáncer
estadounidense, la OMS y la Sasakawa Memorial Health
Foundation japonesa colaboraran y se crearan bancos de tejidos tumorales
que permitieran una investigación coordinada. La previa
falta de acuerdo fue debida aparentemente al deseo de las organizaciones de ser
protagonistas en la investigación, en vez de simples comparsas al inadecuado
proyecto inicial de la OMS (con un perfil que la calificaba como la
organización más representativa). Tampoco ayudó el escepticismo suscitado por
el rápido aumento de los casos de cáncer de tiroides, que se detectaron en un
periodo de cuatro o cinco años después de la explosión, cuando se había
previsto un período de latencia de diez años. Un escepticismo que resultó ser
debido a intereses privados en algunas organizaciones. El
editorial destaca que todavía es necesario un estudio internacional que dé
validez o niegue las sospechas de que el accidente sea el agente causal de
enfermedades inmunológicas, así como de defectos en el nacimiento y diversos
cánceres que han sido detectados en la población expuesta a la radiación,
incluso de la inestabilidad genética en niños nacidos después del suceso. Pese
a que el yodo radiactivo fue seguramente el elemento más contaminante en un
inicio, no se puede afirmar que el cáncer de tiroides – éste sí ya plenamente
constatado – sea la única consecuencia de la contaminación radioactiva que
siguió al accidente. En un
mundo cada día más global no se puede desatender la respuesta internacional que
requiere un desastre como el acaecido en Chernóbil. Especialmente, debería
conciliarse el derecho de decisión del país afectado con la necesidad de
asegurar una investigación adecuada e imparcial. Annia G. Domènech es licenciada en
biología. * Glosario de Biomedia Más información en Biomedia: Más información en la red: |
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